Acciones Reconciliadoras

La monja feminista que trabaja por los desposeídos en Aguablanca

La hermana Alba Stella Barreto llegó hace 27 años al Valle, durmió en cambuches y anduvo por trochas. Hoy es la directora de la Fundación Paz y Bien, una organización social dedicada al trabajo con jóvenes y familias vulnerables en el distrito de Aguablanca. Ella es una de las invitadas especiales al Segundo Gran Encuentro Regional en el que el Pacífico y el Centro del país compartirán sus experiencias de reconciliación. Perfil.

Aunque la hermana Alba Stella Barreto se licenció en sicología y estudió una maestría en administración educativa dice que lo que realmente la formó fue el trabajo en la calle con los desposeídos.

Después de desempeñarse durante años como profesora de español en colegios religiosos, la hermana Alba Stella sintió que su verdadero lugar en el mundo no estaba en el centro y en las cuatro paredes tradicionales de un salón de clase, sino en la periferia y en un horizonte más allá de una calle.

Todo empezó cuando como subsecretaria de bienestar social en Bogotá tuvo que enfrentarse a la problemática de los niños abandonados. A pesar de que se les brindaba albergue y estudio hasta que cumplieran la mayoría de edad, la hermana Alba Stella pudo constatar que la solución verdadera para estos pequeños estaba en propiciar el reencuentro con sus familias.

Posteriormente, trabajó con comunidades indígenas en Silvia, Cauca, y ante una petición de monseñor Pedro Rubiano se trasladó al distrito de Aguablanca en Cali, Valle, lugar en el que ha permanecido los últimos 27 años de su vida.

La hermana Alba Stella recuerda que lo primero que hizo fue aprender a vivir en las condiciones que encontró en estas zonas periféricas y a desaprender la forma de vida a la que estaba acostumbrada. Vivió entre el barro, durmió en cambuches y anduvo entre trochas. Reconciliación Colombia la entrevistó como antesala al segundo Gran Encuentro del diálogo entre autoridades, empresarios, sociedad civil y experiencias del Pacífico (Valle, Cauca y Nariño) y Centro (Boyacá, Cundinamarca y Bogotá D.C.):

¿Qué hace que una persona asuma ese cambio tan brusco?

Sin duda fue fundamental la acogida que me dieron las mujeres. Ese distrito fue jalonado y construido por ellas. Las mujeres fueron las que me enseñaron a vivir acá.

¿Cómo fue ese proceso?

En esa época me metí en la onda feminista. Dicen que Cali es la capital del feminismo y yo nunca había tenido esa perspectiva de género en mi trabajo.

¿Una monja feminista?
Sí, y a eso súmele la teología de la liberación. En realidad yo empecé a hacer una traducción del feminismo desde esa postura. Empecé a proponer la reparación frente a la exclusión de muchas personas, especialmente de las mujeres.

¿Cuál fue la reacción en la comunidad religiosa y entre los hombres?

Ellos felices (se sonríe). No mentiras. Algunos se burlaban y otros se molestaron. Lo importante fue que las mujeres del Distrito empezaron a tomar conciencia, a recuperar su autoestima, a desarrollar sus proyectos de vida. Ellas descubrieron que tenían derechos y empezaron a reivindicarlos.

¿Qué pasó después?

Bueno, el proceso tomó otro rumbo porque algunas mujeres me empezaron a decir que les estaban quitando sus hijos, que se estaban yendo con las pandillas y consumiendo drogas. Y ahí tocó enfocar el trabajo en los jóvenes y niños del Distrito.

¿Cuál era el enfoque?

Empezamos a trabajar desde la justicia restaurativa, que es un modelo que vincula a la comunidad, a las víctimas y a los victimarios. Por allí han pasado más de 600 muchachos al año y más de 2.000 se han recuperado y han podido seguir con sus proyectos de vida.

Cuéntenos más…

Mejor vaya mañana al Encuentro Regional para que se entere del resto (vuelve a reír)…