Educación para la construcción de tejido y reconciliación social

Educación para la construcción de tejido y reconciliación social

 

Palabras de Andrea Escobar Vilá, Directora de Semana Educación durante la Tercera Macrorrueda para la Reconciliación, que tuvo lugar el 7 y 8 de junio de 2018 en la ciudad de Mocoa (Putumayo).

 

“Uno de los principales retos que tiene el país es el de llevar la reconciliación a todo el territorio. Es entonces cuando la educación juega un papel fundamental. Las instituciones educativas tienen la labor vital de curar las heridas del conflicto y sanar la deuda histórica del país con los jóvenes para que encuentren en la educación una alternativa lejana a la violencia y poder construir un proyecto de vida”

 

 

A través de la educación, las sociedades construyen lo que son e imaginan lo que quieren ser. En medio de sus dinámicas se reproducen hábitos y valores, se crean nuevas realidades y oportunidades de vida para individuos y comunidades.

Una  de  las  grandes  riquezas con las que se puede contar durante el proceso de formación de las personas, es la diversidad. Por eso, es necesario reconocer cuáles son las rutas para evitar la polarización al interior  de  las  aulas  de  clase y posteriormente en la sociedad. Aquí quiero citar a Darshan Campos, especialista en Educación que nos acompañó el año pasado en Cumbre Líderes por la Educación: “Hay que creer en los sueños y experiencias de las personas para crear algo que nunca se haya visto. Porque si se quiere hacer una sociedad más sostenible tenemos que innovar y pensar de maneras diferentes. No basta con crear comunidades pacíficas. Se necesitan diferentes experiencias del mundo para llevarlas a las aulas y la sociedad”.

Uno de los principales retos que tiene el país es el de llevar la reconciliación a todo el territorio. Es entonces cuando la educación juega un papel fundamental. Las instituciones educativas tienen la labor vital de curar las heridas del conflicto y sanar la deuda histórica del país con los jóvenes para que encuentren en la educación una alternativa lejana a la violencia y poder construir un proyecto de vida.

Pero este proyecto de vida no es ni puede ser exclusivo de las víctimas y de los victimarios. Es de todo el país y concierne a cada colombiano porque supone construir tejido social entre las diferentes comunidades, pueblos y realidades que configuran el país. Esa unidad promueve asimismo la confianza entre la sociedad y las instituciones estatales. Se trata entonces de una transformación profunda que se debe abordar desde el ámbito cultural y educativo, propendiendo por el valor de la palabra, el respeto, el diálogo y el entendimiento.

El momento político y social que atraviesa Colombia representa retos para las escuelas, para el gobierno, para las familias y la sociedad en general. Por eso, debemos preguntarnos si nuestro sistema educativo y estilo de vida llevan a la vivencia de la paz en las escuelas y demás escenarios sociales. Necesitamos mayor unión, lo cual es posible si se fortalecen todos los sectores involucrados y si se generan políticas públicas educativas que impulsen la idea de construir un país más equitativo e inclusivo.

Debemos dialogar y entender cómo las emociones, los sentimientos, propios y ajenos, podrían ayudar a construir esa sociedad. Incentivar la discusión y el intercambio de ideas, cuestionarse cómo formar individuos resilientes, éticos, responsables y comprometidos por una sociedad más justa y en paz, para empezar un cambio desde la educación y las escuelas.

Reconocer la importancia y la pertinencia de las competencias socioemocionales en el desarrollo social del país, obliga a pensar sobre cuál es el papel que debe desempeñar la educación en el siglo XXI para formar ciudadanos íntegros, capaces de manejar estas habilidades y con conocimientos suficientes para la resolución de conflicto. De acuerdo a un estudio del Banco Mundial (Mentes y comportamiento en el trabajo) el desarrollo de estas competencias es un proceso a lo largo de la vida que inicia desde temprana edad y de acuerdo al momento de la vida tienen impacto en el desarrollo de las personas, por ejemplo, en los niños más pequeños, los padres y cuidadores juegan el papel más importante.

Entre los adolescentes, sus compañeros de clase son los que juegan el rol dominante. La familia, las instituciones de educación superior y el ámbito laboral moldean las habilidades en los adultos. De aquí, la importancia de implementación de proyectos que aseguren que la enseñanza de las competencias socioemocionales estén presentes en todos los programas de enseñanza.

Y es aquí cuando me hago la pregunta ¿Qué tipo de ciudadano estamos formando? ¿Nuestros niños están preparados? ¿Qué ser humano estamos dejando como herencia?

El año pasado se comunicó el plan decenal de educación 2016-2026, una hoja de ruta, que promete en 10 metas llevar a Colombia a avanzar en esta materia, logrables o no, ya lo veremos, pero sí quisiera centrarme en su visión:

“Que, desde la primera infancia, los colombianos desarrollen pensamiento crítico, creatividad, curiosidad, valores y actitudes éticas; respeten y disfruten la diversidad étnica, cultural y regional; participen activa y democráticamente en la organización política y social de la nación, en la construcción de una identidad nacional y en el desarrollo de lo público. Se propenderá, además, por una formación integral del ciudadano que promueva el emprendimiento, la convivencia, la innovación, la investigación y el desarrollo de la ciencia”.

Según el plan decenal del Ministerio de Educación Nacional, la educación se debe dirigir, de manera prioritaria, al desarrollo de cuatro capacidades básicas: “aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser.”

Aprender a conocer implica que la educación debe estar centrada en lograr que los niños y jóvenes adquieran los conocimientos propios de las disciplinas, pero que además puedan buscar información, evaluarla críticamente, transformarla y así producir nuevos aprendizajes que respondan a sus necesidades y contextos.

Por otro lado, se requiere que los estudiantes aprendan a hacer. Es decir, que desarrollen las destrezas y habilidades necesarias para usar la información y los conocimientos que han adquirido, en la resolución de problemas, en la construcción de objetivos, en el desarrollo de proyectos individuales y colectivos que respondan a las demandas y retos del entorno en el que viven. Para ello se hace necesario repensar la configuración de las instituciones educativas y su rol como ambientes de educación.

Los colegios y universidades deben brindar las herramientas y las oportunidades para que los estudiantes aprendan a vivir juntos, a consensuar opiniones diversas, a escuchar, a negociar con los que piensan de manera distinta y a reconocer la diferencia en un mundo multicultural. La noción de aprender a vivir con otros implica, igualmente, considerar a quienes son diferentes en todas las dimensiones del ser humano, así como en las futuras generaciones y el mundo que queremos dejarles.

El reto de la educación también radica en ofrecer a los estudiantes todas las oportunidades posibles para el descubrimiento y la experimentación artística, estética, deportiva, científica, cultural, social, de tal forma que les permita conocerse a sí mismos, reconocer sus potencialidades, descubrir qué desean y apropiarse de su contexto. En últimas, la educación debe permitirles aprender a ser felices.

El desarrollo de estas competencias es vital. No solo porque aporta a la construcción de ambientes escolares seguros, apoya el mejoramiento del clima escolar y por ende sus resultados y el nivel de deserción, sino porque permite el reconocimiento a la diferencia sin olvidar la construcción colectiva de país y de una sociedad en paz, inicia desde el hogar, se consolida en las aulas y se practica en la calle. Entender las emociones, los sentimientos, ayuda a prevenir conflictos.

Lograr que esta visión se materialice ya es un reto per sé. Y creo, puede ser un sueño compartido por todos el tener una educación que propenda por una formación que responda al contexto y trascienda los saberes puntuales de un oficio.

Esto exige repensar el sistema tradicional de enseñanza y aprendizaje para que dentro de los muchos retos que tiene, fomente las competencias para el siglo XXI desde temprana edad, que incluyen un diverso número de habilidades entre cognitivas y socioafectivas como la comunicación, la adaptabilidad, la persistencia, la lectoescritura, la educación financiera y cívica, entre otras.

Estas competencias repercuten en el bienestar de la sociedad. Los fracasos y desafíos personales son inevitables y es esencial que se enseñen con la misma seriedad que las matemáticas o las ciencias.

El reto entonces será lograr que esta visión integral de la formación se incluya en el entramado de los programas educativos, en las visiones de las empresas y en la sociedad en general. Pero para que este cambio del imaginario sea una realidad, se requiere de nuevas pedagogías; seguir pensando que se trata de una responsabilidad exclusiva del sector educativo es fracasar en el intento.

Por su parte todas las instituciones de formación deben preponderar su rol como constructoras de tejido social, son generadoras de espacios de reconciliación, pues en ellas se forman a los futuros ciudadanos.

En cuanto al Gobierno, debe comprometerse en diseñar políticas públicas de largo aliento para implementar cambios contundentes en los currículos. Las entidades deben fortalecerse para crear confianza en  los individuos.

En     Palabras   de     Jonh Paul Lederac Investigador y profesor de construcción internacional de la paz de la Universidad de Notredame: “Hay que actuar un poco más desde el centro a las regiones. Colombia necesita cambiar su cultura y pensamiento educativo para aprender a caminar con sus narrativas y tener una visión de futuro. En ese camino es necesario el respeto, el entendimiento y la dignidad. Cuanto más deseemos que la gente nos respete, debemos ofrecer respeto. El camino es largo, pero vale la pena caminarlo”.

 

 

 

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