La Casa del Balcón de Chibolo, recuperada para las víctimas

La casa en la que hace 16 años Jorge 40 se instaló para dirigir masacres y desapariciones, hoy representa la esperanza que los pobladores de La Pola en Chibolo recuperaron luego de la violencia.

Por Laura Campos
Publicado en la tercera edición de la revista Reconciliación Colombia
Foto: Rafael Espinosa

O se van o se los quemo”. Con esas palabras Jorge 40 desplazó a la población de La Pola en Chibolo (Magdalena) el 18 de julio de 1997. Desde el segundo piso de El Balcón, la casa más grande de la vereda, bordeada por una terraza en madera y donde se reunían los campesinos para resolver problemas y celebrar de vez en cuando, el exjefe paramilitar del Bloque Norte de las AUC sentenció a 300 personas.

Un día antes, el 17 de julio, a las ocho de la mañana una caravana de camionetas llegó por la trocha que de Chibolo conduce a La Pola. De las 4x4 se bajaron más de 100 hombres vestidos de camuflado, sombrero y botas y armados con metralletas. Tocaron las puertas de las 75 casas de bahareque del caserío y avisaron a la población (especialmente a los hombres) de la reunión a la que estaban convocados: “Vengan, vengan, vengan. Todo el mundo para El Balcón.” En el segundo piso de esa casa que para la comunidad simbolizaba la unión campesina, Jorge 40 se disponía a tomar una decisión: matar a todos y tomarse la vereda o regalarles la vida y ordenarles salir.

Jacinta, de 22 años que estaba de vacaciones en La Pola visitando con sus padres, su hermana Hilda y su hermano Pedro a Luis y Fernando, sus otros dos hermanos, ayudaba a servir el desayuno cuando tres paramilitares tocaron a la puerta y con lista en mano preguntaron por los hombres de la casa. Su papá, Luis y Fernando fueron escoltados hasta las afueras de El Balcón. Pedro, que en un golpe de suerte alcanzó a ver las 4x4 mientras hacía un mandado, se escabulló entre las parcelas.

Allí, más de 200 personas permanecieron la noche del 17 y la mañana del 18 a la espera de la decisión del exjefe paramilitar. Hacia medio día, Jorge 40 se dirigió a los pobladores desde el balcón de la casa. Les explicó que la disputa por el territorio con la guerrilla era más seria que nunca y que necesitaba sus tierras para ganarla. Anunció que habría mucho fuego cruzado y que quien no quisiera morir debía irse. Culminó advirtiendo que cuando regresara, en unos ocho o 15 días, el que permaneciera en la vereda se moría.

Jacinta, que pasó esos dos días en vilo junto a su mamá, su hermana y su sobrino, recobró la tranquilidad cuando Luis, Fernando y su papá entraron por la puerta. Sin embargo, las noticias no eran buenas: había que salir inmediatamente de La Pola. Las 75 familias de la vereda recogieron lo que pudieron y huyeron por el camino destapado unos en mula otros a pie.

Atrás dejaron las casas de bahareque, los sembrados de yuca y caña, y los animales. La presencia paramilitar en la zona atemorizó tanto a las poblaciones aledañas que desató un desplazamiento masivo de cerca de 500 familias. La Palizúa, El Torito y Canaán fueron algunas de las veredas que se sumaron al éxodo.

Durante la estadía de Jorge 40 y sus hombres –cuenta Jacinta–, El Balcón se convirtió en el centro de operaciones del Bloque Norte de las Autodefensas. Masacres, desapariciones, hurtos y extorsiones fueron ordenados desde La Pola. “Pienso que se la tomó porque desde allí tenía una vista panorámica de la vereda y podía vigilar el movimiento de toda su gente”, afirma. Todo el ganado del que despojaban a los campesinos de la región y la maquinaria que robaban iba a parar a la vereda. Las parcelas, que hasta 1997 estuvieron divididas por cercas, se convirtieron en un solo terreno que el exjefe paramilitar mandó quemar a los pocos días de la toma.

Con su desmovilización en 2006, Jorge 40 abandonó El Balcón y la estructura quedó a merced de sus lugartenientes, que poco a poco fueron dejando las armas y acogiéndose a la Ley de Justicia y Paz. En enero de 2007, ilusionados por recuperar las tierras que diez años antes les fueron arrebatadas, muchas familias de La Pola regresaron.

La llegada fue chocante. “Nadie sabía dónde quedaba lo suyo porque ya todo estaba hecho montaña”, dice Jacinta. El único recuerdo de la vereda en la que nacieron y construyeron sus vidas era la casa del balcón. Esa edificación que en sus épocas majas fue un espacio de empoderamiento campesino y celebración ahora estaba vieja y acabada.

En 2013, seis años después de que las primeras familias regresaran, la Unidad de Víctimas reconstruyó El Balcón. Con esto el símbolo de unión campesina que el terror de Jorge 40 empañó, recuperó su significado, dejó de ser el cuartel desde el que se planearon horrendos crímenes y se convirtió en la representación del pasado al que sus habitantes añoran.

Hoy es una vistosa casa de aire colonial que en su segundo piso alberga fotografías de cuando la comunidad se reunía ahí en los noventa, algunas del día de su inauguración el año pasado, y varios dibujos en los que los niños pintaron La Pola de sus sueños. Para los pobladores documentar la violencia paramilitar no está dentro de sus intenciones.

Ahora todos los fines de semana El Balcón es el recinto donde los campesinos resuelven problemáticas como la del pozo de agua que, en un gesto de maldad, Jorge 40 dejó inservible a su salida. Para estos, aunque la extradición del e jefe paramilitar en 2008 les garantiza que jamás regresará a La Pola, “O se van o se los quemo” siguen siendo las palabras que más los estremecen.