Acciones Reconciliadoras

Reconciliación no puede ser impuesta como una cartilla

Jaime Jaramillo Panesso ha trabajado durante toda su vida en temas de paz y tiene una posición muy crítica sobre temas como la memoria, la reparación y la reconciliación. Reconciliación Colombia habló con él acerca de su paso por la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), la primera entidad gubernamental que habló de reconciliación en Colombia.

Si un hombre en Antioquia ha trabajado en temas de derechos humanos y de paz es Jaime Jaramillo Panesso. No sólo hizo parte de la Comisión de Paz de Antioquia –donde tuvo que hablar con grupos guerrilleros y de delincuencia común organizada–, sino que fue uno de los fundadores de varias de las organizaciones no gubernamentales que hoy siguen vivas en el departamento (como Conciudadanía y  la Escuela Nacional Sindical).

Además, hizo parte de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), entidad creada en el año 2005, junto con la Ley de Justicia y Paz, para trabajar por la reparación a las víctimas, que terminó en 2010. Hoy pertenece al Centro Democrático y es uno de los defensores más reconocidos en Antioquia de las tesis del expresidente Álvaro Uribe Vélez. 

Jaramillo Panesso critica a quienes –dice- pretenden ‘apoderarse’ de la bandera de la reconciliación. Para él, esa no es una tarea de toda la sociedad, sino que sólo corresponde a las víctimas y a los victimarios, quizá con el apoyo de algunos líderes. Este proyecto habló con él, en su casa en Medellín:
 
Usted fue comisionado de la CNRR, entidad que trabajo por la reconciliación en Colombia, ¿qué le dejó esa comisión al país?

La comisión fue fruto de la Ley 975, de Justicia y Paz, que fue la primera de justicia transicional en Colombia. Eso nos permitió sacar a las víctimas del closet porque vivían escondidas y con temor y miedo.  Además, fueron apareciendo los instrumentos legales para trabajar por ellas.

Por otro lado, descubrimos la diversidad en cuanto a los objetivos de las víctimas: algunas buscaban dinero, otras volver a sus tierras, otras encontrar los cadáveres de sus seres queridos.  Eso nos hizo ver que el conflicto colombiano era mucho más grave y doloroso de lo que aparentemente creíamos.

¿Y en términos de reconciliación?

La comisión encontró que las autodefensas, que ya se habían desmovilizado, empezaron a hablar de reconciliación. De hecho, algunos comandantes y sus bases comenzaron a buscar a las víctimas y se hicieron actos en las cárceles. Pero algunas personas plantearon que debía primar la reparación.

Entonces comenzó a aplicarse la reparación de carácter económico, simbólico y jurídico. Eso creó tensiones muy serias porque la reparación se convirtió progresivamente en un instrumento economista, que no permitía la reconciliación. Hasta ahí llegó el tema.

De lo que aprendieron, ¿Qué debería tener en cuenta el país?

Que en esa época no se tuvo en cuenta, de manera diferencial, a los mandos medios de los grupos desmovilizados. Eso hay que revisarlo porque ellos tienen una alta capacidad de continuidad delincuencial. Conocen los secretos, las bases, los caminos y las trochas.

En materia de víctimas hay que tener cuidado con el oportunismo. Me explico mejor: ser víctima no puede volverse una profesión que nunca es superada. Ellas deben llegar a convertirse, con el paso del tiempo, en ciudadanos común y corriente, que ya no vivan de los subsidios.

Mirándolo en perspectiva, ¿cuáles fueron los mayores éxitos y fracasos del CNRR?

Éxitos: ser los primeros en acompañar a las víctimas en sus diversas reclamaciones y estar cerca del aparato de Justicia y Paz de la Fiscalía.  El mayor desacierto es que nosotros no llegamos a la reconciliación, sobretodo porque sólo se habían desmovilizado las autodefensas, y aún había guerrilla y grupos delincuenciales actuando. No se puede hacer reconciliación parcial.

En ese caso, ¿cómo entiende usted la reconciliación?

Significa que una persona a la que hicieron daño pueda convivir en un mismo sitio, localizado y concreto (como esos lugares donde hubo masacres o desplazamientos), con la persona que le hizo daño. Debe estar basado, en lo posible, por el perdón, que es algo muy subjetivo y depende de la convicción íntima de una persona. Para que haya perdón debe haber arrepentimiento del victimario y ganas de perdonar de la víctima.

Además, yo creo que el perdón y la reconciliación son tareas exclusivas de las comunidades localizadas, donde hay víctimas y victimarios, hechas con el amparo probable de las iglesias.

¿Y cuál debe ser el papel del Estado?

En un país en conflicto tiene que haber un momento en la historia en el que todas las instituciones que son representativas del Estado hagan un pacto de reconciliación para borrar y partir de cero. Los españoles lo hicieron bien, y dijeron “no se habla más del tema”.

Pero entonces, ¿dónde queda la memoria histórica en los procesos de reconciliación?

Cuando se exalta la memoria como un instrumento de guardar y reservar odios esto se convierte en un instrumento de violencia. Mire en Yugoslavia: la segunda guerra mundial dejó actos culturales que le impiden a la gente reconciliarse y mantienen en vilo las rencillas. La memoria debe ser un instrumento para historiadores y jueces, no es un valor cultural que conduzca a la reconciliación.

Además, la utilidad de esa “memoria”, sinceramente, es sólo para quienes viven de las víctimas.

¿Usted cómo cree que vamos en Colombia en términos de reconciliación?

Sencillamente, no vamos. Entre otras cosas, le cuento que en muchas partes no se necesita hablar del tema porque los antiguos enemigos ya no existen. Hay comunidades en paz, sin haber tenido que trabajar la reconciliación.

La reconciliación no puede ser impuesta como una cartilla o como una bandera. No puede ser parte de la homilía para todos los fieles, eso es sólo para quienes tuvieron problemas. ¿Entre usted y yo qué reconciliación puede haber si estamos viviendo naturalmente en democracia?

Pero ¿cuál debe ser, entonces, el papel de la sociedad en general en la reconciliación del país?

El papel sólo lo deben tener los líderes religiosos, políticos y sociales. A la gente del común déjela quieta. No hay nada que exacerbar, la gente ya vive reconciliada en su estado natural. Los líderes deben promover la reconciliación sólo entre quienes son víctimas y quienes son víctimarios.