Los asombrosos efectos del perdón

El español Elías López es una eminencia en temas de reconciliación en el mundo. Afirma que ha encontrado que para quienes han vivido el infierno en carne propia, lo que logra levantarlos del suelo es aferrarse a fuentes de vida como los hijos o la vida espiritual.

Por Cristina Esguerra
Reconciliación Colombia
Fotos: Archivo Particular


Durante años el jesuita español Elías López trabajó con el servicio de refugiados de la Compañía de Jesús en la zona de los grandes lagos africanos con sobrevivientes del genocidio de Ruanda, de la guerra civil de Burundi y de la violencia del Congo. También lo hizo en Colombia, en Barrancabermeja. En una de sus visitas a Bogotá, Reconciliación Colombia lo buscó para hablar de sus vivencias y de las lecciones que estas dejan para el país. Con amabilidad y simpleza acogedora, el jesuita español le contó a este proyecto en qué consiste su teoría sobre el perdón.

Lo primero es la escucha    

“Lo primero que hacemos cuando llegamos a un campo de refugiados –explica- es mezclarnos con la población y escuchar. Los hombres, mujeres y niños que viven en estos lugares, muchos de ellos en condiciones inhumanas, tienen necesidades de alimentación, medicina y vestido que deben ser suplidas con rapidez. Pero la importancia de la escucha y el acompañamiento está en que permite la construcción de una relación humana de igual a igual con las personas que venimos a ayudar”, dice, y agrega: “En la metodología de la Compañía de Jesús el primer paso es la reconstrucción de la confianza, que el exceso de violencia e injusticia destruyeron casi por completo. Además, escuchando nos enteramos de primera voz de las principales necesidades que tienen los refugiados. El siguiente paso es suplirlas.”

A través de la escucha y de conversaciones con refugiados, López se dio cuenta de que en un proceso de reconciliación es imposible alcanzar una justicia absoluta, y que, por lo mismo, el perdón se convierte en condición necesaria. Cuando hay una evidente e inevitable asimetría entre lo que se ha perdido y lo que se ofrece como compensación, el perdón es la única herramienta que nos permite mirar hacia adelante y dejar el pasado atrás.

Perdonar –explica el jesuita- es dar en exceso. En el caso de quien concede el perdón ese dar en exceso no es otra cosa que la liberación del odio por el otro, por la persona que hizo el daño y causó un sufrimiento imborrable. Para el victimario el perdón tiene otra dimensión y debe estar unido a la toma de conciencia y al arrepentimiento sincero. El amor en exceso que se le concede al agresor muchas veces lo coge por sorpresa y lo hace sentirse indigno de semejante gesto.

Para ilustrar la posible reacción de un victimario ante el perdón el español relata la historia de una mujer que en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica perdona al asesino de su esposo y de su hijo. Sentada en el lugar de los testigos, y mirándolo fijamente a los ojos, ella le dice: “Yo te perdono y a cambio sólo te pido una cosa. Que todos los meses vengas a mi casa a comer y a conversar conmigo para que así yo pueda darte el amor que aún me queda. Para que veas que mi perdón es sincero voy a cruzar la sala para abrazarte.” En brazos de la mujer el hombre se desploma; no se sentía digno del regalo que le daba esta mujer.

Imponer la mayor justicia posible 

El perdón es entonces la condición humana que nos permite dar un paso hacia delante cuando aspirar a la justicia absoluta resulta una utopía perniciosa. Esto de ninguna manera quiere decir que la reconciliación de un país depende de que los crímenes y atrocidades cometidos queden impunes. Todo lo contrario. Para que la población contemple la posibilidad de un futuro conjunto debe tratar de imponerse la mayor justicia posible, y a esta añadirle la dimensión del perdón. En el campo individual, los jesuitas del servicio de refugiados –cuenta López- trabajan las narrativas de vida con las víctimas. Ellas se sitúan en sus experiencias personales y a partir de la reconstrucción de memoria y la búsqueda de sentido van reflexionando sobre el tipo de justicia que quieren y necesitan para sanar las heridas y aceptar la reconciliación.

En el ámbito nacional –añade el jesuita- deben trabajarse la verdad, la justicia penal y la reparación. En el caso colombiano, y de Latinoamérica en general, el gran problema es la justicia distributiva. Las diferencias entre ricos y pobres son tan abismales que resultan violentas. Hombres y mujeres sin más que su mera existencia ven en las posesiones del rico una injusticia latente que pretenden resolver por medio de la violencia  y las armas. Por eso, a pesar de que África es el continente con mayor número de guerras, América Latina carga con la vergüenza de ser la región del mundo con más muertes violentas cada año. “El tema de distribución de tierras en Colombia –afirma López con seriedad- es fundamental para que pueda darse un proceso de reconciliación. El camino por recorrer es aún muy largo y bastante complejo”.

Al haber estado en algunas de las regiones que mayor violencia han padecido en el mundo, el español conoce bien los retos y dificultades de la reconciliación y la enorme fortaleza que exige el perdón. Para hacer tangible esta última trae a colación la discusión  que tuvo con una refugiada palestina hace algunos años:

“Íbamos en un viaje de cinco horas en un autobús hablando sobre la situación del país, sobre la democracia y sobre el desarrollo de Israel y de Palestina. En un momento dado me aventuré a preguntarle: ¿es posible perdonar y reconciliarse entre judíos y palestinos? Ella pegó un salto y dijo: ‘padre yo no puedo perdonar, no me pida que perdone porque no lo voy a hacer’. Después de un momento de silencio, añadió: ‘yo no puedo perdonar porque me han matado a un hermano y todos los demás tienen cicatrices de bala en el cuerpo. Además, mi madre tiene un brazo paralizado desde que en uno de los controles militares un soldado israelí le pegó un fuerte golpe. Por eso yo no puedo perdonar, resulta demasiado para mí y no tengo la capacidad de hacerlo’. Tras otros instantes de silencio me dijo: ‘lo que sí voy a tratar de hacer es no inculcarles a mis hijos el agotador odio que siento, para que algún día ellos puedan hacer lo que yo no he podido: perdonar lo imperdonable”.

Esa conversación le permitió al jesuita entender que la reconciliación y la paz sólo son posibles si los hombres, mujeres y niños que han sentido la impiedad de un infierno en vida logran conectarse con una fuente de vida más poderosa que el dolor de la muerte que cargan en el alma. En otras palabras, el deseo y la razón de vivir deben mover más que el letargo de la muerte. Esa fuente de vida puede ser trascendente y divina o, como en el caso de esta mujer palestina, puede provenir del profundo amor que siente por sus hijos.

A partir de ese día, y a medida que su trabajo con los desplazados continuaba, López comenzó a darse cuenta de que tanto en África, como en América Latina, en Europa, en Asia o en el Medio Oriente los hijos representan una fuente de vida inagotable y tal vez el mejor motivo para mirar hacia adelante y pensar en la reconciliación.

Basándose en las palabras de una colombiana víctima de la violencia que conoció durante su labor en Barrancabermeja, en el sentido de que una madre es capaz de hacerlo todo por sus hijos, el español le propone a hombres y mujeres deshumanizados por el horror del conflicto que si no son capaces de perdonar lo imperdonable, por lo menos den un primer paso y no le inculquen a sus hijos odio y resentimiento por el otro. Así la reconciliación estará más cerca y las nuevas generaciones podrán tener un futuro mejor. Sean víctimas o victimarios la fuerza del amor que un padre o una madre sienten por su hijo puede ser la fuente de vida necesaria para ponerle fin al círculo de la violencia aquí y ahora, para que nos decidamos por la vida y no por la promoción de la muerte.