Acciones Reconciliadoras

El amor rompió las fronteras que les trazó la guerra

Yurley y Wilson se conocieron siendo ella desmovilizada de las FARC y él de las AUC. Se enamoraron, formaron una familia y trabajan en una corporación de carácter social que busca prevenir el reclutamiento de menores.

Por José Vicente Guzmán
Proyecto Reconciliación Colombia


La vida de Wilson cambió cuando la vio por primera vez. Había decidido volver al monte y abandonar el proceso de reintegración, pero Yurley apareció en su vida y, sin saber a qué horas, los planes le cambiaron. No importó que ella fuera desmovilizada de las FARC y él de las AUC, dos bandos que se enfrentaron a muerte en el conflicto colombiano.
 
Estaban en una de las casas que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, tiene habilitadas para los menores de edad que se desmovilizan de los grupos armados ilegales y rápidamente se hicieron amigos. 

“Ella llegó nueva a la casa con otros muchachos.  Yo la miré y me puso a patinar  -recuerda Wilson-. Me dijo que venía de la misma región que yo y comenzamos a hablar con más confianza. Nos dimos cuenta que teníamos el mismo número de hermanos y la misma fecha de cumpleaños”. 

Con el tiempo la amistad se transformó en amor. El hecho de haber sido miembros de bandos enemigos, contrario a lo que se podría pensarse, quedó en un segundo plano. “Acá afuera, sin uniforme, ambos somos seres humanos”, dice Yurley.

Vidas paralelas 

Lo cierto es que ambos tenían muchas cosas en común. No sólo vivieron la mayor parte de su vida en el Guaviare, sino que sufrieron una realidad similar, pues fueron reclutados cuando aún eran menores de edad.  

Yurley tenía apenas 15 años cuando entró a hacer parte de las FARC y, aunque estuvo relativamente poco tiempo en el monte, allá tuvo que aguantar las consecuencias de su nueva vida: se enfermó de paludismo y comenzó a sufrir de anemia. 

Wilson fue reclutado a los 13 por las milicias urbanas y en sus varios años en las AUC aprendió a andar en la selva y a enfrentarse con ‘el enemigo’. Antes de cumplir los 18 años y luego de un combate en el que se enfrentaron fuerzas paramilitares con disidencias de esta organización en el Casanare fue capturado por el Ejército y entregado al programa de desmovilización para menores de edad.

A Yurley el Ejército la encontró once meses después de su reclutamiento, mientras se recuperaba de sus problemas de salud en un artesanal centro médico acondicionado por las FARC. “Como era menor de edad, me llevaron a Bogotá, donde uno tenía que estar con el ICBF y pasar varias etapas hasta que cumpliera la mayoría de edad”, cuenta.

Fue en uno de esos ciclos cuando la mandaron a la casa en la que estaba Wilson. “A mí, al principio, no me llamó mucho la atención, pero luego comenzamos a hablar y a descubrir muchas cosas en común”, recuerda Yurley, quien llegó a este lugar cuando Wilson había decidido volver al monte, cansado del frío y de la vida que llevaba en Bogotá. 

“El día en que la vi, hablé con la gente del lugar donde estábamos cumpliendo el programa y les dije que yo ya no me iba”, cuenta Wilson, quien, a partir de ese momento, se dio a la tarea de conquistar a Yurley.

 
​Fotos: Juan Carlos Sierra / Reconciliación Colombia

Juntos es mejor

Establecer una relación afectiva no fue fácil. Las autoridades del lugar en el que estaban se dieron cuenta de su noviazgo, por lo que decidieron separarlos de casa. Siguieron viéndose en su tiempo libre.

Cuando cumplieron la mayoría de edad se fueron a vivir juntos, al tiempo que continuaron con el proceso de desmovilización. Y la relación se hizo más fuerte cuando se convirtieron en padres. 

“No puedo negar que yo era muy loco, pero cuando vi a mi hija recién nacida decidí que tenía que cambiar porque ya había alguien que dependía de mí”, cuenta Wilson.

En ese momento decidieron volver a su lugar de origen. Wilson consiguió trabajo con el gobierno local gracias a un programa del Ministerio del Interior y de Justicia por su buen desempeño.
Yurley se reencontró con su familia y se dedicó a estudiar. Hoy lidera la Corporación Sueños de Paz, entidad que nació cuando algunos desmovilizados de su región quisieron optar por una vida diferente. 

“La ACR es una muy buena entidad, con un programa pionero –dice Yurley-. Ojalá diera más acompañamiento y seguimiento a los desmovilizados, teniendo en cuenta cada etapa del ciclo. Nosotros cumplimos, pero a veces nos sentimos solos”.


Enmendando errores

Yurley y Wilson ya llevan diez años juntos. “Como en toda pareja, tenemos peleas y discusiones, pero lo arreglamos dialogando”, cuenta él.

Actualmente siguen luchando por salir adelante en medio de una sociedad en la que ser desmovilizado es un lastre difícil de cargar. 

Para tratar de aportar a su comunidad, trabajan por que su experiencia no se repita en otros menores de edad. Por ese motivo, hoy diseñan planes para implementar programas que brinden oportunidades a los jóvenes de las zonas más vulnerables del Guaviare.

“Creo sinceramente que nosotros, en cierto modo, también somos víctimas”, dice Yurley, quien comenta que a pesar de las buenas intenciones que se ha trazado con la corporación, esta iniciativa adolece de recursos suficientes y de experiencia, lo que les ha impedido llevar a cabo las actividades con las que sueñan.

“Ojalá alguien nos ayude. No estamos pidiendo necesariamente recursos económicos. Estamos pidiendo ayuda en asesoramiento, por ejemplo, pues la moral y las ganas están, pero nos falta ayuda. Aunque tenemos experiencia como desmovilizados y podemos hablarle directamente a los jóvenes, queremos afianzar los programas sociales”.

Ellos están convencidos de que pueden salir adelante y quieren recuperar el tiempo que el conflicto les quitó. Han aprendido que el diálogo es la mejor forma de solucionar los problemas y están educando a su hija con la esperanza de que viva en un país con mayores oportunidades. En este caso, el amor superó las diferencias creadas por la guerra.