Una víctima le ayudó a comenzar de nuevo

Desde hace un año un desmovilizado de las AUC que estudió Derecho asesora víctimas del conflicto en Norte de Santander para resarcir el daño que causó.

Por Laura Campos
Publicado en la cuarta edición de la revista Reconciliación Colombia
Foto: Federico Ríos.


Miguel Solano y Martha Mora se conocieron en un programa radial a comienzos de 2013. Él como desmovilizado de las autodefensas y ella como víctima del mismo grupo debían enviar mensajes de reconciliación a los oyentes y animar a los actores armados para dejar la guerra.
 
Saludarla, confiesa Miguel, fue intimidante. Saber que ella, en todo su derecho, podía negarle el saludo, reaccionar violentamente o romper en llanto, lo asustaba. Martha, sin embargo, respondió bien, estrechó su mano y comenzó a hablarle. Horas después Miguel se enteró de que hacía unos meses ella había perdonado personalmente a alias el Iguano, el ex jefe paramilitar responsable de la muerte de su esposo y entendió la serenidad con que asumió el encuentro.
 
Durante el programa la conversación fluyó sin problemas. Ambos narraron sus experiencias y llamaron a la desmovilización. Al salir intercambiaron teléfonos y a la semana siguiente ya habían decidido trabajar juntos para sanar el dolor de las víctimas; Miguel desde su experiencia como victimario y Martha como doliente. 
 
El paso del tiempo y algunas diferencias de criterio enfriaron la idea de crear una fundación, pero de las tertulias en las oficinas de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) en Cúcuta nació algo más particular. Por primera vez un reinsertado había decidido dedicar su vida a asesorar jurídicamente a víctimas del conflicto para resarcir el daño causado y todo gracias a Martha, una víctima del grupo armado al que él perteneció.  
 
De policía a paramilitar
 
Miguel Solano nació en Chinácota  (Norte de Santander) hace 46 años y desde niño soñó con ser policía. A los 24 años viajó a Villavicencio y entró a la Escuela de Carabineros. Se graduó y comenzó a trabajar en la división contraguerrilla de Cúcuta.
 
La muerte de uno de sus compañeros durante una toma guerrillera en Teorema, Norte de Santander, lo apabulló y el miedo a perder la vida en combate se sobrepuso a su ilusión de servir a la patria. Al año y medio,  al comenzar 1996, pidió la baja y terminó su servicio en la ciudad. “La guerra no era lo mío”, cuenta Miguel.
 
Los años siguientes fueron de incertidumbre y precariedad. Trabajó como profesor en el sur de Bolívar por un tiempo, renunció cuando decidieron trasladarlo a un pueblo dominado por el ELN para evitar reencontrarse con el conflicto, y viajó en 1997 a Pereira en busca de nuevas oportunidades.
 
Allí comenzó a estudiar Derecho, pero al poco tiempo encontró el camino de vuelta a la guerra. En 2002 la grave situación económica que atravesaba y el inesperado embarazo de su novia lo hicieron posponer el sueño de ser abogado. Mientras tanto las conversaciones con un viejo amigo de la Policía recién ingresado al paramilitarismo lo tentaron a tomar el camino equivocado.
 
El Titi era comandante político del Bloque Sur Putumayo de las autodefensas y le contaba a Miguel por teléfono los beneficios de ese oficio. “Me decía que el pago era cumplidito, que al año tenían de 15 a 20 días de vacaciones y que por cada decomiso de coca les daban de 2 a 3 millones de bonificación”.
 
Miguel le pidió que lo ayudara a ingresar a las filas de las autodefensas y en abril de ese mismo año viajó de Pereira a Puerto Asís (Putumayo) para regresar a aquello de lo que desde sus épocas de policía había querido escapar: la guerra. “En el avión me daban ganas de devolverme porque no sabía a qué me iba a enfrentar –cuenta Miguel–. Yo ya conocía la guerra, pero la conocía del otro lado, del de una institución oficial que defiende la vida no del de una que atenta contra ella”.
 
Pasó los primeros días en el bloque como escolta de su amigo el Titi, que al poco tiempo consiguió que lo nombraran comandante político del municipio de La Hormiga, cargo que desempeñó hasta que se desmovilizó en 2006. La confrontación armada no hizo parte de la cotidianidad de Miguel, sus funciones regulares consistían en mediar entre la tropa y los civiles y resolver los problemas de la comunidad.
 
Cuando habla de su paso por el paramilitarismo, Miguel recuerda que de vez en cuando la posición de comandante político le permitía tener ‘gestos de bondad’ con la comunidad para aminorar su sentimiento de culpa. Gestionaba la entrega de kits escolares para los niños y recogía alimentos en las tiendas del pueblo que después entregaba a los más necesitados. “Para mí era como una labor humanitaria”, afirma.
 
Sin embargo, había días oscuros en los que debía trasladarse al monte para resolver conflictos en la tropa, dictar cursos e imponer castigos. “Las temporadas allá me obligaron a hacer parte del lado horrible de la guerra. Son cosas de las que no me quiero acordar. Causé daño, la embarré y lo sé”.
 
Nuevo comienzo
 
En 2006, luego de casi cuatro años en el paramilitarismo, surgió por primera vez la opción de desmovilizarse. Las conversaciones de Ralito entre el gobierno y los altos mandos llevaban tres años y a La Hormiga llegaban noticias de que la paz se acordaría pronto, por lo que se acercaba el momento en que los bloques deberían congregarse en una cabecera municipal cercana, dejar las armas y comenzar el proceso de reinserción. Y así fue.
 
En febrero de ese año Miguel se desmovilizó junto a 700 paramilitares más e inició su proceso de reintegración en Cúcuta. Al principio trabajó como obrero, pero los pormenores del oficio y la intención de garantizarle un mejor futuro a su familia lo motivaron a desempolvar el sueño que años atrás había pospuesto.
 
Así, en enero de 2007 se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad Libre de Cúcuta y pasó los siguientes cinco años entre la construcción, los talleres de la reintegración, las aulas de clases, los códigos y la paternidad. En noviembre de 2012 recibió su diploma de abogado y asumió casos de derecho laboral hasta la época en que conoció a Martha.
 
Para ese momento Miguel intentaba reivindicarse con la sociedad trabajando como promotor del proceso de reintegración de otros desmovilizados en la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), pero sentía que debía resarcir el daño causado más directamente. “Sentí que era mi deber después de haberla embarrado tanto, después de haber hecho el mal por tanto tiempo”.
 
Hablar con Martha le demostró que sí era posible acercarse a las víctimas y hacer algo por ellas, y de sus conversaciones en la ACR surgió el derecho como la herramienta para materializar su arrepentimiento. Martha lo recomendó como abogado con varias víctimas a las que conocía y gracias a su publicidad el abanico de clientes se amplió.
 
Ahora no solo asesora víctimas, sino exvictimarios (en los casos donde el reclutamiento ha sido forzoso) y familiares de estos. Hasta el momento lleva los casos de 14 reinsertados, unos cinco de familiares de reinsertados y nueve de víctimas directas de los actores armados. Planea abrir su oficina a mediados de mayo con el capital semilla que la ACR le entregó y dedica sus días a estudiar la Ley de Víctimas, redactar derechos de petición y presentar recursos legales.
 
Los encuentros con Martha al menos una vez al mes son sagrados y la idea de la fundación todavía puede resultar. Ella, por su parte, está convencida de que las segundas oportunidades existen y afirma que la tarde del programa radial recordó el día en que perdonó al Iguano porque vio en Miguel “un ser humano que a pesar de haber errado tenía una voluntad sincera de cambiar.”