Columnas

Lecciones sobre el paso de Mandela como líder de paz

Por Fabrizio Hochschild
Hasta el 4 de marzo Coordinador Residente de Naciones Unidas en Colombia*

 
Es posible firmar un acuerdo de paz, pero no hacer la paz. Y menos con un país dividido: este fue el mensaje que dejó el expresidente sudafricano Frederik de Klerk en su reciente visita. Un mensaje relevante y preocupante para Colombia si se revisan las encuestas que muestran un país muy dividido y muy polarizado en torno a la paz.

A pesar de los avances en La Habana, la encuesta de Gallup de febrero de 2016 muestra que sólo el 36 por ciento de los colombianos creen que las negociaciones van por buen camino, mientras el 57 por ciento opinan lo contrario. Al borde de la firma de la paz, el 38 por ciento de los colombianos encuestados siguen convencidos de que la salida militar es la mejor forma para solucionar el conflicto, frente a 54 por ciento que prefieren una solución negociada.

Estas cifras demuestran que lograr la reconciliación en Colombia enfrenta grandes desafíos. En otros procesos de paz en el mundo, los esfuerzos de reconciliación al más alto nivel comenzaron con el inicio de las negociaciones. Esto con el fin de ir sumando apoyos y asegurar un ambiente favorable para la negociación y, sobre todo, para la implementación de lo acordado.

En un discurso que pasó a la historia el 2 de febrero de 1990 en Sudáfrica, el presidente De Klerk anunció al parlamento que su gobierno abriría negociaciones con Nelson Mandela, a quien entonces muchos de sus conciudadanos y la mayoría de los parlamentarios consideraban un terrorista.

“La época de la violencia ha terminado. Ha llegado la hora de la reconstrucción y de la reconciliación”, dijo De Klerk y llamó a la unidad nacional en torno a la paz: “Invito a todo líder político, a todo líder comunitario, dentro y fuera del parlamento, a aprovechar las nuevas oportunidades que están siendo creadas en el país”.

Y agregó: “El bienestar de todos en esta nación está inexorablemente ligado a la habilidad de sus líderes de llegar a un acuerdo sobre una nueva visión de país”.
 
De Klerk sabía que transformar a su país sería imposible sin el apoyo de una amplia coalición política, que uniera tanto a sus aliados como a sus rivales en torno a la convicción de que la hora de construir una nueva Sudáfrica había llegado.
A pesar de las muchas diferencias entre la Sudáfrica de los años 90 y la Colombia de 2016, el mensaje de fondo es de una gran relevancia para esta sociedad, a punto de firmar la paz. En el caso colombiano, a pesar de que se ha buscado movilizar el apoyo de la opinión pública hacia el proceso de paz, la  lógica de negociar en medio del conflicto ha creado gran confusión: al tiempo que se defiende la salida negociada también recurren a expresiones deshumanizantes del contrario.

Este doble discurso ha generado un ambiente de total escepticismo en el que la polarización se ha acentuado. Esta situación unida al amplio desconocimiento público sobre el contenido de los acuerdos logrados en La Habana es sumamente preocupante: la polarización ha llevado a casos sorprendentes de tergiversación de la realidad al extremo de considerar que quienes apoyan el proceso hacen “apología al terrorismo”.
 
La implementación de los acuerdos es un período difícil y exigente para cualquier país y para Colombia todavía más, pues todo lo acordado busca en solo una década transformar profundamente al país, especialmente al campo, en rezagos históricos. Entrar a la implementación en un ambiente de polarización y escepticismo añade dificultades mayores. 
 
Esto porque va a ser muy improbable lograr transformaciones profundas si una parte importante de la población está en contra del proceso, aunque en abstracto esté a favor de la paz, porque el escepticismo y la indiferente se apoderan incluso de los colombianos que son partidarios de la negociación. 
 
Por eso, aunque la firma de la paz sea un paso adelante, no es el salto que se puede dar si todo el país se une y se compromete en torno a la implementación de los acuerdos. 

Aunque ha habido algunos gestos de ‘desescalamiento’ del lenguaje e  intentos de reconciliación, son necesarias más pedagogía, más comunicación y más actos más audaces de reconciliación, en particular en el nivel de los líderes políticos y económicos. Esto fortalece la confianza y permite enfrentar de mejor manera los problemas estructurales de pobreza, inequidad y exclusión que no le han permitido a este país desarrollar todo su potencial.
 
La implementación exitosa de los acuerdos demanda una gran coalición por la paz: construir el apoyo de una masa crítica de la sociedad y sus organizaciones, partidos políticos, empresarios, líderes nacionales y locales, militares, entre los principales sectores es indispensable para desarrollar el mundo rural, ampliar la democracia, enfrentar las drogas ilícitas y satisfacer a millones de víctimas. En una palabra, hacer realidad la paz.

* La Corporación Reconciliación Colombia agradece todo el impulso que Fabrizio Hochschild dio a esta iniciativa en la que creyó no solo como funcionario de la ONU, sino como ser humano. Y da la bienvenida al Consejo Directivo a Belén Sanz, de ONU Mujeres, quien asume también el cargo de Coordinadora Residente del Sistema de las Naciones Unidas ¡Gracias, Fabrizio!