Acciones Reconciliadoras

La reintegración a la manera de los indígenas nasa

En el norte del Cauca los indígenas nasa atienden a cerca de 40 jóvenes excombatientes de grupos armados y víctimas del conflicto para que vuelvan con sus familias y ayuden a las autoridades de los cabildos.

Por José Navia
Publicado en la segunda edición de la revista Reconciliación Colombia.
Fotos: León Darió Peláez


Manuel* logró llegar a la casa a eso de las siete. Su hermana, que a esa hora soplaba los tizones de la hornilla para preparar el desayuno, lo vio entrar jadeante. Traía los brazos y la cara rasguñados por las ramas y chamizas.

“Venía pálido y asustado”, recuerda su hermana. Como era día de mercado, su mamá se había ido al pueblo en la ‘chiva’ de las cinco de la mañana.

“Yo me les vine. Me les volé”, le dijo Manuel a su hermana. Y le contó que le tocó romper monte para evitar los caminos por los que a veces transitaba la guerrilla o los milicianos.

Si estos lo veían, con seguridad lo iban a capturar o a reportar con los jefes de la columna de la que acababa de desertar. Días antes, cuando supo que lo iban a mandar a patrullar cerca de la vereda donde vivía su familia, comenzó a planear la fuga.


Se voló antes de las cuatro de la mañana. El centinela, que también era indígena y, al igual que Manuel, estaba aburrido en la guerrilla, solo le pidió que no se llevara el fusil.

“Lo dejé recostado contra un palo y allí mismo puse la munición”, recuerda ahora, casi tres años después, mientras mira a su mujer amamantar a su hijo de 3 meses de nacido.

Manuel está de pie en el patio de la casa. Es un indígena de rostro pétreo. De unos 20 años. Estatura regular. Musculoso. Habla poco y baja la mirada cuando lo hace. Lleva un gorro de lana hasta las orejas, jean y camiseta blanca de la selección Colombia, que minutos después se cambia por una oscura y raída para echarse un racimo de plátanos al hombro.

La casa paterna de Manuel está ubicada a orillas de un voladero, en medio de las montañas del norte del Cauca. Desde allí se ven los techos de teja y zinc dispersos en las faldas de la cordillera, y una hondonada que desciende hasta una quebrada cristalina. En el horizonte solo se ven picos azulosos.

La mamá de Manuel regresó ese día en la ‘chiva’ de las cuatro de la tarde. Encontró al muchacho encerrado en una pieza. Estaba asustado porque ya les habían avisado que la guerrilla lo andaba buscando.

“Toca entregarlo al Cabildo. Si se queda aquí se lo lleva la guerrilla… Usted cometió un error, toca que vaya donde el Cabildo”, recuerda que le dijo la mujer. Se refería al organismo que gobierna en el resguardo y que está conformado por un gobernador, un capitán y varios alguaciles, entre otros. Todos ellos son elegidos por una asamblea general, a la cual le deben obediencia.

La mujer corrió a buscar al gobernador del resguardo. Una hora después, el muchacho estaba bajo la responsabilidad y protección del Cabildo. En esas circunstancias, a la guerrilla le quedaba muy difícil llevárselo. De hacerlo, esa acción constituiría un irrespeto a la máxima instancia de gobierno del resguardo y una afrenta a la autonomía territorial, que los indígenas defienden, incluso, a riesgo de su vida.
 
La palabra del tewala

“Cuando vinieron los del Cabildo les tocó sacarlo por allá abajo, por esa hondonada, no ve que ya la guerrilla andaba por la parte de arriba buscándolo porque decían que había desertado”, dice la mamá.

Desde ese momento, Manuel comenzó un proceso para reintegrarse a la comunidad. Los indígenas llaman a ese programa ‘Regreso a casa’ y es apoyado por diferentes entidades del Estado.

“Cuando un muchacho se escapa de uno de esos grupos y nos dice que quiere volver a ser parte de su resguardo primero hay que llevarlo al tewala (chaman). Y él nos dice sí el muchacho en realidad tiene voluntad para cumplir con el Cabildo o se va a devolver pa’l monte o les va a llevar información”, dice un líder nasa de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (Acin). Cxab Wala Kiwe, en idioma nasayuwe.

Ni este dirigente, ni los otros indígenas que participan en el programa con jóvenes desvinculados de la guerrilla quieren que se mencione su nombre. Temen represalias de los grupos armados. “Ellos (los guerrilleros) podrían pensar que se trata de un proyecto contrainsurgente y lo único que queremos es que nuestros niños y jóvenes que se han ido a empuñar las armas, así sea en el Ejército o la guerrilla, regresen a la comunidad”, dice.


De hecho, mientras se realizaba la reportería para esta crónica, a finales de febrero, fueron heridos en un atentado dos guardias indígenas y un líder de la Acin que viajaban entre Jambaló y Santander de Quilichao. Su camioneta fue atacada a balazos por desconocidos cuando una decena de guardias regresaba de cumplir con una labor humanitaria en una vereda de Jambaló.

A pesar de estos hechos y de que la guerrilla actúa en su territorio desde hace más de 30 años, los indígenas nasa del norte del Cauca insisten en lo que ellos denominan “caminar la palabra”, que consiste en buscar una solución dialogada a los conflictos que los afectan.

La primera cita de Manuel y de su familia con el tewala se cumplió de noche, en medio de las montañas. Durante varias horas, el chaman hizo un ritual con hojas de coca y con otras hierbas secretas, sopló a los asistentes con aguardiente y rezó para alejar los malos espíritus. Al final determinó que el muchacho se merecía una oportunidad.

Cuando los tewalas tienen dudas sobre las intenciones de las personas que llegan ante ellos, realizan una prueba llamada el ‘pulseo’. Este consiste en tantear los impulsos de la sangre en algunas arterías a medida que van haciendo preguntas al examinado. De esa forma, los tewalas determinan si la persona dice la verdad. Los chamanes nasa se entrenan durante años en esta técnica, que equivale a la prueba del polígrafo.

Pocos días después de que el tewala dio su consentimiento, Manuel viajó en secreto a otro caserío indígena. En ese lugar, la Acin desarrolla un programa con unos 40 niños y jóvenes que han logrado salir de los grupos armados ilegales o que han sido víctimas del conflicto. Lo llaman Escuela de Pensamiento. Se reúnen los fines de semana, cada dos meses, y el objetivo principal es retomar los usos y costumbres de sus ancestros. El resto del tiempo los excombatientes permanecen con su familia o con el cabildo.
 
Retomar el pensamiento nasa

Aunque la justicia de los nasa castiga, incluso con cárcel, a quienes violan sus leyes, en la mayor parte de los casos los tribunales de justicia indígena prefieren aplicar lo que ellos llaman un ‘remedio’.

Se denomina ‘remedio’ porque los nasa piensan que si una persona viola las normas de la comunidad se debe a que “se le aposentó una mala energía que lo hace actuar de manera incoherente con el resto del pueblo nasa”, explica un dirigente de la Acin que trabaja con jóvenes desvinculados de los grupos armados. Por lo tanto –agrega–, esa persona necesita de un trabajo espiritual para alejar las malas energías y para que logre de nuevo la armonía con la tierra y con quienes habitan en ella.

“Hay que hacer dos tipos de remedios con los muchachos que vienen de la guerra –agrega el dirigente–. Hay que proteger el cuerpo y la mente. El cuerpo se protege dándole seguridad para que no le pase nada y con el remedio que les hace el tewala. Pero la parte más difícil es el trabajo en la mente del muchacho”.
Mientras habla, el líder indígena juguetea con el bastón de mando que lo identifica como una de las autoridades tradicionales del pueblo nasa. El hombre explica que para sanar la parte mental es necesario que el muchacho retome su pensamiento indígena.

“Ellos tienen que volver a entender que la propiedad del territorio es colectiva y que aquí hay una identidad cultural basada en un gobierno y en una justicia propias y que las cosas funcionan mediante acuerdos y bajo la orientación de la asamblea general”, agrega.

Manuel asistió durante dos años a la Escuela de pensamiento. Mientras tanto, su mamá se encargó de que el tewala visitara cada dos meses su rancho para hacer los rituales y así mantener lejos del muchacho a los espíritus que lo impulsaron a irse con la guerrilla.

Por cada visita, la mamá de Manuel le pagaba al tewala con un sancocho hecho con una gallina entera. “Él se comía lo que alcanzaba y el resto se lo llevaba en una jigra (mochila) para la familia, pero él no recibía plata, porque decía que entonces el trabajo quedaba mal hecho”, cuenta la mujer.

Cuando Manuel se fue para la guerrilla apenas había cumplido los 16 años. “Él era muy rebelde. Decía que si lo obligábamos a estudiar se iba pa’l monte, y una vez que el papá le pegó porque no quería ir a las clases, se fue de la casa. Lo buscamos por todas partes y no apareció, y a los poquitos días vinieron a contarme que lo habían visto por allá por Ollucos”, dice la mamá de Manuel.

Cultivos y fútbol

Al igual que Manuel, muchos menores de edad se van para la guerrilla por huir del maltrato en el hogar, porque pelean con la novia o con el novio, o porque no saben claramente qué quieren hacer en la vida.

A veces –explica el dirigente indígena de la Acin– se van de 10 o de 12 años. A esa edad, un niño indígena ya sabe cultivar fríjol, café o maíz, es capaz de bolear machete o azadón todo el día o de caminar varias horas con un morral a la espalda.

“Cuando se dan cuenta que la cosa no es como pensaban y se arrepienten de haberse ido, comienzan a mandarle razones y papelitos a la familia para que los ayude a salir de allá. Y eso no es tan fácil. Si se vuelan, la guerrilla los persigue porque cree que los va a delatar”, dice.

Eso le ocurrió a Manuel. Durante varios meses le mandaron a decir que era mejor que regresara a las filas de los rebeldes. Una tarde, incluso, amenazaron a la mamá cuando venía del pueblo. “Un domingo me cogieron en el camino unos milicianos. Yo los conocía porque eran de aquí de la vereda. Me dijeron que era mejor que les entregara por las buenas al muchacho… ¿Y yo por qué se los voy a entregar?, les dije. Si cuando yo estaba en dieta ustedes no me tiraron ni una libra de sal… si quieren, mátenme que si me tengo que morir por un hijo… pues me muero”. La mujer habla en forma un tanto atropellada. Es bajita, menuda y de rostro ennegrecido por los rayos del sol. Luce acalorada. Cuenta que meses después los milicianos le pidieron perdón y no la volvieron a molestar.

Sin embargo, desde el monte le siguen llegando mensajes a Manuel para que retome el fusil. Pero el muchacho ya tiene sus responsabilidades. Ha sido alguacil de su vereda. Un exgobernador de su resguardo afirma que Manuel se ha ganado de nuevo la confianza de la comunidad y que, incluso, perteneció durante más de un año a la guardia indígena (el organismo encargado de velar por la seguridad y tranquilidad del territorio).

Además, Manuel acaba de ser papá. Vive en unión libre con una joven indígena. Sus vecinos dicen que el muchacho solo sale a trabajar a un cultivo de plátano y café y a jugar fútbol con los demás jóvenes de la vereda. Entre ellos hay otros combatientes arrepentidos.

*Nombre cambiado por seguridad de la persona.