Acciones Reconciliadoras

De antiguos enemigos a industriales exitosos

En el Valle del Cauca, once hombres que la guerra separó en bandos aparentemente irreconciliables, luchan hombro a hombro por sacar adelante una empresa de artículos para la fijación de tejas que despacha a todo el país.

El calor de las tardes caleñas obliga a buscar refugio entre las sombras de los pocos árboles que pueblan la zona industrial. Entre el sonido metálico de prensas, cortadoras y troqueladoras, once hombres que la guerra separó en bandos aparentemente irreconciliables luchan hombro a hombro por sacar adelante una empresa de artículos para la fijación de tejas que despacha a todo el país.

Se trata de Ganchos & Amarras del Valle, una compañía sostenible económica y ambientalmente, en la que reinsertados guerrilleros y paramilitares son, al tiempo, técnicos, socios y propietarios. El proyecto nació de una idea que le rondó por la cabeza por varios años a Jairo Calderón, presidente de Eternit, empresa que es una de sus mayores aliadas. Hoy, a tres años de su creación, es un ejemplo exitoso de procesos de reinserción.

Dentro de las instalaciones, un ronco ruido metálico inunda el ambiente. Los once hombres se mueven entre maquinaria, desechos de acero y cajas de embalaje.
Seis de ellos militaron en la insurgencia y cinco en las autodefensas. La actividad es frenética y el ritmo de trabajo, intenso.

Sobre una plataforma, Manuel Francisco Ballesta, presidente de la Junta Directiva, observa la operación. Es un antiguo miembro de las AUC quien, cansado de la guerra, y de divagar por la ciudad como reinsertado, recibió la mano de la Fundación Carvajal y la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR). “Salí elegido en un sorteo –dice-, nos capacitaron en carpintería metálica y modelos de negocios. Hoy la empresa es un éxito y ofrece todas las ventajas del trabajo digno y formal a sus empleados”, comenta.

Ballesta, quien habla con un marcado acento del pacífico colombiano, asegura que mientras vivía en la guerra jamás se imaginó tener que trabajar con sus antiguos enemigos para sacar adelante una empresa. “En esos tiempo solo pensábamos en la guerra y cómo hacer para derrotar al rival. La empresa ha cambiado mi vida. Me ha dado estabilidad económica y tranquilidad a mí y a mi familia”, dice.
 
Lo que sucede dentro de esta próspera industria es un ejemplo de reconciliación.

Como agente comercial de la empresa, Jimmy Andrés Díaz, reinsertado de las FARC que llegó a Ganchos & Amarras por intermedio de la Fundación Carvajal, hoy en día recorre la cuenca del río Cauca abriendo mercados para el producto. Jimmy Andrés se muestra orgulloso de su empresa. “El país se merece algo diferente a la guerra –afirma-. Sé que proyectos como el nuestro van a hacer más fácil alcanzar la paz”.

Dentro de las instalaciones también está Víctor Orozco, el Gerente General de la Empresa. Está vinculado al proyecto desde sus comienzos, en 2011. Su trabajo, pagado por la Fundación Carvajal, ha convertido este modelo de negocios en exitoso. Un modelo que empodera a los reinsertados y los convierte en propietarios. Orozco es el gerente de la empresa, pero en realidad es empleado de los verdaderos propietarios, los desmovilizados. “La Fundación Carvajal ha hecho todo un acompañamiento administrativo –afirma-. El aporte de la empresa privada es fundamental para absorber el potencial de mano de obra que resulta de los procesos de reinserción”.

Ganchos & Amarras es una de las 80 iniciativas empresariales con reinsertados tuteladas por la Fundación Carvajal.

El director de la Agencia Colombiana para la Reintegración, Alejandro Eder, ha destacado  esta iniciativa empresarial. Para el funcionario, la experiencia de Ganchos & Amarras es modélica, teniendo en cuenta que, según estudios en los que la ACR se apoya, el Valle del Cauca es uno de los departamentos donde más existen prejuicios contra los desmovilizados en la fuerza laboral. Las cifras que su oficina maneja arrojan, por el contrario, que de 55.203 desmovilizaciones registradas en la última década el 80% han sido exitosas. Cada día se desmovilizan dos o tres personas, en un proceso en el que la reinserción dura seis años y medio.

Al preguntarle por su vida antes de convertirse en empresario, tras un prudente silencio Manuel Ballesta responde: “la guerra es la muerte. Yo antes vivía de las armas. La reconciliación trae tranquilidad a nuestras familias y a la sociedad. Este grupo de once jóvenes que le apuesta a la paz ha renacido. La reconciliación es perdonarnos y permitirnos esa nueva oportunidad que nos da la vida”.



Fotos: Diana Sánchez  / Reconciliación Colombia