Acciones Reconciliadoras

Indulgencia tras las rejas

Víctimas y victimarios se encuentran cara a cara en la cárcel de Bellavista de Medellín en un proceso de perdón y reparación.

María Mercedes Abad      
Comunicadora Redprodepaz*
Publicado en la revista Reconciliación Colombia, número 1.
Foto: Carlos Pineda


Maruja, Clara, Dalia y David llegan puntuales a la cárcel de hombres Bellavista, después de dos horas de viaje desde distintas comunas de Medellín. Suben la calle empinada que deja ver las ventanas atiborradas de ropa secándose aprovechando un fuerte sol. Al frente, un letrero les da la bienvenida: ‘El Inpec somos todos’. El gesto de Maruja adquiere un repentino gesto de tristeza mientras paciente aguarda la fila para entrar.

María del Carmen Echavarría o Maruja, tiene 65 años, y carga con el desconsuelo de la pérdida de siete hijos muertos en forma violenta. Hoy le quedan tres hijos vivos, 22 nietos y 13 bisnietos.

Es viernes y no es día de visitas. Las víctimas llegan a la cárcel invitadas por la Confraternidad Carcelaria de Colombia, organización internacional con presencia en 190 países del mundo. Todas tienen en común haber participado en un proceso basado en la llamada justicia restaurativa, que se conoce con el nombre de ‘árbol sicomoro’, una metodología creada en Estados Unidos. A través de parábolas de la Biblia, especialmente de la historia de Zaqueo –un ladrón que se monta a un árbol sicomoro para ver a Jesús y este lo perdona, tras de lo cual decide devolver cuatro veces lo que ha robado–, los participantes del taller en Bellavista desarrollan un proceso que los lleva a ponerse en los zapatos del otro.

En los últimos diez años, paramilitares, guerrilleros, militares, ladrones y violadores han participado del proceso, en el que se reúnen junto a víctimas de estos delitos. “Algunas veces ellos mismos ayudan a ubicarlas porque quieren pedirles perdón”, explica Lácides Hernández, director de la Confraternidad Carcelaria en Medellín.

Catarsis

Después de los trámites de rigor para ingresar a la cárcel, los visitantes van hacia a la capilla de la iglesia cristiana evangélica. Allí se encontrarán con 15 presos, en su mayoría condenados por homicidio, tentativa de homicidio, concierto para delinquir, porte ilegal de armas, robo a mano armada y acceso carnal violento.

Clara y Dalia están nerviosas por la sesión. Ellas participaron del árbol sicomoro el año pasado. Los hombres empiezan a llegar y ellas los abrazan con alegría. Les preguntan por sus vidas, sus familias y sus procesos judiciales. Incluso, les llevan razones a sus esposas. Maruja trae sillas para unos y otros y los saluda: “¡Buenos días muchachos!”

En el segundo piso de la capilla, en un pequeño cuarto con sillas ubicadas en círculo, se sientan las víctimas entre los reclusos. “A mí me han matado siete hijos. Por eso yo era una mujer triste, amargada y rabiosa”, les dice Maruja a los presentes. “Cuando tenía 7 años, unos vecinos nos quemaron la casa y murieron mis dos hermanos calcinados. Ahí me desgraciaron la vida porque me mandaron a un internado y no tuve una familia ni nadie que me dijera que me quería”, dice Dalia. “A mí me mataron a un hermanito que era como un hijo, el Día de la Madre me encontré con el asesino en un restaurante y pude decirle a mi mamá y a mis hermanos: yo ya perdoné. Hagan ustedes lo mismo”, cuenta David.

Maruja continúa su relato: “Estando aquí en Bellavista me encontré con el hombre que asesinó a mi hija para no pagarle una deuda. Quedamos frente a frente y él me abrazó, se arrodilló y me pidió perdón. Los dos lloramos y yo lo perdoné… Una semana después pasó por mi casa Javier, el asesino de mi hijo menor al que yo había acechado por años, y me dijo que tenía hambre. Yo le di comida. Tiempo después lo mataron”.

Los victimarios también cuentan su historia. “Yo estoy pagando aquí todos mis delitos, que han sido muchos, pero aquí entendí que puedo cambiar”, dice Adrián. “Estoy condenado por acceso carnal violento, aunque estoy apelando mi inocencia. Pero aquí en Bellavista encontré la verdadera libertad. Con el árbol sicomoro vomité lo que tenía adentro: mucho odio y resentimiento y hoy me siento un hombre nuevo”, dice Edwin.

En la sala también está Juan David de jeans, camisa a cuadros y Biblia en mano. Fue jefe de una banda de sicarios y controló el expendio de drogas en seis barrios con 30 hombres armados que cobraban vacunas y mataban para controlar el territorio del patrón. “Estoy acá por ambición de dinero. Quería darles un hogar a mi esposa y a mi hija y entendí que un hogar no son cuatro paredes. Hoy la casa que compré está vacía y ellas están con otro hombre. Siento culpa por las personas que murieron, por los jóvenes que destruyen su vida con la droga, por el daño que causé a mi familia. Pero quiero cambiar y, si yo cambio, habrá menos muertos porque al menos yo ya no participo”, dice Juan David.

Otros, como Rober James pagan un aviso en el periódico en el que piden perdón o hacen un acto público en diferentes barrios para arrepentirse. Otros buscan a su víctima directa para pedirle perdón. Rober pasó diez años en Bellavista y hoy tiene libertad condicional. A sus 33 años, cursa quinto semestre de Derecho, gracias a la financiación de la ONG sueca Ankar Stiftelsen, para la que además trabaja como voluntario en un proyecto de la Confraternidad Carcelaria con jóvenes y niños de las comunas a quienes les cuenta su testimonio. “Hemos visto que muchos victimarios fuimos primero víctimas. A los 8 años me mataron a un tío, luego a un primo y luego a mi hermano. Yo me metí en las bandas a los 14 años para vengar las muertes de ellos y lo hice. Pero eso no me devolvió la tranquilidad”, cuenta.

Borje Erdtman, director de la ONG sueca que da empleo a exconvictos como Rober, dice que les da empleo porque cree en ellos. “Así estoy retando a los empresarios colombianos. Colombia tiene 135.000 presos y un 90 por ciento de reincidencia porque el sistema judicial se centra en el delito y el castigo. Programas como el árbol sicomoro no garantizan que el agresor no vuelva a reincidir, pero al menos hay una víctima que perdonó”, agrega.

Después del reencuentro de ‘egresados’ del árbol sicomoro, los reclusos vuelven a sus celdas, y a la salida de Bellavista Maruja repite con insistencia: “Es que siempre que salgo de estos procesos salgo como livianita”. Regresa cansada, pero contenta a su humilde casa del barrio Santa Cruz.
 
La metodología

En Colombia, el árbol sicomoro empezó a ser aplicado por Lácides Hernández en el barrio Pablo Escobar de Medellín y, a partir de 2004, lo llevó a la cárcel Bellavista. El taller consiste en ocho sesiones, una por semana. La primera sesión invita a los victimarios a reflexionar sobre el delito y su impacto en la sociedad; la segunda habla sobre asumir la responsabilidad por el delito cometido. Las víctimas cuentan lo que significó su pérdida, el vacío que dejó en ella y en su familia. En la tercera viene la confesión y el arrepentimiento. Además cuentan con detalle su vida y su infancia, narran lo que han hecho y reflexionan sobre lo que los llevó a cometer los actos delictivos. Ocho días después, los participantes hablan del perdón, luego sobre restitución y finalmente sobre reconciliación.

 * Redprodepaz articula 23 iniciativas de desarrollo para la paz en 23 departamentos.