¡Un llamado a la grandeza de los colombianos!

Columna de opinión escrita por el Padre Leonel Narvaéz, Filósofo y Sociólogo de las Universidades de Cambridge y Harvard. Presidente de la Fundación para la Reconciliación, organización socia de la Corporación Reconciliación Colombia. 

Hace ya 250 años el gran filósofo Kant afirmó que si la historia de la humanidad debe culminar en la paz universal  tendría que enfrentarse a un gran dilema: lograrlo a través de una violencia catastrófica o mediante una profunda inspiración moral.  Es este el gran dilema que vive Colombia hoy.

Queremos unir nuestro grito de esperanza al de millones de colombianos que nos invitan a que optemos por la inspiración a lo más noble y grande de nosotros, al legado de nuestros ancestros: la generosidad y la bondad.

Este desafío tan irracional como es también irracional la violencia (que elimina al otro de palabra o de obra), es necesario relanzarlo en todas las instancias de Colombia. Contra la irracionalidad de la violencia tenemos que ofrecer la irracionalidad de la bondad que es don sin medida… como el sol, el aire, la lluvia, la vida: don total. Quien entiende la urgencia y la pasión por el don ha entendido el significado más profundo de la existencia y de la felicidad.

Por ya más de 200 años, los colombianos  no hemos sido los mejores ejemplos de bondad y generosidad. La violencia ha sido empleada para eliminar al otro. De todos los bandos hemos generado sagazmente esa economía política del odio que nos ha hecho capaces de vender odios para ganar votos y poder. Es un economía tan sagaz que genera sus propios medios de producción, distribución y  consumo. 

Como dice Rush Dozier (Porqué odiamos, 2002) el odio que hoy en día vaga sutilmente por nuestros cerebros más primitivos se ha convertido en un arma de destrucción masiva escondida pero pronta a destruir trágicamente los anhelos más preciosos de los colombianos. Esa economía política de odio se ha traducido en cultura de venganza (según Fiscalía hasta el 90% de los homicidios es motivados por la venganza y las riñas). 

¿Cómo desactivar con urgencia esta arma colombiana de destrucción masiva?

Historiadores como Malcom Deas, han registrado que en la base de nuestros conflictos y de nuestra violencia está una intensa rivalidad partidista que ha dejado numerosas víctimas. El Centro de Memoria Histórica del 2013 concluyó así: Colombia es un país largamente fracturado, de memorias sin futuro que toman una forma extrema de venganza, la cual a fuerza de repetirse niega su posible superación…. La venganza pensada en un escenario de odios colectivos acumulados equivale a un programa negativo de exterminio de los reales o supuestos agresores… Es la negación radical de la democracia. Fernán Gonzales describe a Colombia como “una comunidad escindida en partidos políticos contrapuestos… que excluyen a los distintos como enemigos”. Gonzalo  España en sus  dos últimos libros, Un país que se hizo a tiros (2013) y  Odios Fríos (2016), subraya el resentimiento enconando entre los partidos políticos de Colombia.

La extrema peligrosidad del odio yace en su capacidad de generar significado y entre ellos - el más maligno- el significado de enemigo que da autoridad al cerebro primitivo para eliminarlo.

El gran reto de los Colombianos en el 2019 está puesto en ¿cómo hacer el salto civilizatorio de los abismos del odio a las cimas oxigenadas de la generosidad, de la magnanimidad de corazón? ¿Podrá esta vez triunfar la nobleza de los colombianos? ¿Podremos superar eso que Carlos Mario Perea llama los códigos de honor, el llamado de la sangre o el inconsciente arcaico? ¿Dará nuestra nobleza para superar la retórica y la poética de la violencia de aquellos que  - según María Teresa Uribe- saben atrapar masas para justificar la guerra?

¿Podremos los Colombianos (los pro JEP, los del NO a la JEP, los de la indiferencia) en un acto de patriotismo generoso sacar nuestro más profundo capital humano para que no sean estas pasiones arcaicas del odio y la venganza sino la virtud excelsa de la bondad y de la generosidad las que definan el futuro de esta querida patria?  

¡Llegó la hora de que los colombianos saquemos esta grandeza que llevamos por dentro! Transformando los odios en bondad, en compasión, en grandeza de corazón, en la palabra dulce  y el caminar sereno como afirman los indígenas NASA.

Los colombianos tendremos entonces la lucidez y la fuerza para superar con agilidad los problemas de justicia, de verdad, de reparación que demanda la paz sostenible de las naciones. El perdón es un acto soberano de democracia, es un ejercicio avanzado de los derechos humanos,  es expresión elevada de la responsabilidad por el otro y un gesto exquisito de culto a la dignidad del ofensor. 

Quien perdona evoluciona y entiende que el perdón no le cambia su pasado pero sí el futuro. El perdón permite que prevalezca en nosotros  menos el Caín y más el Abel, menos la Bestia y más el Ángel,  menos el cerebro reptílico  y más el cerebro evolucionado. 

Estamos ad portas de superar 200 y más años de historia de odios y rencores. Nada tan poderoso para transformar esa cultura de rabias y rencores, como la cultura ciudadana de perdón y reconciliación.

 

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