Las inquebrantables

Vivir de cerca la tragedia impulsó a estas mujeres a trabajar por la reconciliación en sus comunidades. En sus casos el odio se convirtió en fuerza y la indignación en valor.

Por Laura Campos
Publicado en la revista Reconciliación Colombia No. 1
Foto: Federico Ríos


Teresita Gaviria (68 años) - Asociación de Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria

El 5 de enero de 1998 las AUC retuvieron a Cristian Camilo, el hijo menor de Teresita, cuando viajaba entre Medellín y Bogotá. Cristian jamás regresó y su madre, llena de dolor e indignación, comenzó a trabajar por los desaparecidos. Desde 1999, todos los miércoles a medio día se toma, junto con 14 madres más, el atrio de la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, en Medellín, para reclamar la verdad. Su lucha por la transparencia la ha convertido en el puente entre los exjefes paramilitares presos y las familias de sus víctimas.


Rosa Bessie Romaña (51 años) - Macoripaz

Hace 13 años Rosa salió desplazada de Pedeguita (Chocó). De su casa solo sacó unas cobijas que la acompañaron mientras navegaba, sobre una tabla, por el río Atrato hasta Riosucio. Allí se unió a otras 14 mujeres para buscar formas para obtener ingresos económicos. Esa iniciativa se convirtió, en 2003, en Macoripaz, organización que en 2010 ganó el Premio Nacional de Paz por su trabajo en generar oportunidades laborales y educativas para las víctimas en Chocó. 


Ivonne Caicedo (33 años) - Foro Interétnico de Solidaridad del Chocó (Fisch)

Hace 13 años nació el Fisch como una reacción de la Diócesis de Quibdó y las organizaciones étnico-territoriales del departamento ante la agudización de la crisis humanitaria del Chocó y el Atrato medio antioqueño. Su objetivo, hacer visible la realidad de estas comunidades ante el Estado y las ONG. Desde el Foro, Ivonne coordina la creación de una agenda de paz regional construida a partir de la mirada de 360 jóvenes afro, indígenas y mestizos. 


Juana Mosquera (45 años) - Asociación de Desplazados del 2 de Mayo (Adom) 

Días antes de la masacre de Bojayá, el 2 de mayo de 2002, las amenazas de los paras sacaron a Juana de Napipí. Desde ese momento su vida fue una constante fuga, pues recibía amenazas tanto de los paras como de la guerrilla. En 2011 comenzó a trabajar con Adom, pero se vinculó por completo en 2013, después de que la guerrilla le asesinó a uno de sus hijos. Ahí trabaja en reconstruir la memoria, generando espacios para que los vinculados hablen. 


Ángela Salazar (60 años) - Iniciativa de Mujeres para la Paz (IMP)

En 1996, Ángela tuvo que abandonar su casa en medio de los desplazamientos masivos ocasionados por las masacres de La Chinita, Churidó y Osaka en Antioquia. Cinco años después se vinculó a la IMP, donde ha documentado más de 500 casos de mujeres que sufrieron la violencia paramilitar. Hoy trabaja por visibilizar los casos de victimización a mujeres derivados del conflicto armado en Apartadó, Carepa y Chigorodó. 


Deicy Elena Bermúdez (30 años) - Fedeafro

En 2013 esta abogada especializada en resolución de conflictos y no-violencia encontró en Fedeafro el espacio ideal para promover el desarrollo socioeconómico de la población afrodescendiente en Colombia. Su labor se centra en conseguir alianzas estratégicas con instituciones educativas y gubernamentales para que las personas vinculadas a Fedeafro gestionen su propio desarrollo y venzan la doble estigmatización de ser víctimas del conflicto y miembros de su etnia.