‘Es posible dejar los años oscuros atrás’

¿Cómo salir de la violencia? ¿Qué pueden esperar los colombianos antes y después de que se firme el acuerdo de paz, si este llegara a firmarse? Estas son algunas de las preguntas que le responde a Reconciliación Colombia el afamado sociólogo francés Michel Wieviorka.
 
¿Cuáles son los motivos que hacen que una sociedad sea más violenta que otra? ¿Está Colombia condenada a ser violenta para siempre?

Como sociólogo me parece imposible aceptar la idea de un determinismo cultural y estructural. No concibo que una sociedad pueda ser violenta para siempre. Hay ejemplos de sociedades y de ciudades que eran muy violentas y ahora lo son menos. Medellín es un ejemplo de que es posible dejar los años oscuros atrás. También es necesario tener en cuenta a qué nos referimos cuando hablamos de mayor o menor violencia. ¿Si en un país hay menos homicidios pero más robos, puede decirse que es menos violento? ¿Cómo se compara la violencia?

Para comprender la guerra hay que entender los procesos que llevan a ella y los elementos que permiten que continúe. No es que una determinada sociedad la produzca, sino que se trata de la mezcla de procesos políticos, económicos y culturales. Hay que analizar históricamente cómo surgió el conflicto, cuáles son los actores, etc. La salida de la violencia es un proceso y no algo que ocurre de un día para otro. Es necesario que las acciones de quienes están involucrados en el conflicto armado, y también de los ciudadanos del común, lleven a Colombia hacia la paz. 

¿Cuáles son esas acciones? ¿Cómo se logra superar el conflicto colombiano?

Como sociólogo que vengo de fuera no me imagino diciéndoles a los colombianos cómo superar el conflicto. Sin embargo, por lo que ha ocurrido en casos similares, tengo unas ideas. Lo más importante es que los actores involucrados estén dispuestos a dejar las armas. Me parece que hoy día tanto el gobierno como la guerrilla quieren acabar con la violencia y esto permite que haya procesos de discusión como el de La Habana. Pero saber de dónde viene el deseo de uno y otro es parte del asunto. ¿Será que la guerrilla quiere dejar las armas porque no quieren más guerra y están dispuestos a ser un actor político clásico, o están metidos en las discusiones para ganar tiempo y poder fortalecerse? La motivación de la guerrilla no se conoce, pero las dos opciones son posibles. Por eso me parece fundamental destacar la necesidad de una presión social en medio de las discusiones, una presión que entiendan y acaten quienes están en Cuba.

El deseo de acabar con la violencia debe venir de la sociedad. Si ésta pide matar a los asesinos y acabar con los terroristas por medio de la violencia de estado es distinto a si exige diálogo y una salida pacífica.

¿Cuál cree usted que es el caso colombiano?

La tentación de la opción violenta existe y hay quienes la piden porque creen que la guerrilla es terrorista y la única manera de acabar con el terrorismo es por medio de las armas. Pero también hay quienes apoyan los diálogos de La Habana y una salida pacífica. Lo cierto es que si una sociedad no es contundente en su deseo de acabar con la violencia por medio del diálogo, los políticos no tienen por qué hacer otra cosa. Considero que la presión de los ciudadanos es fundamental. Ellos son quienes pueden y deben decidir.

¿Qué dificultades le siguen a la firma de la paz?

Muchas. Acabar con las armas es muy complicado y tiene muchos posibles escenarios. Por ejemplo, puede que los dirigentes de la guerrilla firmen la paz, pero sus tropas no estén de acuerdo. Y no hay un sólo actor armado, están las Bacrim y el ELN, entre otros. Generalmente los grupos que no aceptan la firma de la paz son los más radicales. Son menos numerosos y menos fuertes, pero más violentos. Tienden a ser poco educados, reacios a participar en discusiones y nada flexibles. Esto es un riesgo.

Un proceso de paz toma meses o años de esfuerzo por parte de los líderes de la guerrilla para convencer a todos sus miembros de reintegrarse a la sociedad; y no es evidente que lo logren. Quienes no quieren el acuerdo, como ha ocurrido en otros países, echan mano de violencia extrema y mediática para sabotear la firma. Si horas antes de que se firme un acuerdo se hace un ataque como el de Palacio de Justicia no es posible hablar de paz. Esto puede ocurrir. Además, acabar con el conflicto no es sólo hacer que las armas desaparezcan. La guerra destruye a las personas.

Yo hablo de cuatro dimensiones de destrucción causadas por la violencia. El primer nivel analiza la imposibilidad de participar en la vida moderna. La guerra ha impedido a muchos hombres y mujeres tener una buena educación, una casa propia, un empleo. A ellos habría que repararlos no solo económicamente, sino con asuntos como la educación y esto no siempre es fácil. La segunda dimensión tiene que ver con la imposibilidad de muchos ciudadanos de ser sujetos de su propia existencia. La violencia despoja a las personas de su humanidad y les impide ser maestros de su existencia y construir su propio proyecto. Las víctimas suelen sentirse sucias y rebajadas a una cosa. La guerra mató dentro de ellas algo de su humanidad. Por eso es necesario crear procesos de rehumanización y resubjetivización. Los ciudadanos tienen que poder sentirse dueños de su propia vida. Para eso se necesita que la víctima sea reconocida como tal, al igual que el culpable, y que se lleven a cabo procesos de reparación simbólicos. En muchos países, Colombia incluido, se hacen museos y monumentos para que la sociedad reconozca a las víctimas y el dolor que cargan. 

La tercera dimensión es la de la víctima como parte de una sociedad, de una cultura o una lengua que puede ser atacada, como en el caso de la Segunda Guerra Mundial. Ahí lo importante es saber que el problema no es de una persona sino de un grupo, de una comunidad. Si, por ejemplo, los paramilitares o la guerrilla se dedican a matar a la gente de una misma cultura hasta que no queda nadie, éste es un tipo de destrucción. Aquí la pregunta es: ¿cómo reconocer y ayudar a las comunidades que fueron destruidas total o parcialmente para volver a construir su identidad? Y la última dimensión tiene que ver con la capacidad del Estado de lograr que sus ciudadanos coexistan en paz. En este caso salir de la violencia significa que el Estado sea capaz de imponer el estado de derecho en todo su territorio. Esto no es fácil, pues, por un lado, hay lograr que los grupos armados dejen las armas y, por el otro, comenzar a reconstruir una sociedad destruida.

¿Cómo lograr mantener la paz si el gobierno logra firmar el acuerdo con las Farc?

Como primera medida es necesario que la firma del proceso de paz sea seria y que las dos partes realmente acepten lo acordado. Si lo firman sin convicción, la paz no va a durar. También hay que ver si las Farc logran convencer a todos sus miembros de que hagan parte del proceso y, como dije, esto puede tomar años.

Por otra parte, me parece que la paz necesita un Estado mucho más fuerte con un sistema de justicia eficaz y justo y unas instituciones sólidas. Más importante aún es que los colombianos entiendan que un país en paz no es uno donde no existen conflictos, sino uno donde los conflictos no se solucionan con las armas. La idea de posconflicto no me gusta. Prefiero el concepto de salir del conflicto armado y lograr que los futuros desacuerdos se desarrollen dentro de las instituciones y no con violencia. Si los colombianos realmente quieren la paz deben saber que todas las sociedades tienen conflictos y que lo que tienen que hacer no es evitarlos, sino institucionalizarlos. Tienen que crear una cultura de la negociación, del debate y de la escucha.

¿Cómo es posible llegar a eso?

La educación es de suma importancia, pero no hay mucha gente que se interese por la educación para la paz. Considero que la solución no es una educación moral arcaica basada en la afirmación de que la violencia es mala. Por supuesto que los niños tienen la imagen del bien y del mal, pero eso no es suficiente. Mucho más interesante es desarrollar en todos los niveles una educación del debate, una cultura de la discusión, de la negociación donde la gente sabe escuchar y hablar. Esto llevaría a los niños a entender que no hay enemigos, sino adversarios. Así el otro dejaría de ser la persona que hay que matar y pasaría a ser el ciudadano con el que puedo disentir o al que logro convencer. Los colombianos deben construir una cultura de debates en que es posible ser criticado sin que eso desemboque en la violencia. Eso para mí es una educación por la paz y es mucho más efectiva que el juicio moral.    
 
¿Qué es para usted el perdón?

El tema del perdón tiene muchas aristas. Por un lado se necesita que el victimario pida perdón y que la víctima esté dispuesta a perdonarlo. Pero aquí hay situaciones en las que la víctima ha muerto y, ¿su hijo o su esposa van a perdonar en nombre de ella? No es tan simple. Uno no sabe si la víctima tenía la capacidad de perdonar. Por otro lado, puede que el culpable también haya muerto y, entonces, ¿a quién va a perdonar uno? También es posible que el culpable pida perdón sólo porque con ello logra una reducción de su pena. La dificultad de este tema radica en su doble dimensión: por un lado es político y por el otro ético; pero la ética y la política no son la misma cosa.  Es posible que a nivel político el perdón se vea como necesario, pero que a nivel ético sea inaceptable. Lo cierto es que el Estado no puede obligar a las víctimas a perdonar por cuenta del proceso de paz. El perdón sólo puede venir de ellas.

Las víctimas pueden perdonar, pero ante todo lo que buscan es justicia. Y ésta no es exactamente lo mismo que el perdón. Es posible que unas víctimas sólo puedan perdonar cuando la justicia ha hecho su trabajo.

¿Pero no surge el perdón precisamente donde la justicia no puede hacer su trabajo porque el crimen es de tal magnitud que no es posible repararlo?

Sí, pero el perdón es una decisión muy personal y no es política, sino ética. La solución del conflicto no puede ser sólo el perdón precisamente porque no es político. Para que lo político sea capaz de imponer justicia, memoria y reparación se necesita que dentro de la sociedad haya movimientos que exijan estos valores éticos. Si la política del gobierno está conectada con los deseos de los ciudadanos y las víctimas, se puede perdonar; pero repito que el perdón no puede ser una imposición del Estado. Esto quiere decir que si las corrientes de opinión ejercen una presión ética fuerte, pueden lograr que lo político se comporte éticamente. Cuando digo esto pienso en el caso de Mandela, un ‘animal político’ con una fuerza ética impresionante. El perdón fue posible en Sudáfrica porque la fuerza moral se transforma en una acción política. Pero no en todas las situaciones hay fuerza ética.   

Siendo extremista yo diría que la salida del conflicto no puede darse sólo con corrientes éticas y tampoco puede ser una decisión exclusivamente política. Se necesita de una y de otra para que los colombianos sean capaces de perdonar y de salir del conflicto. Esto no quiere decir que el perdón sea el único componente ético que permite a los ciudadanos salir de la violencia. Hay otras dimensiones éticas como la verdad y la memoria que también deben llevarse al ámbito político. Cada una de ellas tiene sus peligros. El deseo de alcanzar el perdón puede llevar al Estado a pasar por encima del dolor de las víctimas y la verdad, aunque suene paradójico, está compuesta por muchas verdades. Habrá que ver cuál resulta mejor para el caso colombiano.