Acciones Reconciliadoras

Las mujeres de la reconciliación


Ellas son esenciales para la reconstrucción del tejido social roto por el conflicto. Sin su participación probablemente quedarían en la impunidad crímenes que solo a ellas desvelan; sin sus tejidos, sus canciones o sus relatos se perdería la memoria no solo de sus seres queridos, sino de lo que fueron sus comunidades antes de la llegada del conflicto. Este es un pequeño homenaje de Reconciliación Colombia en el Día Internacional de la Mujer.

Una mujer del Distrito de Aguablanca, en Cali, le dijo a María Teresa Arizabaleta, de la Ruta Pacífica de las Mujeres, una frase que resume la importancia de las mujeres para la reconciliación: “Los hombres se mueren o se van, nosotras nos quedamos”.

En todas las regiones del país existen mujeres que por haber sido víctimas directas del conflicto o por seguir su vocación se han convertido en impulsoras de la reconciliación.

Luchando por la restitución de las tierras que les fueron arrebatadas, por encontrar la verdad sobre la muerte de sus hijos o denunciando los delitos sexuales de los que fueron víctimas, todas ellas dan a diario muestras de su coraje y valentía y construyen, cada una a su manera, un nuevo país.

Sin ellas, sería imposible alcanzar la reconciliación.

Estas mujeres son algunas de las que Reconciliación Colombia ha conocido en sus entrevistas y encuentros en diferentes partes del país, pero son miles las que trabajan por la reconciliación en todos los rincones del país.

Teresita Gaviria
Asociación de Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria


El 5 de enero de 1998 las AUC retuvieron a Cristian Camilo, el hijo menor de Teresita, cuando viajaba entre Medellín y Bogotá. Cristian jamás regresó y su madre, llena de dolor e indignación, comenzó a trabajar por los desaparecidos. Desde 1999, todos los miércoles a medio día se toma, junto con 14 madres más, el atrio de la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, en Medellín, para reclamar la verdad. Su lucha por la transparencia la ha convertido en el puente entre los exjefes paramilitares presos y las familias de sus víctimas.

Ivonne Caicedo
Foro Interétnico de Solidaridad del Chocó (Fisch)


Hace 13 años nació el Fisch como una reacción de la Diócesis de Quibdó y las organizaciones étnico-territoriales del departamento a la agudización de la crisis humanitaria del Chocó y el Atrato medio antioqueño. Su objetivo, hacer visible la realidad de estas comunidades ante el Estado y las ONG. Desde el Foro, Ivonne coordina la creación de una agenda de paz regional construida a partir de la mirada de 360 jóvenes afro, indígenas y mestizos. 


Juana Mosquera
Asociación de Desplazados del 2 de Mayo (Adom) 


Días antes de la masacre de Bojayá, el 2 de mayo de 2002, las amenazas de los paras sacaron a Juana de Napipí. Desde ese momento su vida fue una constante fuga, pues recibía amenazas tanto de los paras como de la guerrilla. En 2011 comenzó a trabajar con Adom, pero se vinculó por completo en 2013, después de que la guerrilla le asesinó a uno de sus hijos. Ahí trabaja en reconstruir la memoria, generando espacios para que los vinculados hablen. 

María Teresa Arizabaleta
Coordinadora de la Ruta Pacífica de las Mujeres en Valle


María Teresa tenía sólo 12 años cuando comenzó a luchar contra las injusticias que viven las mujeres. Fue cuando Lucero, una niña que vivía cerca de su casa en el barrio San Antonio de Cali, fue violada por el odontólogo. La sociedad de la época aisló a la pequeña, mientras que el victimario siguió tranquilo con su profesión y su vida.  
 
“Me dolió ver cómo trataban a las de mi género”. A partir de ese momento enarboló la bandera por los derechos de las mujeres. La Casa de la Mujer dijo que era una de las feministas más influyentes del Siglo XX en Colombia y hoy, muchos años después, la gente aún recuerda que se enfrentó con valentía a la conformación del Frente Nacional.
 
Yolanda Perea
Corporación Afrocolombiana el Puerto de Mi Tierra


Fue violada por un guerrillero cuando tenía 11 años. Su madre, que encaró al comandante del frente, fue asesinada y Yolanda y su familia tuvieron que irse de Riosucio (Chocó). Después de rodar por varios pueblos de la zona, donde la seguían persiguiendo, llegó a Medellín (Antioquia), donde creó la Corporación Afrocolombiana el Puerto de Mi Tierra, con la que ayuda a mujeres de la región. Hoy tiene dos hijos  y es representante del departamento en la Mesa Nacional de Víctimas. Aunque su trabajo le ha valido amenazas de muerte –la más reciente en enero de este año–, demuestra que en la vida hay revancha.

Hermana Alba Stella Barreto
Fundación Paz y Bien

Después de desempeñarse durante años como profesora de español en colegios religiosos, la hermana Alba Stella sintió que su verdadero lugar en el mundo no estaba en las cuatro paredes de un salón de clase, sino en la calle, el campo y las comunidades.

Fue subsecretaria de bienestar social en Bogotá y trabajó con comunidades indígenas en Silvia, Cauca, antes de trasladarse al distrito de Aguablanca en Cali, Valle por petición de monseñor Pedro Rubiano.

La hermana Alba Stella recuerda que lo primero que hizo fue aprender a vivir en las condiciones que encontró en estas zonas periféricas: vivió entre el barro, durmió en cambuches y anduvo entre trochas.

En este lugar ha permanecido los últimos 27 años de su vida.