Turismo para la paz

Por María Claudia Lacouture

Directora de AmCham Colombia

@mclacouture

 

Los acuerdos de paz han sido lo mejor que les ha pasado a los colombianos en las últimas décadas, pero pasarán a la historia como una anécdota coyuntural si el Estado no hace rápida y contundente presencia en los territorios que, debido al conflicto, estuvieron a merced de la ilegalidad, la marginación y el olvido. De no llegar de manera urgente la inversión pública y una fuerza productiva, habremos perdido una extraordinaria oportunidad de hacer de la paz un motor de desarrollo y equidad.

Y en ese contexto de desarrollo y la reconciliación, el turismo es una opción económica y social amigable, viable y rentable. Pero cualquier iniciativa que se formule, se implemente y se desarrolle respecto a actividades turísticas relacionadas con la paz debe incorporar también aspectos de conservación y uso sostenible de la biodiversidad, con base en la participación e inclusión de las comunidades locales.

Por cuenta del conflicto se preservaron inmensas zonas naturales y las recibimos en un mundo ecologista, en una época marcada por el cambio climático, donde la preservación de los ecosistemas prevalece sobre la explotación indiscriminada y en parte, gracias a ello, hoy podemos darnos el lujo de albergar y presumir de una de las mayores biodiversidades del planeta.

Y también tuvimos tiempo de aprender buenas prácticas y estamos mejor preparados para el desarrollo turístico sin afectar el medioambiente o la calidad de vida de las comunidades. Estamos frente al desafío de desarrollar un nuevo tejido social, una cultura que propicie cadenas de valor y mejore el hábitat de los lugareños.

Es prioritario establecer un diálogo directo con las comunidades, entender sus necesidades, sus expectativas frente al turismo, que conozcan y valoren sus riquezas naturales, que reconozcan este sector contribuye a la convivencia pacífica y puede ser una fuerza transformadora, generadora de progreso y empleo.

El turismo es un vehículo de confianza y de buena voluntad, un determinante para la reducción de la pobreza, para el desarrollo cultural y la conservación del medio ambiente, es un espacio generoso para la interacción entre los pueblos y un ámbito natural para la reconciliación.

La sociedad del posconflicto necesita sanar sus heridas, superar odios históricos y un pasado de violencia e injusticia. El turismo une a las personas, les ayuda a abrir la mente y el corazón. Sin embargo, para consolidar la paz, necesitamos brindar a la población oportunidades para labrarse un futuro mejor; generar puestos de trabajo y darles esperanza.

Cuando el turismo no se gestiona bien, las tensiones en la sociedad se mantienen, la identificación de las comunidades locales con su patrimonio se debilita, las prácticas responsables con respecto a los sitios de interés turístico se resienten y los valores y la cultura local se ven afectados.

La paz es de todos. Hay que fomentar en las empresas privadas la responsabilidad social. Que se sientan comprometidas con el desarrollo ambiental y social. Para ellos el Estado promueve una serie de incentivos, como el de obras por impuestos o las exenciones tributarias en las llamadas zonas más afectadas por el conflicto, ZOMAC.

Colombia está viviendo un momento excepcional para la industria turística en el que las empresas privadas deben contribuir, de la mano con el Estado y las comunidades, con innovación y proyectos productivos, sin pausa, con convicción y determinación.

 

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