Jóvenes de Soacha y Nariño comparten experiencias de reconciliación

Aunque no se conocen, a Argemiro Moreana, indígena de la comunidad Awá de Nariño, y Carolina Pinzón, habitante del municipio de Soacha, sur de Bogotá, los une su trabajo como jóvenes líderes y promotores de la reconciliación.

Foto: Unicef

Argemiro vino a las inmediaciones de Bogotá y conoció a Carolina gracias a un encuentro promovido por la Unicef en el barrio Altos de la Florida, en la comuna seis de Soacha, vecino municipio de la ciudad. Se trata de una invasión urbana habitada en su mayoría por personas que han huido de la violencia. Allí vive Carolina desde que nació y allí trabaja como terapeuta lúdica con niños de 3 a 17 años que han sido víctimas del conflicto armado, el desplazamiento forzado y la violencia intrafamiliar.

Carolina le cuenta a Argemiro que en su barrio tienen muchos problemas por la falta de acueducto y alcantarillado, por la vulnerabilidad de las casas construidas en lata y madera, por las vías en mal estado,  y, sobre todo, por la falta de oportunidades para los jóvenes que, en cambio, se refugian en la droga y en las pandillas. Carolina le explica a Argemiro que los jóvenes son vulnerables porque no tienen afecto de los padres y porque las mamás trabajan mucho y no les prestan atención a los niños.

Pero Carolina no solo se queja frente a Argemiro, también le cuenta que su objetivo como lideresa es crear un espacio de cariño en donde los niños se sientan en confianza y olviden su timidez y sus problemas. También quiere mostrarles a la sociedad y a la gente del barrio que los jóvenes como ella no son el futuro, sino el presente, y son capaces de asumir grandes retos.

Argemiro escucha atentamente y cuando le toca el turno de hablar le cuenta a Carolina que actualmente en el pueblo Awá se está viendo mucha contaminación ambiental porque hay personas que rompen el oleoducto para robar petróleo y utilizarlo en la transformación de la coca. El crudo se derrama sobre los ríos y sobre las quebradas que pasan por algunas de las comunidades, lo cual les impide beber de esa agua.

Argemiro le cuenta a Carolina que otro problema es el reclutamiento de  jóvenes por parte de los actores armados y que ellos desde la comunidad indígena tratan de evitarlo. Argemiro viaja por los diferentes resguardos para concientizar a los suyos de que no se vayan a la guerra, pero la falta de recursos y de apoyo estatales se vuelven obstáculos.

Según Argemiro, los indígenas como él no tienen suficientes oportunidades de estudio profesional. Le cuenta a Carolina que en su pueblo hay varios bachilleres que no tienen posibilidad de salir a estudiar a una universidad o instituto, y por eso hay conflictos y se van por otros caminos. Por eso quiere que haya más espacio para ellos, porque cree que un indígena bien educado y con buena ética se preocupará por cuidar a su pueblo y a la naturaleza.

Antes de la despedida, Carolina y Argemiro reconocen que el encuentro ha sido valioso.  Ambos han podido conocer las problemáticas de lugares muy alejados de sus hogares. También se han contagiado mutuamente de la energía y el entusiasmo que se necesita para hacerle frente a la adversidad. Tal vez nunca más se van a volver a encontrar. Cada uno va a seguir dedicado a aportar desde sus posibilidades para que el día de mañana no sea necesario ser terapeutas de niños afectados por el conflicto.