Una Utopía que se hace realidad en el campo

Trabajar la tierra, sembrar y cosechar es la esperanza para 204 estudiantes que hacen parte del proyecto Utopía en Casanare.

Publicada en la edición nacional de la revista Reconciliación Colombia
Fotos: Carlos Pineda.


Un joven del departamento del Meta acaba de ser desplazado con su familia. Les dieron 24 horas para salir. “A mi papá le cobraban 120.000 pesos mensuales por estar yo aquí estudiando y 1 millón de pesos al año por mi hermano que está en el Ejército. Le cobraban un impuesto por cada vaca, gallina, huevo y botella de leche que saliera de la finca”. A pesar de esto, su papá le dijo que siguiera estudiando. El joven así lo hizo y hoy se prepara en Ingeniería Agronómica cerca de Yopal (Casanare), a 12 kilómetros por la vía Manantiales. Allí funciona la sede del proyecto Utopía, una fórmula de paz que al hacerse realidad desafió su propio nombre.


La iniciativa, ideada por la Universidad de la Salle,  apoya a jóvenes campesinos entre 18 y 22 años de edad. En el campus aprenden de las labores de la tierra 204 estudiantes de 22 departamentos y 110 municipios de toda Colombia. Sus historias son parte de la Colombia mal herida que estos muchachos ayudan a sanar con sus manos al aprender a trabajar la tierra.

“Nunca había oído de esta universidad –dice uno de los estudiantes que viene de El Tigre (Putumayo)–.  Y pensaba: ¿será que esto sí es verdad? porque en mi departamento se llevan a los jóvenes para grupos al margen… pero ahora pienso que Utopía es la mejor oportunidad que he tenido para formarme como una persona ética”.

La institución va directamente a las zonas más golpeadas por la violencia a elegir a sus futuros estudiantes. Los requisitos incluyen desde ser bachilleres con un buen Icfes hasta revisarles los dedos de las manos para comprobar que tienen huellas y señas de que han trabajado en el campo, usado un azadón y tienen el espíritu y las habilidades para adaptarse a las actividades prácticas y teóricas que realizarán desde el primer día de su formación como ingenieros agrónomos.

Durante una de sus clases, un estudiante recuerda que su familia lo llevó de Planadas (Tolima) a Ibagué a registrar la tarjeta de identidad para que no fuera expedida “en donde dicen que nació la guerrilla” y un paisano suyo agrega: “Hoy podría estar militando, porque la guerrilla pasa por donde uno está sentado, le entregan unas botas y un arma y le dicen: ‘Se va con nosotros o matamos a su mamá’”.

La mayoría de los estudiantes seleccionados llegan a Utopía con un profundo esfuerzo económico. La universidad los dota con una beca que cubre estudios y manutención, pero exige el pago de un salario mínimo cada cuatrimestre, razón por la cual reciben ayuda de familiares y de entidades públicas, religiosas y extranjeras.

Mientras recorren los cultivos, un joven de Norte de Santander cuenta que cuando llegó a Utopía pedía el apoyo de su familia, pero ellos no contaban con los recursos. “Estaba acostumbrado –dice el estudiante– a tener para mis cosas. A veces no es porque uno quiera, sino que se lo llevan de raspachín o de cambuchero, y uno se acostumbra a tener plata, porque uno siendo pobre qué se va a imaginar que puede ir a una universidad”.

El campus de Utopía cuenta con habitaciones amplias y dignas que comparten por parejas, baños dotados con vestidores, una biblioteca, modernos laboratorios, sala de sistemas, sala de juegos, gimnasio. A cambio, la tenacidad y el buen juicio no se pueden agotar, durante cuatro años deben adaptarse a una nueva vida, lejos de sus familias y algunas veces con la incertidumbre de que si en sus propias casas tienen comida, salud y trabajo.

En los terrenos del proyecto hay nueve líneas de producción donde cosechan cacao, acacia, plátano, yuca, maracuyá, banano, guayaba, badea, cítricos, piña, hortalizas, verduras, cereales, aromáticas y siembran plantas para ornamentación y reforestación. Pero aparte de aprender del campo, la experiencia también sirve para “olvidar malas historias”, como dice una estudiante proveniente de Acarí (Norte de Santander).

Por estos días, experimentan con malteada y pizza de yuca, snacks y pulpas de fruta deshidratada. La tarea es aprender sobre los productos que hacen ellos mismos durante todo el ciclo, desde estudiar las aguas y el suelo, hasta vender la cosecha o los subproductos.

Los egresados, por su parte, tienen proyectos productivos en sus regiones de origen, por ejemplo, aguacate en Chámeza o maracuyá en Tauramena (Casanare), piña en Tame y plátano en Arauca y cacao en San Vicente del Caguán (Caquetá), con estos productos intentan ingresar al mercado a pesar de los paros agrarios, las ‘vacunas’ y el conflicto.

En relación con este tema, un estudiante de La Uribe (Meta) dice que ojalá el Estado hiciera presencia en su región, pues “de violencia ya he visto mucho, ahora quisiera una educación que dé frutos en la tierra de donde salí y espero que el desarrollo rural sí contribuya a la construcción de la paz”.

Reflexiones acerca de recuperar la tierra, volver al campo y tener una Colombia con una economía basada en el aprovechamiento rural, aparecen continuamente en los estudiantes. La utopía es retornar a sus hogares, conservar el sentido de pertenencia, recuperar el campo y desarrollar sus proyectos. Volver a sus lugares de origen en donde la realidad no ha cambiado, es el reto. Volver sin que los saquen de la tierra es el gran anhelo.

Aprender y enseñar

Estudiantes y profesores comienzan su jornada todos los días a las 5:30 de la mañana. Siguen la metodología “aprender haciendo y enseñar demostrando”, de esta manera, los de primero a tercer año cumplen responsabilidades acordes al nivel de formación, todos trabajan por igual y los más adelantados enseñan a los siguientes.

La jornada transcurre hasta el mediodía en el campo y en la tarde reciben clases teóricas que incluyen inglés y francés, dos asignaturas obligatorias en un contexto donde algunos nunca antes habían estudiado una segunda lengua. Los cuatro mejores estudiantes en francés viajarán a una sede de la universidad en París.

El campo es el alivio para estos jóvenes que a veces se entristecen por la lejanía de sus familiares. Pero aun así, para algunos, como una estudiante de Guarandá (Sucre),  Utopía es una real esperanza. “Soy de una familia muy humilde y de ocho hermanos –dice–. Fuimos desplazados y a mi papá lo mataron cuando yo tenía 5 años. Llegar aquí y que a uno lo acojan bien es muy bonito, lo único malo es cuando se van los compañeros porque las despedidas, las conozco, son tristes.

El trabajo en Utopía les ha mostrado otro camino, uno cargado de oportunidades. Uno de los aprendices que viene de La Uribe, Meta, por ejemplo, tiene muy claro que no quiere ir a la guerra, sino ayudar a cambiar la imagen de mi región: “Llevar a mi gente hacia el gran camino de la paz, enseñar que aquí aprendí a ser un ingeniero de la paz, que la guerra no es el camino y ¿por qué no? ser alcalde de mi pueblo”.

Proyectos semilla

En la actualidad, Utopía tiene 40 egresados que generan desarrollo en sus zonas de origen y 42 de último año que iniciaron proyectos productivos con un capital semilla.

El hermano Carlos Gómez, rector de Universidad de la Salle, señala que “la mayor dificultad es el tema financiero, los costos son muy altos y el taxímetro no para. Tenemos que encontrar otra manera de hacerlo sostenible de cara al futuro”.

La segunda dificultad que vive Utopía –comenta el rector– es su articulación con los programas del Estado: “Hay buena voluntad y hay dinero, pero cuadrar cuando uno se sale del libreto es estrellarse contra muros”. Lo ideal es ampliar el apoyo de la empresa privada, tan criticada y ausente en temas de reconciliación, y vincular el proyecto con la política pública, lograr que todas las piezas casen y que los requisitos de las entidades que pueden brindar apoyo no riñan con la realidad del proyecto.

Las expectativas son muchas. Consolidar la Red Universitaria Rural para la Paz (RUR Paz), es decir, una red de Utopías que atienda una población significativa de estudiantes, enlazada con un gran proyecto de desarrollo rural nacional.

También está replicar el modelo en otras regiones del país con énfasis distintos, como producción animal, agroforestal o en sectores secundarios como la transformación de alimentos. En palabras de un estudiante de Norte de Santander, “esto es cambiar una cultura y entender y aprovechar que Colombia es una agricultura en potencia”.

La realidad hoy, es que existe una Utopía en la que más de 200 jóvenes trabajan fácilmente alrededor de un cultivo, colombianos de diversas regiones identificadas por conflictos y masacres y aún así, en palabras del hermano Martín Figueroa, profesor de ética, “aquí, no se ve una pelea”.

Los estudiantes de Utopía están convencidos de que la paz se puede cultivar en la tierra e invitan a desaprenderse de la costumbre de la violencia, es decir, a dejar de hacer poco o nada por evitarla.