La lucha por el honor de una enfermera ejemplar

Luego de saber que su hija fue asesinada por paramilitares, una madre emprendió la lucha para dignificar la memoria y limpiar el nombre de su hija y la familia.

Por Juan Miguel Álvarez.
Publicada en la tercera edición de la revista Reconciliación Colombia 
Foto: Federico Ríos.


El miércoles 21 de marzo de 2004, en horas de la mañana, Janeth Orozco, secretaria de la Alcaldía de Calamar, Guaviare, recibió una encomienda fletada desde Villavicencio. El paquete iba para su mejor amiga, María Cristina Cobo Mahecha, quien llevaba más de dos días sin ir a la oficina.
 
Janeth llamó a los padres de María Cristina, residentes en Villavicencio, y supo que ella había partido hacia Calamar el lunes anterior antes de medio día. Preocupada, Janeth telefoneó a otros compañeros de trabajo hasta que concluyó que María Cristina estaba desaparecida. Con una última llamada, Janeth le confirmó a la familia que nadie ni en San José del Guaviare ni en el municipio de El Retorno ni mucho menos en Calamar sabían de María Cristina. “Lo que me puse a pensar –recuerda Janeth– fue que ojalá hubiera sido un secuestro y que pronto la iban a dejar libre”.
 
Nacida en 1975 en el municipio de El Castillo, departamento del Meta, fue la menor de dos hermanas. Huérfana antes de haber cumplido un año de vida su padre, policía, murió en serviciosufrió un accidente en la cocina de su casa: su hermana perdió la vida con más del 80 por ciento del cuerpo quemado y a ella le quedó el rostro desfigurado, tras haber permanecido en coma por varias semanas. Su madre, Paulina Mahecha, recuerda que el médico la consoló diciéndole: “Le queda educar a su hija para que se convierta en una mujer de bien para la sociedad”.
 
Graduada del colegio en 1994, María Cristina cursó estudios de Enfermería en el Sena y luego en la Universidad de los Llanos –donde se tituló con honores–. A comienzos de 2002, llegó al municipio de Calamar, departamento del Guaviare, para cumplir con el año de servicio social. En aquel entonces, ese departamento era zona de guerra entre las Farc, los paramilitares y el Ejército. En Calamar, con menos de 10.000 habitantes y a tres horas de San José, campeaban los paramilitares de esquina a esquina. “Yo sé que es peligroso, le dijo María Cristina a Paulina. Pero allá la gente me necesita”.
 
Como enfermera jefe del centro de salud, María Cristina viajaba por el río Unilla hasta las zonas rurales más apartadas de Calamar para atender a los campesinos que no tenían posibilidad de ir hasta el casco urbano. “Con ella nos íbamos río arriba y río abajo, recuerda el motorista de la embarcación. Llegaba, saludaba, tomaba muestras, las llevaba al laboratorio y, según los resultados y el diagnóstico médico, volvíamos días después con las medicinas”.
 
Terminado el año de servicio, María Cristina continuó en Calamar trabajando como coordinadora del Sisbén. Durante seis meses se dedicó a inscribir campesinos al sistema de salud. Y en la segunda mitad de 2003 fue contratada como técnica almacenista de la Alcaldía. “Ella le dijo a su jefe que quería seguir progresando, que le diera permiso para estudiar un posgrado en Gerencia Hospitalaria en Bogotá –explica Paulina–. Como era semipresencial, viajaba cada 15 días, los jueves, y emprendía el regreso los domingos”.
 
Así transcurría su vida hasta que al medio día del lunes 19 de marzo de 2004, en un tramo de la vía San José-Calamar llamado La Marina fue bajada a golpes de la camioneta del servicio público de transporte, por paramilitares del Bloque Centauros. “Usted no vio nada”, le dijeron al conductor. Ese fue el último instante en que la vieron viva.
 
Luego de haber recibido la llamada de Janeth en la que se enteró de que María Cristina estaba desaparecida, Paulina comenzó la búsqueda. En San José, en El Retorno y en Calamar conversó con funcionarios públicos, detrás de una pista. Y fueron unos paramilitares a quienes Paulina pescó en una calle de Calamar los que le dijeron: “Cuando le pasa algo a alguien, se le dice a la familia que no joda más porque le pasa lo mismo”. Días después, un funcionario de la Defensoría del Pueblo le confirmó que María Cristina había sido “retenida, torturada, ejecutada y desaparecida” por los paramilitares. La señalaban de haber auxiliado guerrilleros inscribiéndolos al Sisbén.
 
En 2005, con la promulgación de la Ley de Justicia y Paz, algunos desmovilizados del Bloque Centauros dieron indicaciones del lugar donde podrían estar los restos de María Cristina, pero la Fiscalía no los encontró. Paulina, por su parte, se hizo integrante del Movimiento de Víctimas del Estado (Movice) y comenzó su lucha política: estudió sobre el conflicto armado, sobre derechos humanos, derecho internacional humanitario y temas afines. Aprendió sobre las guerras centroamericanas y las dictaduras del cono sur. Y descubrió que para dignificar la memoria de su hija, para contrarrestar el voz a voz en el Guaviare que la seguía señalando de guerrillera, quería que el centro de salud de Calamar tuviera el nombre ‘María Cristina Cobo Mahecha’.
 
Transcurrieron siete años para que Paulina encontrara la forma de lograr ese propósito. Por intermedio de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de la OEA (MAPP-OEA), Paulina le envió un oficio al gobernador del Guaviare y al alcalde de Calamar para pedir que como medida de reparación simbólica, facultada por la Ley de Víctimas sancionada en 2011, le pusieran el nombre de su hija al centro de salud del municipio. Tanto el gobernador como el alcalde le respondieron que iban a encontrar los mecanismos legales para hacerlo. Ayudó, también, que ambos funcionarios eran profesionales en ciencias de la salud: el gobernador, titulado enfermero, había conocido a María Cristina en la universidad; el alcalde, odontólogo, había compartido con ella en el centro de salud.
 
El tipo de reparación que pedía Paulina era pionero en el país. A pesar de la ley, nadie –ni la institucionalidad ni las ONG– sabía cuál era el camino para concretarla. La MAPP-OEA, la Gobernación del Guaviare, la Alcaldía de Calamar, la Defensoría del Pueblo y la Dirección Regional de la Unidad de Víctimas se dieron a la tarea de estudiar a fondo la ley para encontrar la ruta: quién debía dar la orden, quién debía pagar los trabajos específicos, quién debía contratar y llevar a cabo los actos de la reparación, entre otras cuestiones.
 
Finalmente y luego de meses de trabajo, el 13 de marzo de 2013 en el parque central de Calamar, en un acto protocolario presidido por el gobernador, el alcalde, la dirección de la Unidad de Víctimas y la Defensoría, el Estado dio inicio a las acciones de reparación simbólica para Paulina y su familia. Primero, entregaron dos placas en pedestal –una en La Marina y otra en la entrada del centro de salud– con una breve biografía de María Cristina y dejando claro que los restos no se han encontrado, que siguen en “algún lugar del Guaviare”. Y segundo, quedó pendiente la instalación de un aviso grande y luminoso en la fachada del centro de salud con el nombre exacto que debía llevar en adelante. A mediados de febrero de 2014, las autoridades municipales ubicaron el aviso en la fachada y ahora todo aquel que llega al centro de salud lee el nombre María Cristina Cobo Mahecha; los que quieran enterarse un poco más de quién fue ella pueden ver en la placa.
 
Paulina sigue sintiendo algo de culpa: se recrimina por qué dejó ir a su hija a Calamar, si hubiera podido hacer algo más; por momentos siente que quisiera retroceder el tiempo. Y a la vez, luego de haber obtenido la reparación simbólica, dice que sí ha valido la pena todo ese trabajo. “Valió la pena luchar por la dignificación de la memoria y el nombre de mi hija. Para que mi familia y la gente de Calamar sepan quién fue María Cristina y qué hizo. Y también valió la pena para dejar un precedente político para que nunca le vuelva a pasar algo similar a un miembro de la comunidad médica”.
 
Su duelo no termina, en todo caso. Y no terminará hasta que encuentre los restos de María Cristina. “Es como buscar una aguja en un pajar —dice—. Llevo diez años y no pierdo la esperanza de encontrar al menos un pedazo del cuerpo de mi hija”.