El poder del fútbol

Cuando se habla de fútbol también se habla de esperanza y de reconciliación. Dos ejemplos concretos en sociedades golpeadas por el conflicto: Ruanda y Sudáfrica.

En agosto de 1994, un mes después de que hubieran finalizado los 100 días más oscuros de la historia de Ruanda, Hutus y Tutsis se acercaron al estadio Amahoro en Kigali a presenciar un partido de fútbol entre el Rayon Sports, club dueño del estadio, y el Kijovu Sports, su principal adversario. Por unas breves horas, los ruandeses dejaron de lado sus orígenes étnicos y apoyaron a sus equipos sin importar de dónde venían, ni qué atrocidades habían presenciado pocos días antes. Ese es el poder del fútbol.

El arquero del Rayon Sports, Eugene Murangwa, fue unos de los tutsis que sobrevivió al genocidio gracias a que compañeros del equipo y aficionados del Rayon –que eran Hutus- lo albergaron en sus casas. Marangwa sintió que el compañerismo y la amistad que el deporte genera le habían salvado la vida. Por eso, pocos días después de que la matanza hubiera finalizado decidió que lo mejor para salir de esos días de zozobra, tristeza y arrepentimiento era reunir a la comunidad –tanto a hutus como a tutsis- en torno a un clásico del fútbol ruandés.

La preparación del partido fue complicada. La mayoría de jugadores del Rayon Sports habían sido asesinados o se habían exiliado en otros países huyendo del genocidio. Solo quedaban tres de sus miembros, por lo que Murangwa tuvo que buscar voluntarios de otros clubes. Durante los entrenamientos tuvieron que enfrentarse al peligro de los campos minados, a la escalofriante escena de cadáveres en las calles y a la tensión de un país donde se había perdido la confianza.

Pero lograron hacer el partido, que terminó con una victoria del Kijovu Sports –que había logrado reunir a 11 de sus jugadores- con 3 goles contra 1.

Más allá del resultado, lo verdaderamente importante de ese momento fue que los ruandeses pudieron ver que la reconstrucción del tejido social era algo posible; que tanto hutus como tutsis podían compartir un estadio y una pasión sin que corriera sangre.

Desde ese partido, el fútbol fue utilizado como una herramienta fundamental para el proceso de reconstrucción y reconciliación del país.
En 1995 renació la Federación de Fútbol Ruandés y se creó una Copa de la Paz. Luego, equipos ruandeses participaron en la copa de la Confederación Africana de Fútbol (CAF), en la que incluso fueron anfitriones de algunos partidos.

Jugaron en países donde Ruanda era visto como una nación muerta, donde Hutus y Tutsis no podían verse. “Nos confundían con Luanda (Angola) porque para ellos el país estaba muerto. Decían que eran imposible que un país tan roto y devastado pudiera participar en juegos internacionales tan rápido”, dijo Nuru Munyemana, jugador del Kijovu Sports, para un artículo de The Rwandan Focus.

En 2003 la selección de Ruanda clasificó a la Copa Africana de Naciones, y, aunque no lograron avanzar mucho, fueron recibidos como héroes en su país.

En 2011, la selección Sub 17 clasificó al Mundial de la FIFA en México mostrándole al mundo entero que los días oscuros en los que Hutus y Tutsis no se podían ni ver habían quedado atrás. El fútbol fue una señal de esperanza para el país que logró mostrar que con unidad y con tolerancia se podía salir adelante y superar el pasado.

Sin duda, el caso del fútbol en Ruanda no es el único que demuestra cómo las sociedades profundamente divididas han logrado unificarse y reconciliarse a través del deporte. Ejemplos como estos hay varios.

En 1994 en Sudáfrica, el presidente Nelson Mandela logró unir a una sociedad dividida en torno al rugby, un deporte que era visto como una actividad exclusiva de la raza blanca del país –los afrikáners-. Logró que la raza negra, que durante los años del apartheid había sido fuertemente marginada, se emocionara con un deporte con el que nunca se había sentido identificada y que un equipo, en el casi todos los jugadores eran afrikáners, sintiera que representaba a un país donde la mayoría de la población era de una raza diferente. El triunfo en la final del Mundial de rugby contra Nueva Zelanda llenó de júbilo al país entero y le mostró a sudafricanos y al mundo que el apartheid había llegado a su fin.

El fin del apartheid también revivió la pasión por el fútbol en ese país. Entre 1961 y 1992 la FIFA había suspendido a la Federación Sudafricana de Fútbol como sanción a sus políticas raciales. El fútbol era visto como un deporte de negros. Había un equipo para cada raza y los blancos tenían sus propios estadios, en los cuales no podían jugar los equipos de los negros. En 1991 se levantó la suspensión ya que las políticas de segregación en el deporte estaban cediendo. En los equipos ya era posible que tanto blancos como negros compitieran juntos, aunque los jugadores eran en su gran mayoría negros.

En 1996 el país fue anfitrión de la Copa de África de la cual resultó campeón, ganando su primer trofeo continental. En 1998 clasificaron al Mundial por primera vez y en el 2002 repitieron la hazaña. En 2010 se convirtieron en el primer país africano en ser anfitrión del Mundial, un honor, sin la menor duda. Pero el significado del fútbol para el país sudafricano ha ido mucho más allá de estos logros. Un país donde el rugby era para blancos y el fútbol para los negros ha logrado unir a las dos razas en torno a los dos deportes. Hoy es normal encontrar a ambos grupos celebrando en un estadio, sin importar si es partido de rugby o de fútbol, o si son afrikáners o no. El mundial de hace cuatro años demostró que Sudáfrica es una nación que supo utilizar el deporte para la reconciliación. Mandela entendió el poder del mismo, y lo aprovechó.

Ese poder del fútbol hará que este 14 de junio en las calles del país no haya muchos carros, ni peatones. Aunque falte un solo día para definir quién será el próximo Presidente, durante dos horas la mayoría de colombianos van a estar concentrados en una cosa diferente al fuerte ambiente de polarización. Van a estar pegados a sus pantallas viendo fútbol. El primer partido de Colombia en el Mundial, evento al cual la selección nacional no clasificaba hace 16 años, seguramente va a unir a la sociedad en torno a la pasión por ese deporte mundial.

Como lo demuestran los casos de Ruanda y Sudáfrica, el deporte tiene ese poder. Une a la gente y hace que los odios y las estigmatizaciones queden a un lado. La pasión por el fútbol supera las clases sociales, las razas, el rencor y la venganza. En palabras de Mandela, "el deporte tiene el poder para cambiar al mundo. Tiene el poder para inspirar. Tiene el poder para unir a la gente de la manera en que pocas cosas lo hacen. Les habla a los jóvenes en un lenguaje que ellos entienden. El deporte puede crear esperanza donde antes solo había desesperación. Es más poderoso que el gobierno en cuanto a romper las barreras raciales".

Eso es lo que mueve cada cuatro años la Copa Mundial: la pasión desmedida por un equipo, sin que importe la condición social, la raza, el credo, el lugar de nacimiento...

El Mundial es simple y grandemente una fiesta. Durante un mes el sentir corre por cuenta de la vibración de las tribunas, la celebración de los triunfos, el llorar por las derrotas. Y más allá de la pasión futbolística que despierta el Mundial, el fútbol puede ser un gran ejemplo de convivencia y una gran herramienta para la reconciliación de sociedades que han sido invadidas por el odio y por la violencia.