El café, esencial en la transición hacia la paz

Los cultivadores del grano en el Eje Cafetero le apuestan a que con la educación recuperarán el terreno perdido en décadas de violencia.
 
César Molinares Dueñas,  Periodista
Publicado en la cuarta edición de la revista Reconciliación Colombia
Foto: Federico Ríos

 
A finales de los noventa, miles de familias cafeteras de departamentos como Caldas y Risaralda abandonaron sus tierras cuando arreció la violencia. Algunos se quedaron en las goteras de los pueblos vecinos esperando a que cesaran las balas. Otros, simplemente, se fueron lejos y olvidaron lo que tenían.
 
Yamile, una joven de 18 años que nació en Encimadas, al norte de Caldas, recuerda vagamente cuando sus padres empacaron maletas y dejaron su finca cafetera. “Caminamos horas hasta llegar a una escuela del pueblo más cercano, allí nos dieron colchones y comida”. Esa sería la primera escala de un viaje que presentía sería largo.
 
Diez años después Yamile y los suyos retornaron, pero solo cuando el frente 47 de las Farc fue diezmado, sus jefes se entregaron y otros fueron capturados. Pero encontraron, como tantas otras familias, un panorama desolador. Los terrenos en los que antes florecían cafetales, maíz y caña, se habían convertido en montes olvidados, y los caminos de herradura ahora se desbaratan con la lluvia.   
 
Durante más de dos décadas, vastas zonas del Eje Cafetero (en especial de Caldas, Risaralda y Antioquia) fueron azotadas por la violencia paramilitar y de la guerrilla. Por eso el desplazamiento de los caficultores por culpa del conflicto armado no es una cifra menor. Un estudio realizado por Ana María Ibáñez, de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y publicado en 2013, encontró que tras casi dos décadas de violencia, por lo menos 162.000 familias cafeteras abandonaron sus cultivos en 2008.
 
¿La razón? Los ataques y extorsiones a los ganaderos y caficultores redujeron la producción, destruyeron sus bienes y deterioraron las comunidades. Según Ibáñez, la violencia “acabó la infraestructura, disminuyó la provisión de bienes públicos, limitó la presencia de los intermediarios financieros y aumentó los costos de transacción, por lo tanto, la reducción de la renta agraria y el aumento de los costos”, dice su estudio.
 
En otras palabras, la guerra provocó que el 7 por ciento de los cafeteros del país abandonaran el sector, lo que lo que ha desencadenado que la mano de obra en zonas cafetaleras también haya caído. Si a esto se suma que la violencia produjo desplazamientos, la generación de relevo, el padre que enseña al hijo, se ha ido perdiendo. Un profesor del Eje Cafetero explica que la cultura de la violencia terminó calando en los jóvenes. “Hay padres de familia que le dicen a uno: ‘¿Profe para qué?’. Vea las muchachas de madre de familia y los muchachos esperan a que se fortalezcan para irse a echar plomo, porque esa expectativa quedó”. También ocurrió que muchos de los pequeños cafeteros, que dependían de sus fincas, prefirieron arriesgarse y cultivar coca.
 
Así durante esas décadas perdidas de la violencia, estas tierras fueron condenadas a un atraso social y económico del que aún esos pequeños, medianos y grandes caficultores no se reponen. Hoy el Eje Cafetero enfrenta nuevos desafíos, y el más grande es tratar de devolverle la confianza a miles de desplazados, muchos de ellos cafeteros, para que regresen al campo.
 
Alfonso Ángel, director del Comité de Caficultores de Caldas, está convencido de que esos jóvenes que han regresado y aquellos que sobrevivieron al conflicto armado, pueden transformar las zonas cafeteras, pero si están acompañados de la inversión del Estado. “Hay más de 60.000 jóvenes en escuelas que van a ser la generación de relevo en el posconflicto”, dice y explica que al graduarlos de bachilleres le están quitando los jóvenes a la guerra. Esa es una de las apuestas de la Federación Nacional de Cafeteros que actualmente apoya el trabajo de escuelas que estuvieron en medio de la confrontación armada.
 
De hecho, en Caldas está en marcha un modelo educativo de ‘escuela nueva’ que les permite a los niños campesinos tener acceso a la primaria y la posprimaria, como se conoce a la oferta educativa que busca ampliar la cobertura con calidad en educación básica rural y que trabaja con competencias laborales. También están implementando la Universidad del Campo para que los jóvenes se gradúen como bachilleres técnicos con universidades como la Caldas y la Católica. “Así terminan en el sitio donde empezaron”, explica Alfonso Ángel.
 
Se busca que los adolescentes no tengan que irse de sus veredas a buscar oportunidades universitarias. En este sentido, varias instituciones educativas ofrecen carreras técnicas y tecnológicas en estas poblaciones con la esperanza de que estas nuevas generaciones encuentren su proyecto de vida en el campo y en el café. “Pueden graduarse en la Escuela del Café, una asignatura dentro del currículo. Allí certifican sus competencias laborales para aplicar las técnicas y la tecnología que los convertirán en la generación de relevo”, explica Ángel, con 30 años en el gremio cafetero.
 
Pero la voluntad de los cultivadores de rehacer sus vidas alrededor del grano no es suficiente. La efectiva recuperación de las zonas cafeteras afectadas por la violencia también requiere que se consolide la institucionalidad y que esta los acompañe, más si se tiene en cuenta que el café no es un cultivo de corto plazo. Ómar Acevedo, del Comité de Cafeteros de Risaralda, reclama como muchos un papel más activo. “La inversión en seguridad no fue acompañada por la inversión social, es aún poco lo que hace el Estado en la zona, por ejemplo falta mucho en seguridad alimentaria y también en el mejoramiento de las vías terciarias”.
 
Acevedo considera que con una adecuada inversión social, la pequeña caficultura será esencial para la etapa de transición hacia la paz. “El 85 por ciento de las fincas cafeteras está en manos de pequeños cultivadores que tienen en promedio cinjco hectáreas o menos. Hay algunos que tienen una o dos y de eso viven, y además, en su tiempo libre, ofrecen su mano de obra a otros”. Alfonso Ángel del Comité de Caldas cree que las personas, no los subsidios hacen la transformación. “La pobreza se combate con educación, esos jóvenes van a transformar las zonas cafeteras, pero debe ir acompañada por la inversión del Estado”.