Con un manual de convivencia, La Balsa se resistió a las Farc

Conservar la autodeterminación de las comunidades en zonas de conflicto es una lucha constante entre las palabras y las armas. Con un manual de convivencia, los campesinos de La Balsa inclinaron la balanza a favor de las palabras.

Por Juan Miguel Álvarez
Publicado en la segunda edición de la revista Reconciliación Colombia
Foto: Luis Ángel Murcia, Revista Semana.

 
Al sur del departamento de Nariño, en la región del alto río Mira, queda La Balsa. Vereda del municipio de Tumaco habitada por 309 campesinos afrodescendientes. Para llegar allá hay que sumar hora y media por vía pavimentada, 20 minutos en canoa y otra hora larga por una trocha que si está seca puede recorrerse en moto, pero si está empantanada solo sirve el lomo de bestia.
 
Herederos de estas tierras por más de un siglo, los campesinos de La Balsa se han dedicado al cultivo de leguminosas y tubérculos, así como a la pesca y a la extracción de madera. Desde finales de los ochenta y durante toda la década del noventa esta región fue refugio y lugar de operaciones de la guerrilla del ELN. “Siempre habíamos estado con ellos en la misma región –explica Genaro García, líder comunitario de La Balsa–. Pero el ELN no se sentía porque no se metía con la gente. La situación cambió cuando aparecieron las Farc, en febrero de 2000”.
 
Con los fusiles y los operativos de acaparamiento territorial, las Farc trataron de implementar normas de conducta, fijar horarios, limitar las reuniones comunitarias y hasta imponer un tipo de justicia criminal. “Llegaron diciendo –explica Genaro– que las fiestas solo podían ser hasta las diez de la noche. O que si alguien robaba podía ser castigado con la muerte. Les dijimos: ‘Qué pena, si van a estar acá les tocará acomodarse al sistema nuestro. Los dedos de la mano no son iguales todos y no por eso hay que matarlos’”.
 
El grupo guerrillero pareció acatar la petición de la comunidad hasta que en junio de 2003 asesinaron a un joven campesino. “Luego de ese asesinato –agrega Genaro– yo conversé con el comandante de la zona, lo apodaban Ratón. Le dije que nos estábamos organizando para que ellos no tuvieran que regularnos. Y lo aceptó”.
 
Genaro, con apoyo de otros líderes, puso por escrito las normas de convivencia que la comunidad les había aprendido a sus ancestros. Fueron 14 puntos sobre hechos básicos como que para ser parte de la junta veredal debe ser nativo y saber leer y escribir. O reglas más radicales que obligan a multas en caso de situaciones delincuenciales: “Si una persona hace tiros al aire está desafiando a la comunidad –explica Genaro–; por ese desafío debe pagar una multa”.
 
Estos 14 puntos fueron conocidos como el ‘Manual de convivencia de la vereda La Balsa’. En respuesta, las Farc reunieron a todos los campesinos y les preguntaron con qué autoridad preferían quedarse: con ellos o con la de la junta veredal. La Balsa eligió a la junta y esta guerrilla respetó la decisión. “Llegó el momento en que si un campesino de otras veredas salía a buscar a las Farc para que le solucionaran un problema, las Farc le decía: ‘diríjase a la comunidad de La Balsa para que le ayuden’”.

Hubo épocas en las que el manual prohibió el consumo de licor en días laborales y el porte de armas en las fiestas de fin de semana. “Si era un guerrillero y quería disfrutar de la fiesta, le tocaba ir a guardar el arma y ahí sí volver. Si era un miembro de la comunidad le tocaba entregarnos el arma y nosotros se la devolvíamos el lunes, cuando hubiera acabado la fiesta”.
 
De la misma manera, es decir, adaptando normas de comportamiento según la coyuntura, La Balsa resistió la llegada de los colonos que arribaron detrás de las plantaciones ilegales. “Con las Farc vino la bonanza de la coca y llegaron gentes del Putumayo, del Caquetá, del Guaviare, incluso, ecuatorianos –dice Genaro–. Y montaron negocios de bar y licor, y ventas de diferentes productos a precios más bajos que los que acostumbrábamos a pagar”. Ante eso la comunidad decidió proteger a sus comerciantes sin importar que vendieran más caro o productos de menor calidad. “Así ningún colono pudo quitarnos las cosas –concluye Genaro–. Si querían participar en nuestras actividades deportivas, no los dejábamos; si querían participar en la fiesta, tampoco. Y ninguno puede vivir en el caserío. Le toca levantar su cabaña selva adentro”.
 
En la actualidad, a pesar de que varios de los gestores del manual han muerto, la convivencia en La Balsa sigue regulada por ellos mismos. “Las Farc continúan en el territorio, pero no dentro del caserío –explica Lucenith Ramírez, habitante de la vereda–. Y quieren mostrarse como preocupados por nuestras necesidades, preguntan qué nos hace falta y quieren organizar eventos dizque para que recaudemos fondos comunitarios. Pero no les creemos, las Farc son mansalveras”.
 
El paso en el que se encuentra la comunidad de La Balsa consiste en convencer a las veredas vecinas acerca de la necesidad de tener su propio manual de convivencia. “Ese manual fue un acto de resistencia –agrega Lucenith Ramírez–. Y a las otras veredas les puede servir para evitar que las Farc tomen las decisiones de la comunidad”. Genaro García está convencido de que si no hubiera sido por el manual él y la mayoría de sus vecinos no habitarían ya ese territorio. “El manual es una pequeña constitución que nos ha servido para que los grupos armados no nos saquen de nuestras tierras; para conservar la herencia de nuestros mayores. Para que no nos toque irnos a pedir limosna en las ciudades”.