Una mujer tan valiente que perdonó

Esta es la historia de Jeny Castañeda, a quien el conflicto armado le desbarató la vida, pero aprendió que perdonar es la mejor opción para salir adelante.

Por José Vicente Guzmán Mendoza, periodista de Reconciliación Colombia
4 de mayo de 2014


El lunes 17 de septiembre de 2001, cuando ya era de noche en Puerto Triunfo (Antioquia),  varios miembros de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio asesinaron a Damary Mejía, una de las líderes comunitarias más reconocidas del municipio.

Entraron a un terreno de la Hacienda Nápoles –la antigua finca de Pablo Escobar, ubicada en el corregimiento de Doradal–, en donde Damary lideraba la invasión de un grupo de 60 personas que no tenían vivienda. La buscaron con linternas entre las carpas y la mataron mientras dormía, a las 11 y 45 de la noche.

Un día antes, Damary había sorprendido a Jeny Castañeda, su hija de 20 años, quien vivía con sus abuelos en el centro del pueblo, con una foto suya. “Esto es para que nunca se olvide de mí”, le dijo.

La muerte de su mamá le provocó tristeza y rabia, sentimientos que iban creciendo con el paso de los días. Aunque ya estaba casada y tenía un hijo recién nacido, Jeny tuvo que encargarse de sus dos hermanos menores y lidiar con la trombosis de su abuelo, quien, según cuenta, “se enfermó de pena moral por el asesinato de mi mamá”.

Para pagar el tratamiento de su abuelo, que murió siete años después, tuvo que vender las tierras y el ganado que tenían. “Yo no entendía por qué nos habían causado tanto daño. Sentía que era injusto, me movía el odio y solo pensaba en vengarme”, recuerda.

Con el tiempo Jeny se convirtió en una líder de las víctimas de Puerto Triunfo, un municipio azotado por la violencia de Ramón Isaza, ‘patriarca’ del paramilitarismo que en 1978 fundó las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio y en los noventa comandó cinco frentes y 989 hombres que se movían con libertad por esa región del país.

Cuando el grupo de Isaza se desmovilizó en 2006 y entró a hacer parte del proceso de Justicia y Paz, Jeny asistió a las audiencias para encararlo. Allí el ex comandante reconoció el asesinato de Damary y dijo que había sido un error contra “una líder de las buenas”, pero cuando intentó pedir perdón, Jeny lo llamó sanguijuela, le dijo que no fuera cobarde y le pidió que la mirara a la cara. “A quien tiene que pedirle perdón es a Dios”, le reclamo ese día.

La vida volvió a golpear a Jeny cuando supo que tenía cáncer de tiroides. Ella culpa al sufrimiento, el odio y las ganas de venganza. Estuvo a punto de morir, pero los médicos le salvaron la vida.

Volver a empezar

A mediados de 2013, cuando Jeny  mejoraba, el padre Jose Hernán, párroco de la iglesia del corregimiento de las Mercedes (ubicado en Puerto Triunfo) le dijo que tenía que cambiar su corazón de piedra. La comenzó a llevar a misas de sanación y se convirtió en su consejero de cabecera.

Pero el 17 de septiembre del 2013 –12 años exactos después de la muerte de su madre– Jeny recibió la mayor lección. Esa noche, hospitalizada en el San Vicente de Paul de Medellín por un tratamiento de yodoterapia, soñó con su mamá. En el sueño, Damary Mejía le dijo que Ramón Isaza la mandaría a buscar. “Tienes que perdonarlo”, recuerda Jeny que le dijo su madre en sueños. “Y necesito que le digas que esté tranquilo, que yo ya lo perdoné”.

Despertó sorprendida. Le contó el sueño al padre José Hernán y a su abuela Estela García. El lunes siguiente, a pesar del escepticismo, ex paramilitares del bloque Magdalena Medio visitaron Puerto Triunfo con la Fiscalía para identificar fosas comunes. Y una de las mujeres de Ramón Isaza le dijo a Jeny que él quería hablar con ella.

Esa tarde Jeny entró con su abuela a la cárcel La Pastora de Puerto Triunfo dispuesta a “descargarle toda la rabia” al excomandante paramilitar. Él le dijo que la admiraba por la forma como lo había encarado en las audiencias, lloró, le pidió perdón y le contó que todos los días a las cuatro de la mañana rezaba un rosario para que ella se recuperara y pudiera perdonarlo. “También oró por su mamá y le pido perdón”, le dijo. 

Jeny cuenta que en ese momento, como si fuera un mensaje divino, el padre José Hernán entró a la celda. “Me preguntó si ya había hecho lo que mi mamá me había pedido – recuerda Jeny– Y conmovida, le conté a Ramón Isaza el sueño que había tenido con mi mamá, lo abracé y lo perdoné de corazón”.

Pero ese fue solo el inicio. En noviembre de 2013 entró a la cárcel La Picota de Bogotá y en un acto privado, realizado en la capilla de la cárcel, enfrentó a todos los cabecillas de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio. En un discurso emotivo (ver video al final dela nota) les contó cómo habían dañado su vida, les pidió perdón por haberlos querido matar, les perdonó y les regaló un rosario.

El acto conmovió a la mayoría de los excombatientes. Uno de ellos le regaló una hamaca y otro una oración que Jeny aún guarda en su casa. Incluso el hombre que disparó contra su madre terminó pidiéndole perdón en medio del llanto. “En ese momento no lo hice, pero hoy siento que ya lo perdoné”, cuenta Jeny.

A partir de ese día, comenzaron a trabajar juntos para establecer la verdad de muchos desaparecidos. El 7 de enero de 2014 logró llevarlos a Puerto Triunfo, y en un acto celebrado con las víctimas del municipio, reconocieron algunos crímenes, pidieron perdón y le aseguraron a los asistentes que nunca volverían a hacerles daño. Eso mejoró la confianza de algunas víctimas para reclamar sus derechos.

El 9 de abril de 2014, cientos de ellas marcharon en Doradal para recordar a sus seres queridos.  Allí estaba Jeny –quien ahora hace parte de la mesa municipal de víctimas– con su familia. La foto que su madre le dio un día antes de morir estaba estampada en sus camisetas junto con el mensaje ‘vivirás por siempre’. Ese día, a pesar del llanto, Jeny también sonrió.