San Francisco, un pueblo que hoy puede mirarse a los ojos

San Francisco, Antioquia, es un ejemplo de coexistencia. Los habitantes han superado el asedio de grupos armados ilegales, mientras que excombatientes han encontrado un hogar.

​Por Patricia Nieto
Publicado en la revista Reconciliación Colombia, número 1
Foto: David Estrada Larrañeta

Hace unos años, en la vereda Las Brisas, en San Francisco (Antioquia), solo se escuchaba el crujir de los árboles. Ahora, la voz de Marta viaja entre repollos, coles y lechugas y llega hasta al pesebre donde beben dos mulas. Dice Marta que durante los años del silencio solo hablaba para rezar. Mientras tantea la corteza de una papaya y toca los botones del rosal, confiesa que hoy conversa con la intención de abrazar.

Casi media década permaneció callada, concentrada apenas en desyerbar anturios, siemprevivas y purezas que crecen silvestres en el solar que heredó hace 35 años. Además del zumbido de las moscas escuchaba tiros de fusil, estallidos de bombas y gritos desgarrados de las mujeres que veían morir a sus hijos en las calles de San Francisco. Una noche, cuando rezaba, escuchó el golpe seco y corto de un arma cuando la liberan. Después los pasos de muchos hombres avanzando por el corredor de su casa trepada en una colina y al segundo, los gritos del que ya le apuntaba en la cabeza reclamándole a Roberto, su hijo de 16 años.

Días más tarde ella misma presentó al muchacho ante los comandantes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), después de cruzar las montañas que llevan al Magdalena Medio. Marta no dejó que los paramilitares interrogaran, ni juzgaran, ni fusilaran. Se deshizo en palabras de madre desesperada y entregó toda su savia en los 30 minutos que se tomó para defender al muchacho. Y regresó, con su hijo agarrado de la mano.

Dos años después, en 2002, también las palabras salvaron a Javier Alberto, su hijo de 22 experto en vacunar ganado. Se lo quitó de las manos a Luis Eduardo Zuluaga, paramilitar conocido como MacGyver después de hablarle con susurros y con gritos. La libertad de Javier duró poco. Hombres del Ejército de Liberación Nacional (ELN), lo asesinaron en un camino que bordea un potrero. Así, hicieron saber a todos los habitantes de San Francisco que no tolerarían tratos, ni de padres ni de madres ni de novias ni de maestros ni de médicos ni de curas, con los paramilitares.

Después del funeral, Marta cerró las puertas de su casa y se quedó en silencio como todas las madres de San Francisco. Aprovechó para tapar las ranuras de las paredes por donde se filtraba la brisa y para restaurar, con sus propias manos, el mesón de la cocina. En esas estaba cuando vio a Blanca Toro subir por el caminito que atraviesa la huerta y lleva al corredor. Blanca, sobreviviente de las tomas guerrilleras de 1998 y 1999 que derrumbaron su casa y medio pueblo, llevaba en sus manos un formulario. No se trataba de firmar un pliego de peticiones a nombre de las víctimas sino de aceptar hacer parte del Grupo de Apoyo entre iguales. Marta y Blanca conversaron toda la tarde. Revivieron la dramática historia de su pueblo sitiado por guerrilleros, paramilitares y Ejército durante años. Recordaron a las decenas de hombres y mujeres dolientes por las pérdidas de sus hijos, de sus tierras y de su dignidad. Entonces decidieron aceptar la invitación de Conciudadanía para tejer la confianza y la solidaridad rota por la guerra.
 
Una terapia

Unas semanas después, Marta Gil, Blanca Toro y 22 víctimas compartían el fin de semana con un grupo de desmovilizados, paramilitares y guerrilleros, que había decidido convertir a San Francisco en el hogar para recomenzar su vida.

Carlos Arturo Domicó recuerda que fueron 16 los paramilitares que arrendaron una casa en la esquina diagonal a la iglesia cuando dejaron las armas. Sentía miedo, dice. Cuando atravesaba el parque para comprar una libra de arroz le parecía que miles de ojos lo seguían, cuando entraba a la Alcaldía se sentía indigno y cuando pasaba frente a la iglesia rogaba, en voz baja, que algún día pudiera recuperar la tranquilidad.

Carlos Arturo tardó semanas para entablar conversación con alguien. Ese alguien fue Quico Gómez, un comerciante que le abrió el camino para entrar en charlas simples, cortas y tímidas. Solo cuando se confesó ante las madres de San Francisco y pudo llorar con rabia, con dolor, con vergüenza, sintió que el peso de la culpa se aligeraba.

A ellas les dijo la verdad: a los 22 años, después de enterrar a su hermanita asesinada por la guerrilla, se entregó a las AUC para sumarse a la venganza. Sin pensarlo dos veces aceptó el uniforme, recibió el arma y cumplió órdenes durante ocho años. Y esa verdad la completó con detalles del sufrimiento que provocó. Mientras que Carlos Arturo narraba, las mujeres sollozaban y le devolvían preguntas que a veces era incapaz de responder. Ese hablar entre sollozos o risas descompuestas era abrazarse, aprendió Carlos Arturo y salió del grupo de apoyo entre iguales a decirles a los compañeros que desmovilizarse no era solo dejar el arma; consistía en reconocer ante los ofendidos el daño causado.

Tres años necesitaron Marta, Blanca, Carlos Arturo y decenas de hombres y mujeres del oriente antioqueño para certificarse como promotores de vida, seres comprensivos capaces de domesticar el odio que dejan las guerras.

Marta Gil es la gran abrazadora de San Francisco. Lo dice Blanca que también ha escuchado a cientos de vecinos, lo reconoce Carlos Arturo cuando dice que ella es una “señora elegante que le enseñó a estar en paz”. Lo confirma ella cuando cuenta cómo, con palabras amorosas, ayudó a su vecino a caminar después de padecer una parálisis física ocasionada por el terror. Cada mes Marta visita siete familias y da el mismo número de abrazos que son largos encuentros de palabras sanadoras.

Marta sigue repartiendo abrazos pese a que San Francisco ya no está solo. Funcionarios de los gobiernos nacional y departamental atienden las necesidades básicas de 8.000 víctimas, casi el 90 por ciento de la población. Marta sabe que los techos, las herramientas, los abonos, las becas, los caminos, la electricidad y el agua potable mejoran la vida después de la guerra. Y también sabe que la guerra no volverá a su pueblo si sus vecinos pueden darse la mano y mirarse a los ojos sin temerse.