La iglesia, afanada por la reconciliación

En algunas poblaciones en conflicto, la Iglesia ha desempeñado un papel fundamental en la reconstrucción del tejido social. Este es un ejemplo en el Canal del Dique.
 
Por José Navia
Periodista
Publicado en la Edición Nacional de Reconciliación Colombia
Fotos: Joaquín Sarmiento 


El padre Rafael Castillo pisa el acelerador de la camioneta de doble tracción que corre a más de 80 kilómetros por una carretera de tierra rojiza. Va con más de una hora de retraso a su cita con un grupo de cultivadoras de mojarra en Puerto Badel, un corregimiento de Arjona, en Bolívar. 

“Hace una hora exacta que salimos de Soplaviento”, dice el sacerdote, luego de mirar el reloj del tablero. Y pisa un poco más el acelerador. Tiene fama de ‘patabrava’. Unos diez minutos después aparecen, por fin, las primeras casas de ladrillo de un pueblo construido en medio de una planicie semidesértica.

El padre se estaciona junto al parque. Una mujer afro llega sonriendo de oreja a oreja. “Ajá, padre, pensamos que ya no venía”. Es Lilia Miranda, la principal líder de una asociación local de mujeres. Tiene afán de que el sacerdote verifique el adelanto que han logrado en la construcción de los estanques piscícolas.

Se viene la lluvia. El piso se vuelve chicloso y se pega a los zapatos del cura. El padre Rafa camina rodeado de mujeres y niños afro. La imagen es similar a la de esta misma mañana en Soplaviento, otro pueblo del Canal del Dique, más grande que Puerto Badel, pero con los mismos problemas de abandono, miseria, desempleo y escasísima infraestructura.

Cuando camina en medio de los habitantes de estos poblados, al padre, también afro, se le distingue por el alzacuellos eclesiástico, y por el chaleco caqui marcado en la espalda con el letrero Programa de Desarrollo y Paz del Canal del Dique y zona costera.


El padre Rafael Castillo es el director de esa entidad. Allí confluyen unas 13 instituciones del gobierno nacional, regional y local, la Iglesia, fundaciones, organismos internacionales y empresas del sector privado.  El proyecto es liderado por la Iglesia Católica. El objetivo es generar, junto con los habitantes de esas regiones, las condiciones de desarrollo que permitan una paz duradera.

El nuestro es uno de los 23 Programas de Desarrollo y Paz que existen en el país y que tienen como columna vertebral el río Magdalena. El programa fundador es el que creó el padre Francisco de Roux hace como 20 años en el Magdalena Medio”, había explicado el sacerdote esa misma mañana, poco después de salir del barrio Alameda-La Victoria, un sector de clase media de Cartagena, donde es párroco de la iglesia Santa Teresita de Jesús.

El padre Rafael vive en forma austera en una casa cerca de la iglesia. Entre las imágenes que cuelgan en la pared de la sala sobresale una foto del papa Francisco con la leyenda: ‘Al servicio de los humildes’. Sobre la mesa está la edición 96 de la revista Vida Nueva, abierta en el editorial: ‘La Iglesia crece entre los pobres’. 

Antes de celebrar la misa de siete, el padre Rafael había comprado el periódico El Universal. “Me publicaron la columna”, dijo. Efectivamente. La tituló ‘¡Estamos jodidos!’. Un obispo lo llamó a decirle que el encabezado era un poco duro, pero el contenido estaba apegado a la realidad.

“Uno está jodido… cuando no nos rinden cuentas públicamente como si uno no supiera que cuando le roban al Estado nos roban a cada uno. Pero uno está  doblemente jodido cuando se ha acostumbrado a vivir en este tipo de relacionamientos”, dice el padre en su columna.

Después de espantar algunos zancudos mientras examinaba los estanques piscícolas de Puerto Badel, el padre Rafael se dedica a hablar con las mujeres. Se organizaron hace 19 años gracias a la madre Erlinda, una misionera sueca de la comunidad franciscana. Ella y un equipo de religiosos italianos se establecieron en Pasacaballos, a orillas del Canal del Dique, y ayudaron a las comunidades ribereñas por más de 50 años. “Era una mujer extraordinaria. No nos olvidamos de ella aunque muerta esté”, dice Ester de Arcos, una de las líderes del pueblo.

Los habitantes de este poblado, al igual que los de Soplaviento y otros municipios ubicados a orillas del Canal del Dique retrocedieron de la pobreza a la miseria con la inundación de 2010 y 2011. La situación es tan crítica, dice el cura, que los esfuerzos están encaminados a que regresen a la pobreza.

“Los pueblos, los cultivos y los animalitos quedaron meses bajo del agua. Aquí se reventó el dique y el agua se metió a las casas en cosa de minutos”, había explicado esa mañana Víctor Manuel Ibarra, líder de la Cooperativa Integral de Pescadores de Soplaviento. A esa organización, el Programa de Desarrollo y Paz del Canal del Dique está a punto de entregarle 16 canoas.

En Soplaviento, el padre se reunió durante unas dos horas con un centenar de pescadores, cultivadores de tilapia, agricultores y dueños de un galpón comunitario de gallinas ponedoras.

El día anterior había visitado a otras tres comunidades que desarrollan proyectos productivos con el apoyo del Programa de Desarrollo y Paz. Pero el asunto no es fácil: el área de influencia de ese organismo cobija a 85 corregimientos de 29 municipios de Atlántico y Bolívar. Y la situación de miseria azota a casi todos.

Por esa razón, el padre Rafael Castillo viaja cada fin de semana a hablar con los campesinos. Ya está acostumbrado a ese trajín. Cinco años de labor humanitaria en los Montes de María, durante la época de mayor azote de guerrilleros y paramilitares, le endurecieron el carácter. Además, lo acercaron a la gente.

También le enseñaron que las transformaciones sociales y políticas debe hacerlas la comunidad con su trabajo diario, en lugar de sentarse a esperar milagros: “Poner en manos de Dios lo que Dios puso en manos nuestras, es irresponsable”, dice.

A las cinco de la tarde el padre Rafael se sube a la camioneta para regresar a Cartagena. Tiene un nuevo afán. Los feligreses de su parroquia lo esperan para la última misa del domingo.