El barrio de Cali a donde los desplazados llegan buscando paz

La ciudadela Llano Verde es el suburbio principal de Cali donde han sido reubicadas las familias víctimas del conflicto. A pesar del dolor por la pérdida, sus habitantes han constituido sistema de convivencia del que se sienten orgullosos. 

Foto: Federico Ríos

Entre el conflicto armado y el crimen organizado, Cali ha tenido picos de violencia que la han erigido como la ciudad más peligrosa del mundo. En 2002 su tasa de homicidios fue más alta que la de ciudades como Bagdad o Kabul que estaban en plena guerra.


Ha sido receptora, además, de la gran mayoría de desplazados del propio departamento del Valle y de Cauca, Nariño, Putumayo, Tolima y Chocó. De los 2,4 millones de habitantes que tiene en la actualidad, al menos una cuarta parte se compone de personas de otras regiones que en los últimos 30 años han sido obligadas a dejar sus tierras por culpa de la violencia o por la mala situación económica.

El ‘Plan de acción territorial 2012-2015 para la atención a las víctimas del conflicto armado’ del municipio de Cali dice que buena parte de la población desplazada se ha asentado en lugares donde la presencia del Estado es “insuficiente” y las “dinámicas de criminalidad urbana (bandas delincuenciales, microtráfico, extorsiones, disputas territoriales) ahondan la situación de riesgo y vulnerabilidad de estas comunidades”. Son, al mismo tiempo, los barrios con “mayores índices de mortalidad materna, mortalidad infantil, casos de violencia intrafamiliar y abuso sexual, embarazo de adolescentes, homicidios en menores de 18 años, presencia de pandillas y deserción escolar”.

Para las alcaldías de turno, uno de los grandes retos es evitar que quienes ya han sido víctimas del conflicto armado vuelvan a ser objeto de hechos victimizantes; para el caso de Cali, por ejemplo, que una familia de desplazados deba huir de su barrio por causa de la violencia, es decir, que sea víctima de un nuevo desplazamiento pero esta vez intraurbano. A esto se le llama revictimización.

En la ciudadela Llano Verde este es el asunto más preocupante. Edificada en los últimos dos años y ubicada en el extremo suroriental de la ciudad –su última cuadra es la última de Cali–, habitan este suburbio unas 1.700 familias de las cuales el 80 por ciento han sido víctimas del conflicto armado y proceden de diferentes regiones del país. El resto son familias víctimas de las inundaciones y deslizamientos como resultado de las olas invernales.

Las familias residentes no llevan más de 12 meses allí. Con dos plantas, cada casa tiene 30 metros cuadrados y están alineadas en cuadrículas simétricas. Cada calle tiene sus señas particulares: la de los graneros, la de la panadería, la de los bares, el parque del amor, el parque principal. En una esquina, bajo la sombra de un samán, ocurren algunas reuniones comunitarias. Los niños juegan en las zonas verdes y en las calles. La música popular ocupa los rincones. Las puertas permanecen abiertas: en una casa, una anciana saluda a los transeúntes mientras teje sentada en una mecedora; dos puertas más allá, unos afros echan chistes en una peluquería; en la cuadra contigua, una madre cabeza de hogar enciende una parrilla de arepas, chorizos, plátanos y empanadas frente a la entrada de su casa.

“Llano Verde es un caso de reubicación de víctimas del conflicto armado que hasta el momento va bien”, dice Claudia Andrea Orozco, funcionaria de la Unidad de Víctimas del Valle del Cauca. “Pero no lo podemos descuidar: tiene muchos riesgos a su alrededor”. A mediados de febrero, la Policía allanó una casa de la ciudadela que ocultaba un pequeño arsenal de armas cortas para alquiler y venta. Y los vecinos se quejan de que en las cuadras que siguen en obra gris hay quienes venden y consumen estupefacientes. 

Doña Elvia Mercado llegó a Cali con sus hijos menores de 10 años a principios de los años noventa, desplazada de Planeta Rica, Córdoba, luego del asesinato de su marido. Aprendió confección, vivió en alquiler en varios sectores de la ciudad hasta que hace unos meses recibió su casa propia en Llano Verde. Allí convive con su hija mayor, Yesenia, y con el esposo, Juan Pablo, dueños de una pequeña panadería. Juan Pablo también fue desplazado de su tierra, en el municipio de Dagua, Valle del Cauca.

Dicen que viven tranquilos y optimistas, que la vida en la ciudadela es amable y segura. “Algunas normas de convivencia son muy estrictas –añade Juan Pablo–; yo he querido poner un parasol afuera de la casa para ampliar la panadería, pero nos da miedo de que por eso venga el gobierno y nos quite la casa”. De resto, dice, Llano Verde es un buen lugar para vivir.

A cuatro calles, en una casa frente al parque principal, vive Amilbia Quintero con su esposo y dos de sus hijos. Provenientes de El Tambo, Cauca, salieron de su finca en 2006 por el miedo que les despertaban los enfrentamientos armados entre el Ejército y la guerrilla. “Cuando escuchaba una balacera y los niños estaban en el colegio –recuerda Amilbia– yo no sabía qué hacer: si salir corriendo por ellos y exponerme a las balas o quedarme en la casa y rezar para que no les pasara nada”.

Antes de haber llegado a Llano Verde, Amilbia y su familia vivían en arriendo en barrios cercanos. Una vez instalados en la ciudadela, ella continuó con el papel de líder que tenía en el pueblo. “Ese ha sido mi interés –dice–: ayudarle a la gente”. Junto con algunos vecinos creó la fundación ‘Nuevo plan de vida’ y desde eso se ha convertido en una de las personas más queridas y solicitadas de la ciudadela. “A veces yo tengo que salir a hacer diligencias en el centro de Cali –explica Amilbia–. Y cuando regreso hay varias personas esperándome afuera de la casa para que los oriente sobre cómo resolver sus problemas”.

Desde redactar derechos de petición hasta dar las instrucciones para que hagan una reclamación, Amilbia ayuda a la gente. Y dice que muchas veces no se necesita dinero, solo voluntad y conocimiento. “Por eso es que me he capacitado mucho –señala–. Porque lo que yo aprendo es lo que puedo transmitirles a las demás personas”. Sobre la convivencia en Llano Verde, ella dice que es buena, que la gente comparte con amistad, que hay seguridad y respeto, salvo cuando los vecinos ponen la música a muy alto volumen y a ella y su familia les toca salir a caminar un rato para no soportar el escándalo. “Al gobierno solo le pediría que engrosara las paredes comunes de estas casas –dice Amilbia–; porque acá se escucha todo lo que pasa en las casas vecinas. El único problema que le veo a la ciudadela es ese: que se ha perdido la intimidad familiar”.

Rosa Gaviria, de 38 años, llegó a Cali desplazada de Granada, Antioquia, junto con sus tres hijos y su madre. Una vez situada en Llano Verde, se inscribió en una de las listas para las elecciones de la junta de acción comunal. Salió elegida, y aunque todavía faltan varias semanas para empezar labores, Rosa tiene muy claros los temas prioritarios: “Construir un puesto de salud, porque si uno se enferma le toca ir muy lejos para que lo vea un médico; un colegio porque esta ciudadela está llena de niños y un CAI de la Policía, porque acá los patrulleros vienen, dan una ronda, se van y el barrio vuelve y queda solo”. Explica que la Alcaldía tiene el dinero para construir estas obras, pero no el terreno. “Sobre eso nos tocará hablar con la constructora –dice Rosa–; tenemos que encontrar la solución”.

Desde la desmovilización paramilitar entre 2004 y 2006, Cali ha sido escenario de cualquier cantidad de guerras entre bandas y facciones criminales. Los Urabeños y los Rastrojos libran la más reciente, la que en este momento tiene casi militarizados algunos sectores del oriente de la ciudad. Y lo malo es que sus acciones parecen acercarse a Llano Verde. Para Dorian Barandica, profesional en retornos y reubicaciones individuales de la Unidad de Víctimas del Valle del Cauca, Llano Verde es un buen ejemplo de que después de la violencia y el dolor del conflicto armado, el ser humano es capaz de vivir en paz comunitaria, de asumir su papel de buen ciudadano. “Sin embargo, si bajamos la guardia, si el Estado no hace lo que debe hacer –concluye–, Llano Verde puede convertirse en un barrio crítico de la ciudad. Del Estado y de la sociedad en general depende que no sea así”.