Escuela de paz y desarrollo

Su director, Carlos Eduardo Martínez, dice que no se trata solo de trabajar la negación de la violencia, sino de la búsqueda de una profunda transformación cultural que contribuya a la construcción de una paz verdadera entre los colombiano.

Foto: Archivo Particular

Carlos Eduardo Martínez dirige la Escuela de Paz y Desarrollo de la Universidad Minuto de Dios. Se trata de un centro de pensamiento que busca la promoción de la no-violencia y a partir del cual se ha generado un movimiento social que está presente en más de 150 municipios del país. Para Martínez, la perspectiva de la no-violencia va más allá de la teoría para convertirse en una postura ante la vida.

Esto quiere decir, entre otras cosas, que no se trata solo de la negación de la violencia, sino de la búsqueda de una profunda transformación cultural que contribuya a la construcción de una paz verdadera entre los colombianos.  Según Martínez, “la paz consiste en la superación de las violencias estructurales, de género y entre generaciones. Vivimos en un país en el que hay una cultura que legitima la violencia”.

Para explicarlo, Martínez menciona el ejemplo del padre que maltrata a su hijo creyendo que es un método adecuado para educarlo. Lo mismo pasa cuando se legitiman y hasta se celebran las muertes de guerrilleros en combate. En ambos casos se buscan eufemismos como la educación o la defensa de la patria para enmascarar y validar actos de violencia entre los seres humanos.

Por eso lo que se busca desde la óptica de la no-violencia es develar todos los tipos de violencias existentes, que a veces no son conscientes para las personas, y, a partir de ahí, construir nuevas maneras de relación social. “En otras palabras, de lo que se trata es de sustituir la ética dualista del bien y el mal por una ética en la que lo principal sea optar por lo más conveniente para proteger la vida”, dice Martínez.

Carlos Eduardo Martínez ha recorrido el país promoviendo este discurso. A sus talleres de paz pueden asistir todas las personas que estén dispuestas a encontrar dentro de sí la semilla de la reconciliación consigo mismas y con las demás. Martínez dice que no se enfoca únicamente en el trabajo con víctimas de la violencia porque cree que cada ser humano debe reflexionar sobre sus propias guerras cotidianas y solucionarlas.

Sin embargo, el trabajo con víctimas le ha dejado grandes enseñanzas. “Una vez, en un taller en Santa Marta, un campesino contó que había presenciado el asesinato de su hijo y de su yerno por parte de un grupo armado que irrumpió en su vereda con lista en mano. El campesino dijo que aunque había tenido que huir, nunca quiso saber quiénes habían sido los responsables porque no quería que se le llevaran el alma, es decir, no quería que su corazón se llenara de odio por los asesinos”, cuenta Martínez.

Otra experiencia significativa ocurrió cuando trabajaba en la Fundación Benposta. Un día llegaron a las instalaciones unos niños provenientes de distintos grupos armados. Al principio la convivencia entre ellos fue complicada porque querían mantener la lógica de la guerra en la que habían vivido. “Ahí entendimos que las personas no deben definirse por la problemática social en la que les tocó vivir sino por quiénes son realmente. Cuando esos niños descubrieron que más que excombatientes, eran personas con deseos, metas y valores pudieron encontrar la manera de convivir pacíficamente”.

En ese sentido, Martínez cree que la reconciliación no es solo un acto personal de perdón. Para él la reconciliación pasa por entender la forma de pensar de mi opositor y reconocer su humanidad. Según Martínez, “en una negociación entre dos partes no se trata de que el más fuerte le imponga su verdad al más débil. La paz consiste en una transformación de las relaciones sociales en la que todos los seres humanos nos reconocemos como iguales”.