El perdón en El Arenillo

Luego de años de haber soportado crímenes atroces y de perder la autonomía como comunidad, la población de esta vereda ha aprendido a perdonar.

Por Juan Miguel Álvarez.
Publicado en la segunda edición de la revista Reconciliación Colombia
Foto: Federico Ríos.


Desde el filo más alto de la vereda El Arenillo se ve, pletórico, el valle del río Cauca y buena parte del municipio de Palmira. Habitada por unos 5.000 campesinos, esta vereda se yergue en el piedemonte de la cordillera Central, sobre un bosque tupido y rocoso. Un kilómetro abajo, en el casco urbano del corregimiento de La Buitrera, muchas de las casas de veraneo tienen piscinas y cuatrimotos.
 
Justo en un borde de la trocha, a pocos metros de coronar la cima de la primera cadena montañosa, existe una edificación de ladrillo y terminaciones en madera con un dejo de cabaña suiza, conocida entre los campesinos como ‘el chalé de la muerte’. Las paredes internas permanecen rayadas con nombres, frases y corazones flechados. Abandonada hace más de una década, sin puertas ni ventanas, esta cabaña fue refugio paramilitar entre 1999 y 2004. En el primer piso, el muro de lo que asemeja una cocina anuncia todavía en trazos gruesos de carboncillo ‘Bloque Calima Mobil 33’ (sic).
 
La llegada de los paramilitares a esta vereda ocurrió pocos meses después del secuestro masivo –285 personas– de la iglesia La María en un suburbio de clase alta situado al sur de Cali a manos de la guerrilla del ELN. Procedentes en su mayoría de la costa Atlántica colombiana, los paramilitares se desplegaron a lo largo y ancho del Valle del Cauca, distribuidos en seis frentes. El que se instaló en El Arenillo se hizo llamar Frente La Buitrera. “Se presentaron como los ‘verdaderos mochacabezas’ –recuerda Manuel Esteban Güefia, lugareño–, que venían a hacer el trabajo que no podía hacer el Ejército”.
 
En los primeros días su estrategia siguió el derrotero típico paramilitar: mataron con sevicia a varios campesinos, obligaron a la comunidad asistir a reuniones, cavaron trincheras y torturaron a cuanta persona era señalada de guerrillera. En el ‘chalé de la muerte’ amontonaban a los torturados para luego matarlos, desmembrarlos y enterrarlos en fosas comunes alrededor de la edificación.
 
Sin embargo, en vez de haber ejercido la violencia contra toda la población de El Arenillo y lograr su desplazamiento, este frente tuvo como estrategia involucrarse con la comunidad. “A ellos no les servía matarnos ni desplazarnos –explica Güefia–, nos necesitaban, necesitaban lo que la comunidad podía darles. Y lo que podían usurparles. A mi casa llegaban y pedían permiso para seguir y sentarse. Pero pedir permiso era pura mentira: ¿con un fusil al hombro quién les negaba algo?”

Para finales de 2000, el frente La Buitrera completó un centenar de hombres que se movían desde la parte más alta de la montaña en el páramo hasta la entrada al valle. Irrumpían en las casas de los campesinos como si fueran los dueños, se apoltronaban en los muebles, pedían comida, agua, disponían de los baños, incluso de las habitaciones. “Una mañana me desperté temprano para ir a trabajar –recuerda una mujer de la vereda– y en el piso de la sala tres paramilitares estaban durmiendo y obstruían mi camino a la cocina. Se habían metido de noche sin que nos diéramos cuenta”.
 
Ya en su condición de amos y señores de El Arenillo, los comandantes paramilitares pretendieron a las mujeres. En ocasiones no requerían la violencia: algunas, seducidas por el poder que veían en ellos, optaban por aceptarlos como novios. “Pero al final la pasaban mal –explica Consuelo, campesina de la vereda– porque ellos no eran hombres de una sola mujer”. Otras accedían irse a la cama con alguno de alto rango para asegurarse de no ser violadas por varios. Unas más sostenían relaciones sexuales durante meses con el mismo paramilitar para proteger a sus hijos del reclutamiento y a sus maridos del asesinato. Las que resistían, primero, eran tentadas con dinero; si seguían resistiendo, las amenazaban de muerte. “‘¡Máteme, entonces!’, le dije al comandante 33, ‘porque yo no me voy a acostar con usted’ –recuerda Consuelo–. Con el tiempo ellos entendieron que conmigo no iban a poder y dejaron de acosarme”.
 
Varias mujeres de la vereda quedaron embarazadas. “Ese hijo no es mío”, le respondió un paramilitar a quien era su pareja. “Para qué no se cuidó”. Otros decían: “¿Usted cómo demuestra que ese hijo es mío?”. En la actualidad, estos niños tienen entre 12 y 10 años y durante algún tiempo personas de otras veredas de Palmira vecinas de El Arenillo llamaban burlonamente a estos niños los ‘paraquitos’.
 
“La gente puede pensar que esos niños son la huella de la violencia paramilitar en esta vereda –explica Manuel Esteban Güefia–. Pero nosotros no los vemos así. Son hijos de la comunidad y los queremos mucho”. “Los niños no tienen la culpa –añade Consuelo–. Y no les hemos hablado de quiénes fueron sus padres. Una sola vez supe que una mamá le contó a la hija de dónde había venido su papá, pero no le dijo qué hizo. Esos niños son muy nobles”.

Por la forma y las acciones de este frente en El Arenillo, el Estado lo calificó como una “fuerza de ocupación”. Los análisis posteriores a la desmovilización paramilitar elaborados por las oficinas del gobierno concluyeron que, entre las numerosas violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad, lo más grave para la población fue la pérdida de la autonomía individual y colectiva, la desposesión de sus roles como miembros de una comunidad y de sus roles familiares.
 
Han transcurrido casi nueve años desde que este actor armado salió de El Arenillo. El chalé sigue siendo el lugar que recuerda la barbarie y los hoyos a su alrededor aún se revelan como fosas comunes. Pero muchos de los campesinos víctimas dicen hoy que han perdonado: “Mi hijo fue desaparecido y luego encontrado muerto. Fue un golpe muy triste y duro para la familia; pero gracias a Dios nos recuperamos del dolor, tenemos tranquilidad y perdonamos a los asesinos”. “Los paramilitares eran unos muchachos que estaban en una guerra en la que no debían estar, una guerra que nunca debimos hacer. Eran colombianos como nosotros pero les tocó crecer en otras condiciones”.
 
Manuel Esteban Güefia guarda una foto impresa de un puñado de estos paramilitares. Los reconoce y recuerda el apodo de cada quien. Acepta de que luego de un tiempo, cuando dejaba de ver por varios días a alguno de estos paramilitares, se preguntaba preocupado si todavía seguiría vivo, si volvería a la vereda. “Yo creo que en alguna medida –dice– todos acá sufrimos de lo que llaman el síndrome de Estocolmo. Una vez uno de ellos me pidió que lo dejara recostarse en la cama. Se lo permití. Apenas se subió y recostó todo su cuerpo me dijo: ‘Hace cuatro años que no me acostaba en una cama’. Eso me mostró que ellos también eran seres humanos”.