El lugar a donde llegan los muertos que lleva el río

Este río ha sido una fosa común. Pero en sus riberas ha habido personas solidarias con los cadáveres que flotan por el cauce.

Por  Juan Miguel Álvarez
Publicado en la cuarta edición de la revista Reconciliación Colombia
Fotos: Federico Ríos

 
UNO. La primera vez que María Isabel Espinosa leyó sus poemas ante un público distinto a su familia fue a finales de 2008. Los artistas plásticos pereiranos Gabriel Posada y Yorlady Ruiz habían ido hasta la vereda Guayabito, municipio de Cartago, norte del Valle, a realizar un taller de expresión libre con los campesinos y les habían pedido que contaran lo que les significaba el río Cauca.
 
María Isabel, entonces, sacó los cuadernos en los que anotaba sus poemas y declamó: “Sí, río, yo los vi pasar/venían contigo en tu triste trasegar/también sé que se te aguaron los ojos/cuando lo que eran gente/irremediablemente/se convirtieron en despojos/Tú los llevaste entre tus oscuras y silenciosas aguas/pero a pesar de todo/gritos de dolor por ellos dabas”.
 
“María Isabel, ¿eso es cierto?”, le preguntaron algunos visitantes, asombrados por la desolación de los poemas. “Sí, es real –respondió–. Es lo que ha pasado por el río”.
 
La poetisa del río Cauca, como se le ha conocido desde entonces, llegó a Guayabito en 2003. Había vivido en el corregimiento de La Bella, en Pereira, donde dedicó su vida a cultivar flores y hortalizas en una finca de clima templado. Cuando llegó a orillas del río Cauca sintió agrado por la brisa de final de tarde y los soles abrasadores del mediodía. Hasta que, pocos días después de haberse mudado junto con su marido, comenzó a ver los cadáveres putrefactos de personas asesinadas río arriba. “Era una situación atroz, uno detrás de otro bajaban esos cuerpos en unas formas aterradoras –recuerda–. El primero que vi venía sin brazos y sin piernas. Pensé que era ocasional, pero al otro día vi otro. Y al otro, otro. Y al otro, otro. Hubo días en que bajaban cuatro o cinco cadáveres destrozados”.
 
María Isabel venía escribiendo una historia, también sobre la violencia, ocurrida en un corregimiento de Pereira llamado Combia. Pero la fuerza de los hechos que estaba atestiguando junto al Cauca la impelieron a dejar aquella historia para intentar algunos versos. “Era mi resistencia ante tanta atrocidad –explica–. Y fue mediante la poesía porque aunque quería dejar un mensaje directo no podía escribir descripciones tan explícitas que le produjeran rechazo a los lectores. Tenía que ensayar la sutileza de la lírica”.
 
Su marido, Luis Eduardo Cano, de 55 años, agrega que la poesía de María Isabel ha procurado denunciar todas las bajezas que el hombre ha cometido contra el Cauca. “Tanta contaminación que le cae al río, tanta basura y tantos muertos –dice–. Ha habido momentos en que a uno ya no le da ni fastidio ni miedo ver esos cadáveres, le da es tristeza, mucha tristeza. Llora hasta el más fuerte”.


DOS. A tres horas de Guayabito, río abajo, ya en el departamento de Risaralda, el río Cauca sufre una serie de accidentes hidrográficos que crean unos densos bancos de arena sobre la margen derecha, a orillas de un caserío de pescadores llamado Beltrán, en el municipio de Marsella.
 
La sedimentación más la desembocadura de una quebrada de aguas frías ha dado lugar a un suave recodo en donde los objetos flotantes hacen remolinos para terminar asentados en aglomeraciones de basura. La gente ha convenido en llamar a este sitio el Remanso de Beltrán.
 
Los habitantes del caserío, no más de 100 personas, han sido testigos de la misma violencia que ha visto María Isabel: la mayoría de los cadáveres que bajan por el río Cauca terminan enredados en el Remanso y expuestos a las personas. Para muchos familiares de las víctimas lanzadas al Cauca, Beltrán es el punto final de la búsqueda del cuerpo de su ser querido.
 
Una de las esposas de un pescador llamada María Inés Mejía tuvo el primer contacto con estos cadáveres en 1988. Laborando en la corregiduría del Alto Cauca, jurisdicción a la que pertenece Beltrán, le tocaba hacer algunas diligencias de levantamiento. Cuando llegaba un cuerpo, me avisaban –describe–. Yo me iba para Marsella, conseguía el carro y la bolsa y bajaba a Beltrán”.
 
Doce años duró ejerciendo este trabajo por cuenta de las actividades como empleada pública. Elaboró su propio protocolo de conservación de los cuerpos mientras se los entregaba a la médica legista de Marsella; en ocasiones, fue la única que podía tomar fotos de los restos; aprendió a llenar las actas en los tecnicismos legales y hasta llegó a dominar el corte fino de los pulpejos para posibilitar la identificación de huellas dactilares. “Nadie nunca me recriminó estos procedimientos –dice–. Yo me esforzaba porque de lo que uno hiciera allá abajo en el Remanso dependía que la familia pudiera reconocer el cuerpo de su desaparecido”.
 
Retirada del trabajo de oficina, María Isabel junto con su marido se establecieron en una cabaña situada a orillas del Cauca, medio kilómetro arriba del Remanso de Beltrán. Y cuando no estaba pescando o en los oficios domésticos, continuaba con la tarea de cuidar los restos de los cadáveres que bajaban por el río, mientras llegaban las autoridades a practicar los levantamientos.
 
“Yo los veía y decía ahí viene uno, y le echaba mano y lo ponía junto al rancho para que nadie me lo fuera a sacar de ahí –recuerda–. Lo tapaba bien para que los gallinazos no me lo picotearan, y le protegía las manos para que no me le dañaran los pulpejos. Yo hacía esto porque me daba pesar de que esos cadáveres siguieran y se perdieran para siempre. Me ponía en el lugar de la familia”.
 
TRES. El cementerio del municipio de Marsella llamado Jesús María Estrada ha sido el gran depositario de los cadáveres del río Cauca que han quedado detenidos en Beltrán. Declarado patrimonio histórico y arquitectónico de la Nación, este camposanto dispone de varios lotes en forma de terraza para los cuerpos de personas no identificadas.
 
La relación de este lugar y de las autoridades de Marsella con los muertos del río ha variado por épocas. Durante los años en que bajaron las más numerosas oleadas de víctimas –a finales de los ochenta y comienzos de los noventa–, gracias a los cuidados de María Inés Mejía, del sepulturero Narcés Palacio y de la médica legista del municipio Luz María Ortiz, los restos ocupaban bóvedas que eran marcadas con los datos mínimos para que pudieran ser encontrados luego. Pero a mediados de los noventa, con la declaratoria patrimonial del cementerio, la Junta de Ornato del municipio ordenó pintar el camposanto, con lo que borró de un plumazo esos datos.
 
Durante el resto de la década del noventa y la del dos mil, y en medio de varias oleadas de cadáveres por el río, los habitantes de Beltrán aprendieron a empujar los cadáveres para que continuaran su camino o para que se enredaran en la orilla del frente que hace parte del municipio de Belalcázar, Caldas. “Eso fue una instrucción de la misma Policía del municipio y de los gobiernos de turno –dice un marsellés que pidió reserva–. Como esos cadáveres contaban como muertos de Marsella según el Dane, aumentaban las tasas de homicidios del municipio y del departamento. Y eso afectaba la gestión de los políticos y de la Policía”.
 
A partir de 2010, cuando comenzó el trabajo del Equipo Colombiano Interdisciplinario de Trabajo Forense y Asistencia Psicosocial (Equitas), en Marsella, se empezaron a implementar una serie de herramientas para proteger los cadáveres del Remanso de Beltrán y mejorar los datos que permitan una identificación futura. Hoy el cementerio Jesús María Estrada es el primero en recibir el Sello Narcés –nombre en reconocimiento al sepulturero Narcés Palacio–, marca de garantía en el proceso de custodia, inhumación y exhumación de cadáveres de personas no identificadas.
 
Sin embargo, no son pocas las personas que le dijeron a la revista Reconciliación que aunque los cadáveres siguen bajando por el río y asentándose en Beltrán, no han sido muchos los que efectivamente han terminado depositados en el cementerio de Marsella. Y se preguntan si la gente los seguirá empujando o pasando de orilla por órdenes de autoridades locales o por voluntad propia.
 
Hoy, mientras María Inés Mejía vive lejos de Beltrán tras haber sido amenazada y desplazada del caserío, dice que lo más gratificante para ella de haber protegido los restos de las víctimas fue “cuando una familia reconocía a su pariente desaparecido. Les daba descanso. Y yo me sentía contenta. De muchas familias me hice amiga. Tiempo después de haber rescatado a sus familiares, me seguían llamando a preguntarme cómo estaba yo. Otras me escribían cartas agradeciéndome”.
 
María Isabel Espinosa, por su parte, continúa viviendo junto al Cauca y le ha tomado un afecto particular: “Este río es un cine: en él todos los días uno ve diversas situaciones”. Sigue componiendo poemas bajo la sombra de los árboles de la orilla y ya tiene un libro al que ha titulado Los funerales del río Cauca.
 
Así como María Inés fue hostigada para que dejara de recoger los cadáveres, a María Isabel la gente cercana y algunos vecinos le han dicho “Déjalos ir, no son tuyos”. Pero ambas lograron sus mecanismos de resistencia y han permitido la reconstrucción de la memoria en esta región del país.