Los proyectos de Las Hermosas

La comunidad del Cañón de Las Hermosas lleva medio siglo en medio conflicto armado. Sus campesinos se resisten a seguir en ello y han desarrollado un sofisticado trabajo organizativo que les ha permitido proteger su vida del fuego cruzado.

Por Juan Miguel Álvarez
Publicado en Revista Reconciliación Colombia Número 1
Fotos: Federico Ríos


Uno. La carretera que penetra el Cañón de Las Hermosas es una vía de tierra y piedra que a la distancia parece una muesca en la cordillera Central. Por tramos se asemeja a un camino veredal apenas justo para un vehículo; en otros, la bancada ensancha los centímetros mínimos para que dos jeeps que se encuentran de frente alternen el paso arrimando las llantas al borde de una caída de más 100 metros de profundidad hasta tocar fondo en el río Amoyá.

Desde los primeros kilómetros se ven casas de campesinos edificadas hasta en los filos más escarpados de las dos caras del cañón. Sus parcelas revelan la cuadrícula de los suelos cultivados: cafetales, platanales, cítricos, tomateras, arados de arracacha, yuca, maíz y, hace unos pocos años, colmenas de abejas. Puestos en marcha por grupos de mujeres asociadas para gestionar proyectos productivos, los cultivos apícolas se han convertido en un espacio de trabajo y encuentro femenino. 

Alcira Fajardo Caicedo tiene 56 años y desde su infancia ha habitado el corregimiento de Las Hermosas. Madre de hijos ya adultos, quedó viuda a finales de los noventa. Campesina experta en las labores de la caficultura y esmerada ama de casa, desde 2006 se sumó a la Asociación de Mujeres de Las Hermosas (Asmur) con la ilusión de ocupar su tiempo libre. “Todas hemos sido dedicadas al hogar –explica– y dependientes de los maridos. Nos organizamos en una asociación para presentar proyectos que nos dieran la oportunidad de hacer algo distinto a los oficios domésticos y ganar algo de plata”.

Asmur integra 14 mujeres de la vereda Rionegro, paraje a dos horas de la entrada del cañón. Abundante en flores ornamentales, recibe pleno el sol de la mañana y lo ve ocultarse al final de la tarde con el perfil de la montaña de enfrente. Los terrenos en donde reposan las colmenas quedan unos diez metros camino abajo de la carretera, retirados de casas de familia. 

Asmur ha producido hasta el momento un tope de 52 botellas de miel luego de un ciclo de dos meses de espera con 60 colmenas. En la actualidad tiene 38 y las mujeres ahorran para aumentar el cultivo y la variedad de productos, además de miel, pretenden producir polen, propóleo y jalea real.

Junto a Asmur otras tres asociaciones de mujeres en el corregimiento permanecen activas y sus nombres enuncian la vereda en la que viven sus integrantes: Asociación de Mujeres de El Cairo (Asomucar), Asociación de Mujeres Progresistas de San Jorge (Asomuprosj) y Asociación de Mujeres de El Escobal (Asmues). Existe otra de carácter mixto llamada Asociación de Productores de Fruta (Aprofrus), en la vereda Aguabonita.

La de San Jorge ha desarrollado, también, un proyecto de gallinas ponedoras y otro de ganado de leche semiestabulado –vacas alimentadas dentro de un establo, no al pasto libre–. Leonor Sánchez, una de sus integrantes, explica: “Con esta manera de producir leche quisimos mostrarle a la comunidad que en espacios pequeños también podemos tener ganado. Y con las gallinas ponedoras innovamos en la forma de vender los huevos: vamos de casa en casa tomando el pedido de cada familia y lo entregamos igualmente de puerta en puerta. Eso no se había visto por acá y nos ha dado los mejores resultados”.

Si bien no todas las asociaciones han cualificado sus mecanismos de comercialización y les ha tocado vender a precios bajos, todas las mujeres están contentas con estos emprendimientos. Para Alcira fue su sueño cumplido: “durante mucho tiempo tuvimos varios proyectos frustrados y algunas de nosotras se fueron, y a las que se quedaron, que también querían irse, yo les decía que esperáramos un poco, que fuéramos persistentes. Hasta que al fin”.

Ninguna de estas mujeres ha sido víctima directa del conflicto armado, pero todas lo conocen bien. En 2008 y 2009, temporada en la que recrudecieron los enfrentamientos entre las Farc y el Ejército Nacional, numerosos campesinos optaron por salir de sus parcelas mientras cesaba el fuego. No así las mujeres de estas asociaciones: “No nos desplazamos –dice Alcira–, nos quedamos para no abandonar nuestras cosas ni las abejas. Y nos acostumbramos a vivir con los bombardeos de la Fuerza Aérea”.

Dos. El Cañón de Las Hermosas es uno de los territorios más representativos del conflicto armado colombiano. Es un accidente geográfico de la cordillera Central, entre los municipios de Chaparral y Roncesvalles al sur del Tolima y los municipios de Pradera y Florida del centro oriente del Valle del Cauca.

Desde los años sesenta le ha servido a la guerrilla como zona segura. Por sus caminos agrestes, intricados saltos de montaña y bosques de páramo, a la fuerza pública le ha costado más hombres, más armamento y mejor estrategia poder penetrarlo. Desde el final de los diálogos de paz en San Vicente del Caguán, en 2002, fue refugio de alias Alfonso Cano, uno de los máximos comandantes de las Farc –a quien un comando especial del Ejército dio de baja en Cauca en 2011–.

Tuvo tanto control la guerrilla de este cañón que los movimientos paramilitares nunca lograron una presencia significativa allí. Dentro de la estrategia de la guerra, dominar el acceso y la salida de estas montañas permite moverse entre las zonas más pobladas del occidente y centro occidente del país y la cuenca alta del río Magdalena.

“Acá llevábamos viviendo 50 años bajo una ley de la guerrilla –dice David López, exgobernador del cabildo indígena de La Virginia–. Teníamos temporadas de guerra y otras de calma. Pero cuando en 2005 el Ejército se metió a combatir la guerrilla llegaron las complicaciones porque pensó que todo lo que caminaba era guerrillero”. Si bien en esos años las Fuerzas Armadas desplegaron todo su poderío a lo largo y ancho del país, la entrada al Cañón de Las Hermosas coincidió con las primeras obras de la construcción de una hidroeléctrica de Isagén en el río Amoyá. 

“Cuando llegaron las tropas –añade Ulises Dueño, líder campesino–, los militares nos dijeron: ‘Venimos a protegerlos a ustedes’. Nos creían pendejos. Vinieron a proteger la hidroeléctrica, a cuidar la plata de los empresarios”.

El Ejército construyó dos bases en cimas de montaña, organizó operativos de inteligencia y desplegó tropa desde el casco urbano del municipio de Chaparral hasta lo más profundo del cañón. Por la cantidad de soldados, las bases levantadas que despertaron el tráfico constante de helicópteros artillados y el ametrallamiento desde el aire, organizaciones de derechos humanos calificaron al Ejército como una ‘fuerza de ocupación’.

En 2006 algunos líderes campesinos de los corregimientos El Limón y La Marina, colindantes con Las Hermosas, fueron asesinados y reportados como bajas en combate. Los campesinos reaccionaron con una movilización de habitantes de los tres corregimientos. “Marchamos para reclamar los atropellos que estábamos sufriendo –dice Elmer García Rodríguez, representante de Asohermosas, asociación que agrupa todos los colectivos del corregimiento–. Pero a los pocos días la fuerza pública comenzó a perseguir a líderes, comerciantes, veterinarios, dueños de droguerías, acusándolos de ser auxiliadores de la guerrilla”.

Finalmente capturaron a diez personas y las vincularon a procesos penales. Al verse tan vulnerables, el resto de campesinos que fungían como líderes de procesos comunitarios se llenaron de miedo. “Eso fue entre 2008 y 2009 –explica Luz Mila Sánchez, actual corregidora de Las Hermosas– y esas detenciones bajaron el ánimo del trabajo organizativo. Aquí nadie quería asumir el liderazgo de los procesos que estaban en funcionamiento por miedo a que los señalaran de guerrilleros y les formularan orden de captura”.

La estrategia del Ejército, sin embargo, que más afectó el tejido comunitario fue la de restringir el paso de víveres y utensilios desde el casco urbano de Chaparral hasta el corregimiento. “En un retén militar que hoy ya es permanente –dice Humberto Alirio Hernández, líder campesino– paraban cualquier vehículo y preguntaban para dónde iban. Si uno decía que para alguna de las veredas del cañón, lo hacían bajar, le preguntaban en un tono más hiriente, y le hacían explicar todo sobre la familia: cuántos miembros, a qué se dedican, cómo se llama la finca, qué cultivos tiene. Y si ellos querían, no le dejaban pasar nada del mercado que uno llevaba”.

Los campesinos debían presentarse en el batallón con una lista de su grupo familiar y de sus trabajadores en caso de que los tuvieran, para que los militares aprobaran el paso de las provisiones. “De todos modos –agrega Luz Mila– había cosas que no dejaban pasar por nada del mundo: pilas, gasolina, varillas de hierro que uno necesitaba para la casa, urea y otros insumos agrícolas y muchos más. Cansados de todos esos abusos y como única herramienta para protegernos creamos la Mesa de la Transparencia”.

Tres. Cada una de las 28 veredas del corregimiento de Las Hermosas tiene junta de acción comunal. En el cañón cohabitan cinco cabildos indígenas y, como se dijo ya, laboran cinco asociaciones productivas. Todas estas organizaciones están representadas en una gran fuerza comunitaria llamada Asohermosas.

Cuando los campesinos sintieron que los operativos militares habían menoscabado su dignidad, la comunidad en pleno propuso crear un espacio de encuentro con representantes del gobierno para que los escucharan y les solucionaran lo que ellos consideraban “atropellos de la fuerza pública”.

Según Luz Mila, llamaron a ese espacio Mesa de la Transparencia y los derechos humanos. Durante la movilización, entendieron que si los reclamos solo quedaban en la Alcaldía de Chaparral no iban a tener ningún efecto y que si querían cambios tenían que hablar con el alto gobierno. “Así que exigimos su presencia y logramos sentar en la mesa al gobernador del Tolima, al comandante de Policía del departamento, al comandante de la brigada, a un representante nacional y otro local de la Fiscalía, de la Procuraduría y de la Defensoría del Pueblo”, señala.

Al primer encuentro, celebrado a finales de 2007, solo asistieron los tres o cuatro voceros de la movilización y se vieron en franca desventaja: “Para campesinos sin estudio como nosotros –explica Ulises Dueño– no era fácil sentarnos cara a cara con el comandante de la brigada o hablar con propiedad ante un funcionario muy estudiado de la Fiscalía”. A la segunda, entonces, la comunidad asistió con los presidentes de las juntas de cada vereda, con los representantes de las asociaciones, con los gobernadores indígenas y con los principales miembros de Asohermosas. Unas 80 personas. “A partir de esa segunda reunión empezaron a cambiar las condiciones del corregimiento –agrega Ulises–. Éramos 80, pero el día anterior habíamos escogido a tres o cuatro para que fueran quienes hablaran en la mesa. Ahí el gobierno vio el alto nivel organizativo que teníamos. Así nos hicimos sentir”.

En la actualidad, la comunidad acepta que los operativos militares ya no son tan agobiantes. Algunos le dan el crédito a la Mesa; otros, incrédulos, expresan que la presión militar menguó luego de la muerte de Alfonso Cano. Unos más aducen que mientras la hidroeléctrica esté en operación el Ejército seguirá actuando como una fuerza de ocupación.

El hecho es que la comunidad del Cañón de Las Hermosas mantiene activos y optimistas todos los procesos organizativos: las 28 juntas de acción comunal sesionan y toman decisiones, las cinco asociaciones productivas siguen produciendo miel, los cabildos mantienen el control político de sus etnias y Asohermosas lidera la elaboración de un plan de desarrollo para el corregimiento que va en la fase de diagnóstico.

“Con todo este trabajo organizativo –concluye Luz Mila– queremos que el país sepa que el Cañón de Las Hermosas no solo es una zona del conflicto armado, que deje de pensar que somos gente peligrosa. Queremos que sepan que acá la gente trabaja y tiene proyectos de vida”.