En Cúcuta, el 'Hip Hop' le hace frente a la violencia

En la ciudadela Juan Atalaya, en el barrio Motilones de Cúcuta, nació la Quinta con Quinta Crew, un colectivo de arte callejero que le hace frente a la violencia.

Por Laura Latiff
Publicado en la cuarta edición de la revista Reconciliación Colombia
Fotos: Cortesía Quinta con Quinta Crew (arriba) y Carlos Julio Martínez.


“No fue por vacilón la elección de composición, fue mi reacción a manera de insurrección y atención”, reza un verso de Las ovejas negras de Ahiman, un rapero de la ciudadela Juan Atalaya, en Cúcuta, que exorcizó su rabia a través de canciones llenas de  sentido social. En 1996 el paramilitarismo irrumpió en esta zona, intimidando a la gente con panfletos firmados por las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), entregados a los líderes comunitarios y a supuestos colaboradores de la guerrilla. Las comunas 6, 7 y 8 de esta ciudadela han presenciado reclutamiento forzado de menores, microtráfico y las acciones de bandas delincuenciales.
 
Fragmento de Las ovejas negras, canción que Ahiman lanzó en marzo de este año:
 
Hablar de lo que nos pasa no me hace un resentido, más bien soy una persona consciente de en dónde vivo. Cuando escribo me muestro analítico y descriptivo, sin maquillar las cosas, no busco sonar menos agresivo. Habito el mundo y vivo en la periferia, en este territorio las leyes son letras muertas (...) Pero hay algo que me enorgullece y es lo que más me alegra, mis mejores amigos son los que llamaron las ovejas negras, y a la vida le agradezco por mis padres, y por esta otra familia que me conseguí en la calle”.
Estas condiciones hicieron que Jorge Botello, conocido en la escena urbana como Ahiman, creciera cuestionándose su realidad y la manera en que podría impactar el futuro de jóvenes que, como él, crecen en un lugar convulsionado. Así nació Quinta con Quinta Crew, un colectivo de hip-hop que desde 2007 le apuesta a la  paz desde el arte urbano.

El colectivo funciona bajo una máxima: hay que armonizar el pensar, el sentir y el actuar. Este último se hace rapeando, pintando un grafiti, improvisando una pieza de break dance o produciendo sonidos. Estos cuatro elementos, mantra de este colectivo, han permitido que los jóvenes de este territorio marginado de Cúcuta desfoguen su rabia y su tristeza en actividades culturales y educativas como la pintura, el baile, el canto o la creación musical.
 
Quinta con Quinta Crew tiene tres cabezas visibles además de Botello, su director; Jeider Sánchez, coordinador de grafitis; Johan Rodríguez, encargado de break dance y Javier Polo, quien lidera la producción. Los apoyan Susan Jiménez en el área de comunicación y la trabajadora social María Saavedra. Todos comparten la conciencia de la problemática que enfrentan los niños y jóvenes de este sector.
 
Para Ahiman, “la música en los sectores populares termina siendo educación de calidad”. Según él, la música lo llevó a cuestionarse, forjó su capacidad de análisis y lo motivó a escribir y así se dio cuenta de que podía impulsar a los jóvenes de su barrio a hacer lo mismo.
 
De esta manera, Quinta con Quinta Crew estableció la Metodología del Hip-Hop por la Convivencia, en donde, según María Saavedra, “se busca fortalecer las relaciones de los muchachos a través de las prácticas artísticas”.  Funciona por etapas. Primero, los invitados académicos y los integrantes de la Quinta con Quinta transmiten por medio de videos y charlas la idea de aprender a controlar los sentimientos con los pensamientos, y a descargar las malas o buenas emociones en actividades productivas, en vez caer en la tentación de empuñar un arma.
 
La primera experiencia con la metodología se llevó a cabo en la comuna 6 e involucró a cerca de 25 niños entre los 4 y los 16 años, que trabajaron junto al colectivo durante duró ocho semanas en 2013.
 
Con este proyecto los miembros del colectivo se dieron cuenta de que el arte callejero puede hacer un gran aporte a la convivencia y a la reconciliación. Desde abajo, y desde lo que motiva a estos jóvenes, es posible incentivar el trabajo en equipo para crear un grafiti o una canción.
 
Con esta idea en mente este colectivo organizó el año pasado el primer festival de hip hop en Norte de Santander, bautizado ‘Del norte bravos hijos’. Este encuentro, que se realizó en septiembre, duró cuatro días y dejó como resultado 25 piezas de grafitis que hicieron los niños y cuatro canciones, en su mayoría escritas por niñas. También hubo break dance, rap, grafitis y producción musical.
 
El mensaje que por naturaleza transmite la música urbana está cargado de crítica social. Es música para repensar el mundo. Es un arte de calle, “rebelde”, como dice Ahiman, pero es un espacio de creación y escape para los jóvenes marginados. Con esto también quieren acabar con el estigma que el arte callejero es sinónimo de delincuencia. De sus proyectos ya han salido pintores, y con el poder de la palabra han logrado llegar a 1.500 jóvenes que se han empezado a movilizar con auténticas piezas de arte que le apuestan a la convivencia.