Acciones Reconciliadoras

Una líder Wayuu que lucha por volver a ver el cielo estrellado de Bahía Portete

La masacre de Bahía Portete, el 18 de abril de 2004, le cambió la vida a Débora Barros, que por ese entonces era una abogada recién egresada de 24 años. Desde entonces, lucha por el retorno de su pueblo.


Stivens Parra
Unidad para las Víctimas
Especial para Reconciliación Colombia.


 
Alrededor de 40 paramilitares, al mando de alias ‘Jorge 40’, llegaron al tranquilo pueblo de Portete y desaparecieron del cielo porteño 5 ‘estrellas’: Margot Fince Espinayu, Rosa Fince Uriana, Diana Fince Uriana, Reina Fince Pushaina y Rubén Espinayú. Hubo una sexta víctima mortal de la que solo se halló un brazo calcinado.

En este contexto aparece Débora Elena Barros, una mujer sencilla, de estatura media, con perfecto dominio del wayunaiki (lengua wayuu), que baila y canta vallenatos, que delira con el ritmo de la flauta y el tambor, que baila la yonna –una danza tradicional de su pueblo–, con tez morena y los ojos anchos como el sol cuando se estira en las tardes del desierto.
 
“Cuando ocurrió la masacre yo estaba en Uribia, donde era la inspectora. Tenía 24 años y un título de abogada recién obtenido en la Corporación Universitaria de la Costa (CUC)”, dice.
 
Esta estrella joven empezó a recuperar aquello que por herencia llevan los wayuu: la moral del desierto, escupida por los fusiles y ultrajada por los hombres, que ahora de forma indomable emprendía un camino de esperanza para su comunidad y para otras etnias y culturas que el conflicto ha querido desparecer de la faz de la tierra.
 
Al mediodía, cuando llegó la noticia de la masacre, Débora pensó en su hijo Camilo que por aquel tiempo tenía 4 años. “Creía que mi hijo estaba muerto. No lo podía creer”, dice. Pensó también en Margot, en Rubén, en Diana, en Reina y, en especial, en Rosa. “Nunca perdí la esperanza de que Rosa estuviera viva. ¡Tiene que estar viva!”, decía.
 
“Fue muy cruel. A ella la decapitaron. Nunca antes habían decapitado a una mujer. Le colocaron granadas en su boca y el cuerpo. Fue imposible encontrar sus partes”, dice acongojada.
 
Ese día cambió la vida de Débora. “Cuando me dijeron de la masacre, también me advirtieron que debía irme pues desde antes venía haciendo las denuncias sobre la incursión paramilitar en la región”, afirma.
 
“Lo primero que hice fue ir a Riohacha a pedirle ayuda al Gobernador, pero él me dijo que yo estaba loca y que esa gente había muerto de hambre, no por ninguna masacre. Al ver que no tuve respuesta fui a la universidad donde estudiaba su hermana Telemina y la saqué. Tomamos rumbo a Venezuela, y allí tuvimos que vivir tres meses debajo de los palos de mango”, cuenta, y aún envuelta en dudas y pesares, inició su lucha. 
 
Tiempo después viajaron a Bogotá. En la capital de la República se enfrentó a un nuevo universo y a los meses le surgió la idea de litigar. Creía que tenía la fuerza suficiente para hacerlo y que la difunta Rosa la ayudaría.
 
Era septiembre de 2004 y, a los pies de Monserrate, decidió bautizar lo que para entonces era una organización naciente: “Wayuumunsurat” (montaña en el desierto). La organización se dedicó a hacer denuncias y a empoderarse del tema de Bahía Portete.
 
Con la entrada en vigencia de la Ley de Víctimas mejoró el panorama para Débora y para la comunidad de Bahía Portete. “Ahora las familias tienen más confianza. Se vienen adelantando cosas con la Unidad y ya recibieron su ayuda humanitaria. Se está trabajando en todo el tema del retorno y de la reparación colectiva”, afirma. 
 
En octubre de 2012, durante una reunión con los delegados de los departamentos, fue postulada para que los representara en el Comité Ejecutivo. En aquel espacio Débora tuvo el apoyo del Presidente Juan Manuel Santos, pues él también sabía que en Portete no solo habían matado cuatro mujeres, un hombre y desaparecido otras más, sino que habían herido de muerte una comunidad como la wayuu que representa la quinta parte de la población indígena en Colombia y casi el 50% de la población guajira.
 
Débora sueña con volver a ver el cielo estrellado de Portete, sentada en una silla o balanceándose en un chinchorro, en el tránsito suave del viento. “Cuando estoy en la Alta –agrega– es mi momento más feliz. Duermo en un chinchorro y, a pesar de que ahí pasó todo, me llena de energía y fuerza”.
 
Gracias al compromiso del Estado y de la incansable lucha de esta mujer de 33 años, pronto veremos a las familias de Bahía Portete correr libres en el desierto como ella solía hacer en sus años de infancia. 
 
“Nos escapábamos a un jagüey que había cerca, a pesar de que mi mamá nos decía que muchos años atrás hubo una mujer que se enamoraba de los hombres y que ese sitio tenía contacto con el mar. ‘¡Un día de estos sale un hombre del jagüey y se las lleva!’, nos decía”. 
 
Débora ya ha hecho su parte en este proceso de reparación colectiva y retorno. Lo ha logrado con ayuda de Mareiwa, el dios wayuu, que a pesar de ser el único en su universo –sin la Santísima Trinidad nuestra– es inmaterial, lleno de amor, de pruebas y de milagros. Bien lo sabe ella, que nació como predestinada un 10 de diciembre, la misma fecha en la que el mundo celebra el día mundial de los Derechos Humanos.