Acciones Reconciliadoras

El sargento que no se dejó derrotar por una mina

Hace 10 años el Sargento Francisco Pedraza perdió ambas piernas en un campo minado. Hoy es campeón de deportes paralímpicos y trabaja con la fundación Matamoros para ayudar a superar traumas en personas con condición de incapacidad. Su historia es ejemplo de superación personal.
 
Por José Vicente Guzmán M.
Foto: Diana Sánchez

 
El Sargento Francisco Pedraza nació dos veces. La primera, el día en que su madre lo trajo al mundo y la segunda, cuando tenía 27 años y sobrevivió a la explosión de un campo minado en Caquetá el 2 de septiembre del 2004.
 
Durante esa semana se estaba llevando a cabo una operación para rescatar a un grupo de secuestrados en La Unión Peneya, corregimiento del municipio de Montañita, y en medio de la acción militar se habían presentado combates con la guerrilla de las Farc.
 
Algunos solados habían quedado heridos y Francisco salió ese día con otros hombres a patrullar la zona en la que tenía que aterrizar el helicóptero que iba a trasladar a los liciados a Florencia.
 
El momento del accidente lo recuerda claramente. Uno de sus compañeros iba adelante, con un aparato para detectar posibles minas ‘quiebrapatas’, y él iba detrás con otros soldados. Ya habían decidido dar vuelta atrás, pero cuando giraron el detector sonó, la tierra explotó en mil pedazos y Francisco se levantó diez metros del suelo, cayendo boca arriba.
 
No sintió dolor. Intentó sentarse y vio que no tenía la pierna izquierda. La derecha estaba prácticamente rota. Escucho gritos y vio a sus compañeros malheridos. El ‘Flaco’ había perdido la mandibular y un cabo había caido al suelo luego de intentar levantarse. Hubo disparos y pensó que lo iban a rematar. En ese momento empezó a perder el sentido y sólo le llegaron sonidos vagos.
 
Todo fue confusión. Sus compañeros estaban preocupados por su situación. Decían que el helicóptero no podía aterrizar. Sintió que lo movían. Pensó en su mama recibiendo la bandera de Colombia que le entregan a las madres de los soldados asesinados y en sus hijos –de uno y tres años– creciendo sin su papá.  Las helices empezaron a zonar cada vez más cerca. De pronto sintió que lo estaban sentando en el helicóptero y se desvaneció. No recuerda más.  
 
El valor de aceptar la realidad
 
Cuando despertó tres médicos estaban frente a él en lo que parecía ser la habitación de un hospital. “Francisco, ¿cómo está?”, le preguntó uno de ellos. Respondió que se sentía bien. Le aclararon que estaba en el Hospital Militar de Bogotá y que había estado inconsciente por 12 días.
 
“¿Sabe qué le pasó?”, preguntó otro de los doctores. Francisco respondió que había perdido la pierna izquerda. El especialista le dijo que eso no era todo. También habían tenido que amputarle la pierna derecha debido a una infección por las heridas y estaba presentando problemas en sus riñones. Nunca más volvería a caminar.
 
Francisco no sintió como si se le acabara el mundo, y aunque todas las personas que lo visitaron desde ese día –familiares, amigos, doctores y psicólogos– pensaron que el Sargento entraría en una fase de depresión, cómo es normal en personas que pierden partes de su cuerpo, eso nunca sucedio. “¿Ya que podía hacer? Tenía que salir adelante por mis hijos, además había quedado vivo y eso era lo importante“, cuenta.
 
En ese momento ya sentía dolor. Aunque sus piernas no existían, le dolían como si estuvieran en su lugar y dormir era difícil. Pero desde la ventana de su habitación podía ver la panorámica de Bogotá y sólo pensaba en que estaba vivo, y en que la imagen de su madre con la bandera y sus hijos huerfanos era cada vez más lejana.
 
Entonces, comenzó una recuperación física y psicológica en tiempo record. Gladys Sanmiguel, Directora de la Corporación Matamoros, que trabaja con policias y militares heridos en combate, cuenta que Francisco es un caso excepcional. “Los procesos de aceptación toman casi un año, pero él en menos de un mes ya estaba afuera del hospital”, dice.
 
Los doctores, impresionanados con su visión positiva de la vida, lo llevaran a hablar con otros militares que también habían sufrido amputaciones, para motivarlos. Francisco recuerda especialmente al Primer Oficial Aldana, quién sólo había perdido la parte de la pierna derecha que está debajo de la rodilla y no se esforzaba en su proceso de recuperación.
 
“Lo único que yo pensaba, era en que tenía que cumplir años fuera del hospital. Quería que ese día fuera una celebración, porque había sobrevivido. Incluso mi hermana pensó en aplazar su matrimonio, y le dije que no”, cuenta Francisco. Además, un día sus dos hijos lo visitaron y eso le infundió más fuerza de voluntad.
 
Finalmente, el doctor le firmó la boleta de salida a los veinte días de haber ingresado inconsciente y con riesgo de muerte.
 
Con la silla de ruedas a miami
 
Pero el Sargento Francisco Pedraza encontró su mayor aliciente dos meses después de su salida del hospital. En la Dirección de Sanidad del Ejército se encontró con la Corporación Matamoros y se interesó en unos muchachos en silla de ruedas que practicaban atletismo paralímpico.
 
A partir de ese momento se vinculó a la liga y comenzó a entrenar. Los frutos llegaron pronto. En enero del 2006 la liga de soldados paralímpicos realizó una prueba de selección para definir quienes iban a representar a Colombia en la maratón en Miami y Francisco fue seleccionado.
 
Así viajó a Miami y allí, aunque no tenía mayores expectativas, logró una gran hazaña al salir en la portada del Miami Herald , junto a su compañero Octavio Lundaño, agitando una bandera de Colombia luego de llegar a la meta.
 
La  pasión del público, la emoción de representar a su país y la adrelanina de la competencia enamoraron a Francisco, quien desde ese día comenzó un camino en el  deporte paralímpico. 
 
Hoy es campeón nacional de hand bike –un deporte en el que los discapacitados hacen carreras llevando la silla de ruedas como una bicicleta que se impulsa pedaleando con las manos– y ganó el primer lugar en los juegos Panamericanos. Además, fue séptimo en la Copa del Mundo de España y ocupó el tercer lugar en una nueva versión de la maratón de Miami.
 
Esos éxitos lo han impulsado a conseguir otros logros. Hoy continúa motivando con la Corporación Matamoros a militares y civiles que sufren amputaciones a causa de las minas. Admás, está certificado como instructor de ingles, capacitado en Estados Unidos, y está estudiando lenguas modernas en la universidad.
 
Perdón y reconciliación
 
El Sargento Pedraza cree que en su caso hace falta más apoyo desde la sociedad civil y parte del sector empresarial, porque aunque las personas en condición de discapacitdad del Ejército han demostrado que pueden ser útiles, “la tarea es que la sociedad civil nos acepte y que las empresas nos den oportunidades”.
 
Hoy no habla de perdón, porque dice que no tiene nada que perdonar. “Nunca hubo rancor, así que no debe haber perdón. Los guerrilleros eran mis enemigos en el campo de batalla, porque teníamos que sobrevivir, pero afuera ya no pasa nada. Yo entiendo las dinámicas del conflicto”, cuenta. 
 
El se ha encontrado con desmovilizados que también han sufrido motilaciones a causa de las minas antipersona, y sabe que no los puede culpar. Por eso habla de paz, y cree que un proceso de reconciliación es la mejor manera de resaltar el trabajo que realizó en el ejército durante tantos años. “Nuestro triunfo es haber luchado para construir una Colombia en paz”. 
 
Lo que él no sabe es que ese trabajo lo ha seguido haciendo aún después de su accidente, porque ganando medallas desde una silla de ruedas y demostrando que con resistencia es posible salir adelante, trabaja todos los días para construir una Colombia mejor.