¿Por qué es importante el lenguaje para la reconciliación?

Tres expertos internacionales del lenguaje afirman que las palabras no solo tienen la capacidad de describir la realidad, sino también de crearla y darles un lugar a las personas dentro de sus sociedades. En esta época de reflexiones sobre lo trascendente, ¿cuál debería ser el aporte de lo que sale de nuestra boca?

Por: Cristina Esguerra
Reconciliación Colombia
Foto: Revista Semana

 
Cuando hablamos de reconciliación nos  centramos en discutir lo indispensable del perdón, la necesidad de trabajar la construcción de memoria y la importancia de establecer una adecuada justicia reparativa. El lenguaje, por lo general, queda relegado al olvido. Sin embargo, el enfrentamiento verbal al que nos tienen acostumbrados los políticos de turno pueden fácilmente llevarnos a la conclusión de que este tema hay que trabajarlo.

Por esto, adquieren relevancia las palabras del filósofo estadounidense John Searle cuando afirma que con el lenguaje no sólo describimos la realidad, sino que también la creamos. También en su libro Lenguaje, poder e identidad Judith Butler analiza el poder que el lenguaje ejerce sobre el sujeto. Para hacer ese poder tangible la estadounidense comienza por afirmar que la existencia lingüística y, por lo mismo, social de un sujeto se constituye por medio del nombre con que lo llamamos.

Esto se debe a que, a partir del lenguaje, los seres humanos construyen y describen su realidad social. Por tanto, la vida social de un hombre y de una mujer depende de cómo se dirija a ellos el otro, de que otra persona decida hablarles y reconocerlos en el lenguaje. Nada menos que el nombre o término con el que los demás se refieran a una persona determinará su lugar en la sociedad.
Un buen ejemplo de esto son los intocables de la India, una clase social que vive en la miseria absoluta y cuyo dolor y humanidad ignora simplemente el resto del país. Los intocables, como su nombre lo dice, viven aparte de los demás civiles y tienen el mínimo contacto posible con ellos. Mediante el simple método de no dirigirles la palabra y referirse a ellos como intocables se los reconoce como distintos e inferiores y se vuelven invisibles para los demás ciudadanos. La teoría de los indios con respecto a estas miles de personas es bastante simple: si no les hablo y no los miro, no están allí.

Por eso el lenguaje no sólo tiene la capacidad de constituir al sujeto, sino que también tiene fuerza suficiente para herirlo. La terminología racista –explica Charles R. Lawrence, profesor de derecho de universidades como Harvard, Stanford y Columbia- es agresiva. Es como si le pegaran una cachetada a la persona. Esta teoría comenzó a desarrollarse en Estados Unidos por la violencia que avivaba la palabra nigger, término despectivo con el que los estadounidenses se referían a la raza negra. Cuando una persona blanca se lo decía a un hombre o a una mujer de color. Ser llamados nigger era para ellos mucho más hiriente que la violencia física con que los trataban.

La palabra nigger –dice Randall Kennedy en su polémico libro Nigger- resume para hombres y mujeres negros los largos y amargos años de lucha e insultos que vivieron los afroamericanos en Estados Unidos. Por eso su ira cada vez que alguien los llama así. Durante décadas no sólo no fueron considerados iguales a los blancos, sino que ni siquiera se pensaba en ellos como seres humanos. Increíblemente la primera batalla que tuvieron que librar fue la que les ganó su condición humana. Pero la victoria tomó mucho tiempo en consolidarse del todo, pues la ley y sus compatriotas siguieron discriminándolos hasta el cansancio.

Cada vez que les gritaban nigger, con violencia en la mirada y siempre con sentido peyorativo, los separaban de los demás y los degradaban a poco más que animales. El lenguaje mismo alimentaba la agresividad y mantenía y creaba una antipática división nacida de la ignorancia y la arrogancia de unos hombres y mujeres.
 
Ahora que comenzamos a dialogar sobre la reconciliación, los colombianos también estamos cayendo en el error de dividir por medio de las palabras aquello mismo que estamos pretendiendo unir. Los términos que utilizamos construyen una y otra vez el sólido muro que pretendemos derribar. Hay que olvidar ese lenguaje camorrero, de violencia y exclusión al que nos han acostumbrado varios de nuestros políticos y que, de acuerdo con John Searle, ha ayudado para mal a crear la sombría realidad de nuestro país. La reconciliación sólo será una realidad cuando imperen los términos afirmativos y las expresiones incluyentes.