Un secuestrado que le tendió la mano a un ex guerrillero

César Montealegre, un empresario que estuvo ocho meses secuestrado, contrato a Luis Moreno, ex guerrillero del grupo que le quitó su libertad. Ahora es su hombre de confianza.
 
“Por efecto de la guerra, hoy quedé sin ningún lugar.
Deambulando por las calles y mis hijos sin papá.
No queremos más violencia. Esto debe acabar.
Colombia se está desangrando. No resiste un muerto más”.
Me afectó la guerra, canción inédita de Piedad Julio Ruiz

Por: Natalia Riveros Anzola y José Vicente Guzmán
Proyecto Reconciliación Colombia

César tomó la pica y la pala, mientras un comandante guerrillero le apuntaba con un arma y lo miraba fijamente. No había otra opción, se arrodilló y comenzó a escarbar el suelo.

La orden era cavar su tumba, remover la tierra como antesala de su sentencia de muerte.

“Creo que ese hueco le quedó pequeño”, le dijo el comandante. César intentó acostarse, pero no cabía, decidió, entonces, levantarse y seguir cavando. Y así fue hasta que el guerrillero, sin saber bien por qué también lloraba como César. “Arrodíllese”, le dijo agresivo. César siguió la orden, vio la tierra revuelta, las lombrices re-torciéndose, la pica y la pala con la que había escarbado el suelo. En ese momento tuvo la certeza de que lo iban a matar.

El calvario

Esto pasó hace 14 años. Nunca se escuchó el disparo y César hoy en libertad trabaja codo a codo con uno de los guerrilleros que lo tuvieron en cautiverio. Aún llora cuando recuerda el momento en que cavó su propia tumba. Cuenta su historia para mostrar que es posible perdonar y aunque los recuerdos son dolorosos, sus palabras están lejos del odio.

Recuerda que su tragedia empezó en 1999 cuando era un comerciante reconocido en Caquetá y en su finca sembraba yuca y plátano, tenía criaderos de pollos y codornices, y producía carne de res y de cerdo. Por esa misma época, San Vicente del Caguán era epicentro de los diálogos de paz entre el gobierno del presidente Andrés Pastrana y las Farc, que se movían con libertad en
una zona de despeje de 42.000 kilómetros cuadrados.

En la región imperaba la ley de los guerrilleros y J.H., comandante del tercer frente de las Farc, le pidió a César una vacuna (extorsión) de 18 millones de pesos. “Yo le dije que no tenía esa plata, que lo único que hacía era generar empleo y que mi mayor aspi-ración era darles una buena educación a mis cinco hijos”.


Pero 20 días después, para evitar problemas, le envió 5 millones, todo lo que pudo conseguir. No fue suficiente. En los primeros días de enero, un grupo de personas llegó a su casa, lo sacaron junto con su esposa, y se los llevaron al monte.Así empezó el suplicio.

Ella fue liberada a los cinco días con la tarea de conseguir 7.000 millones de pesos, y César se quedó para vivir los peores 240 días de su vida.

Las caminatas selva adentro comenzaban a las cinco de la mañana y terminaban a las seis de la tarde.Un día sin aviso le dijeron que lo habían juzgado por auxiliar a los paramilitares y que la orden era matarlo. “Necesitamos que cave un hueco hermano, porque lo vamos a matar”. Fue una rutina que tuvo que realizar más de una vez. Cavó muchas veces, pero nunca lo mataron.


Durante el cautiverio, el único momento que disfrutaba era la hora del baño, cada dos semanas. Una de esas veces, un grupo de guerrilleros jóvenes lo custodió hasta un chorro de agua cristalina. César entró al agua, se puso de rodillas y oró en voz alta. En medio de su rezo, pidió por sus captores: “Perdónalos Padre porque ellos no entien-den el daño que le hacen a la humanidad. Perdónalos, porque solo están siguiendo órdenes y tienen una familia a la que extrañan”. Algunos de los guerrilleros se conmovieron y, según César, varios lloraron.

Entonces comenzó a tratar frecuentemente con ellos. Muchos habían sido reclutados a la fuerza y otros defendían ideales que ni siquiera comprendían. “Aprendí que la mayoría no estaba allá por placer, sino por necesidad. No tenían más oportunidades y terminaban en el monte”, señala.

El perdón

El infierno duró ocho meses. El día en que lo liberaron pensó que todo había terminado, pero cuando llegó a casa, se dio cuenta de que su esposa había sido secuestrada. Los guerrilleros decían que faltaba plata. Él consiguió el dinero con ayuda de sus amigos y dos semanas después la dejaron libre.


Entonces, empezó otro calvario. Sus negocios ya no existían, sus proveedores le reclamaban las deudas y los empleados pedían los pagos atrasados. “Además, el Sena me llamó la atención porque yo estaba obligado a tener aprendices. Me multaron y también me requirió la Dian. Los abogados me decían que no se podía hacer nada”.

A pesar de todas las dificultades y con la ayuda de algunos de sus antiguos socios, César volvió a empezar. Montó nuevamente su restaurante y, poco a poco, volvió a reforzar su finca.

Tres meses después, como todos los días, estaba atendiendo su restaurante en Florencia cuando un señor lo mandó llamar. Al verlo, César palideció y sintió morir. Era el comandante que le había ordenado cavar su tumba. El guerrillero lo invitó a tomarse una cerveza y le pidió que no tuviera miedo. Le confesó que había dejado la guerrilla y le pidió perdón.


“Compañero César –le dijo–, usted no cree, pero yo y mucha gente lo admiramos por las agallas que tuvo en el monte. Perdóneme, por Dios, perdóneme. Yo no soy un hom-bre malo, lo que pasa es que cuando en la guerrilla dan una orden, toca cumplirla”. César lo abrazó y lo perdonó, y le dijo que no podía hacer nada más por él. “Nunca lo volví a ver, pero ya no cargo más con ese odio”.

Las oportunidades


Hacia 2005, Luis Moreno, más conocido como Lucho, un desmovilizado que completó su proceso de reintegración en Bogotá, volvió a Florencia para buscar las oportunidades que no encontró en la capital del país. Había Pertenecido a las Farc y se entregó cuando sintió que su vida y la de su familia estaban en peligro.

En Caquetá se enteró de que César estaba buscando un jornalero. Se presentó y obtuvo el trabajo, pero no contó nada sobre su pasado, porque según explica, “cuando uno dice que es desmovilizado, se le cierran muchas puertas”.


Tiempo después, sin embargo, César comenzó a notar que su jornalero asistía de manera frecuente a reuniones fuera de la finca. El empresario recuerda que un día le pregunto por las reuniones, y fue cuando recibió la sorpesiva noticia: "él me contó que era desmovilizado de las Farc, del mismo frente que me había secuestrado. Yo me asusté y pensé en quitarle el trabajo, pero reflexioné un poco. Me había demostrado que podía confiar en él y sabía hacer las cosas bien”.

Entonces, Luis se quedó trabajando con él. Para Lucho, esa confianza fue un aliciente. Con el capital semilla que le dio la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), montó un proyecto agrícola que César le ha dejado mantener en su finca.

“Los desmovilizados necesitamos que nos abran las puertas para salir adelante”. Hoy, víctima y victimario han cambiado de roles. César ve en Lucho a su hombre de confianza, y le gusta pensar que, de alguna manera, le abrió un espacio en la sociedad. Lucho, por su parte, vive tranquilo con su familia. César es consciente de que su historia con
Lucho no es común, pero la ve como una prueba de que hay esperanzas para un país en paz: “Si yo pude perdonar y salir adelante ¿por qué otros no?”.
 
Fotos: Juan Carlos Sierra / Reconciliación Colombia