En Mogotes se repitió la historia de los Comuneros

En los años noventa los habitantes de Mogotes, Santander, se organizaron para enfrentar la violencia y la corrupción. Por presiones y amenazas no  pudieron consolidar su proceso, pero tienen la esperanza de revivirlo.

Por José Vicente Guzmán Mendoza
Periodista de Reconciliación Colombia
Publicada en la cuarta edición de la revista Reconciliación Colombia.
Fotos: Pablo Monsalve.


Cuando empezó el tiroteo, el jueves 11 de diciembre de 1997 en la tarde, muchos en Mogotes confundieron el sonido de los disparos con el de la pólvora de los festejos. Pero cuando varios hombres armados y vestidos de camuflado aparecieron en las calles, quedó claro que no había ninguna celebración.

La noticia se regó por el entorno: 150 hombres del frente Efraín Pabón del ELN entraron al municipio, ubicado en el nororiente del departamento de Santander y se tomaron la Alcaldía.  Asesinaron a cinco personas –tres policías y dos civiles– y secuestraron al alcalde Doryam Giovanny Rodríguez, hijo de un polémico personaje que había ejercido tres veces seguidas el cargo.

El pueblo quedó desolado. Monseñor Leonardo Gómez Serna, obispo de la Diócesis de San Gil y Socorro –que incluye a Mogotes–, llegó al municipio al día siguiente y encontró un pueblo asustado. Para levantar la moral, convocó a los habitantes a manifestarse masivamente, pero de forma pacífica.

Y Ocho días después, los mogotanos le hicieron caso: cientos de personas marcharon de blanco por las calles de Mogotes para exigir el cese de la violencia. Luego, reunidos en la plaza principal del pueblo, se declararon en desobediencia civil frente a los violentos y los corruptos.

Fortalecidos por esa manifestación, y buscando que el momento de efervescencia popular no se perdiera, monseñor Gómez y el párroco Joaquín Mayorga recorrieron las 32 veredas y el casco urbano de Mogotes durante los primeros días de 1998 e invitaron a la comunidad a participar en una asamblea que discutiría los temas que aquejaban al municipio.

Cada comunidad escogió a sus representantes y así, los mogotanos comenzaron un proceso de deliberaciones populares, sin tener en cuenta al concejo municipal ni a la asamblea en donde estaban los políticos del pueblo. Una de las primeras peticiones fue liberar del alcalde. La Diócesis –con autorización del gobierno– dialogó con los guerrilleros y Doryam Giovanny Rodríguez fue puesto en libertad el 7 de marzo.

Luego, las deliberaciones se consolidaron el 6 de abril de 1998, con el nacimiento de la Asamblea Municipal Constituyente de Mogotes, conformada por 240 delegados de las diferentes veredas y barrios del municipio. Yolanda Díaz, una de las delegadas, cuenta que el proceso se basó en el artículo 3 de la Constitución, “que dice textualmente que la soberanía reside exclusivamente en el pueblo”.

La primera decisión de la Asamblea fue poner a consideración la continuidad del alcalde liberado. Organizaron una consulta popular en la que el 96 por ciento de los mogotanos se mostró en desacuerdo con que Rodríguez siguiera en el cargo. Este renunció.

Armados de valor, los asambleístas hicieron algo sin precedentes en la historia de Colombia: escribieron un nuevo plan de gobierno –con prioridades y objetivos decididos por la comunidad– y construyeron los perfiles que requerían los funcionarios públicos que los representarían. Además, crearon seis comisiones para hacer seguimiento a la administración municipal, llamaron a los concejales a reuniones de control y, siguiendo los tiempos de la Registraduría, organizaron debates para la elección del nuevo alcalde.

El proceso comenzó a ser reconocido. En 1999, ‘el pueblo soberano de Mogotes’ ganó el primer Premio Nacional de Paz, y durante los meses que siguieron al premio, la primera dama, los directores de los principales medios de comunicación y los embajadores de España, Francia, Alemania y Canadá visitaron el municipio para conocer la experiencia.

Pero con los reconocimientos también llegaron las presiones. La soberanía estaba amenazada.

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Para llegar a Mogotes hay que tomar una vía, recientemente pavimentada, de 33 kilómetros desde San Gil (Santander), que rodea montañas, cruza ríos y supera cañones. Unos 45 minutos después aparece el destino, un pequeño pueblo de solo 12 calles y nueve carreras, vías angostas y algunas casas que conservan su estilo colonial.

En el pueblo, que se precia de haber sido la cuna de la revolución comunera de 1781 –allí está enterrado el pie izquierdo del prócer José Antonio Galán–, ya no hay nada que recuerde las épocas de la Asamblea Municipal Constituyente. El ‘pueblo soberano’ que acaparó titulares, ahora es un municipio tranquilo que se agita los domingos cuando los campesinos de las veredas llegan al casco urbano a hacer mercado.

El único rincón que recuerda aquel Mogotes de los periódicos y titulares está en la casa de Flor Figueroa –una de las delegadas–, conocida como ‘la casa soberana’ por ser el sitio de reunión del comité directivo de la Asamblea. Allí hay un cuarto con fotos, actas, archivos, artículos de prensa y documentos acerca del proceso.

Una de las actas es la que firmó José Ángel Gualdrón, quien ganó las elecciones atípicas de 1998 luego de la renuncia del alcalde Rodríguez. “Aquí proclamamos (…) que el primer mandatario es el pueblo y que el alcalde es solo un servidor”, dice el documento.

Leonardo Padilla, un mogotano que hoy trabaja en la Alcaldía de Bogotá, dice que “por ese tipo de cosas que rompieron el esquema, levantamos ampolla en los intereses de muchos sectores tradicionales”. Él recuerda que las presiones comenzaron a los pocos días de la renuncia del alcalde: los árboles que rodeaban la plaza principal aparecieron talados y corrió la voz de que era un mensaje para los delegados. Las amenazas siguieron llegando en forma de anónimos por debajo de las puertas durante los años posteriores.

Por otra parte, el general Mario Roa, comandante de la Segunda División del Ejército, dijo en la prensa nacional que el proceso podía estar motivado por presiones de la guerrilla. Poco a poco eso caló, y años después, apareció muerta la hermana Marta Vélez, otra de las delegadas.

Pero las cosas ya habían empeorado en el año 2000, cuando el ELN asesinó al papá del ex alcalde Doryam Rodríguez, el mismo que había renunciado por la asamblea. Pedro Neira, uno de delegados más reconocidos, fue vinculado a la investigación. La justicia nunca le comprobó nada, pero muchos mogotanos lo culparon  y Neira tuvo que salir exiliado. La culpa también cayó sobre la asamblea. “En la calle nos gritaban ‘¡Asesinos!, ¿planeando a quien matar ahora?’”, recuerda Flor Figueroa.

Pero el golpe de gracia fue la traición de la Iglesia Católica, la misma que impulsó el proceso. En Bogotá ordenaron trasladar a monseñor Leonardo Gómez y el párroco Joaquín Mayorga, los líderes de la asamblea, a otros municipios.

Jorge Velandia, el nuevo párroco, dio la estocada final el Viernes Santo de 2003, cuando todo el pueblo estaba presente en la iglesia: “Ese proceso solo ha servido para traer sangre”, dijo ese día en la homilía. “Aquí, frente a Jesucristo, la Asamblea Municipal Constituyente queda oficialmente muerta”.

Los asambleístas aguantaron un tiempo, pero las presiones hicieron efecto: el número de delegados bajó a 60 y las sesiones pasaron de quincenales a bimensuales. Finalmente, decidieron “tomarse un descanso”.

Eso fue hace seis años.

Hoy, Yolanda y Flor recorren las calles de Mogotes con la cabeza gacha. “Es como llevar una carga en nuestras espaldas”, dicen. En el pueblo quedó la sensación de que la asamblea sirvió para dividir, y algunos aún los culpan de la muerte de Rodríguez.

A veces, sin embargo, en la ‘casa soberana’ se reúnen algunos delegados que aún defienden el proceso, como Enrique Amado, hoy concejal de Mogotes, o los profesores José Expedito Franco y Álvaro Neira.

Todos tienen la esperanza de que el proceso reviva. Aún guardan el dinero que ganaron con el Premio Nacional de Paz, y planean invertirlo en algún proyecto de capacitación y formación de los mogotanos. En agosto, además, quieren reunir a los antiguos delegados en una integración.

Leonardo Padilla, desde Bogotá, mira en perspectiva el proceso como un hito histórico. Tal vez tenga razón y los soberanos de Mogotes, así como los comuneros de hace tres siglos –que también fueron traicionados–, sean el preludio de un nuevo camino para un país que busca la paz.