El segundo tiempo de monseñor Castro

Luis Augusto Castro vuelve a ocupar la presidencia de la Conferencia Episcopal en un momento clave para el país por el escenario de La Habana con las Farc y por otro probable con la guerrilla del Eln. Ya anunció que impulsará el trabajo por la paz y la reconciliación, lo que ha venido haciendo desde hace más de 30 años. Perfil.

Por José Vicente Guzmán         
Periodista de Reconciliación Colombia
        

Los 77 obispos que conforman la Conferencia Episcopal de Colombia escogieron este miércoles, en asamblea plenaria, su nuevo presidente. Se trata del arzobispo de Tunja, monseñor Luis Augusto Castro, quien reemplazará al cardenal Rubén Darío Salazar.

Aunque Castro ya había sido presidente de la Conferencia Episcopal entre 2005 y 2008, la iglesia católica colombiana le confía nuevamente el cargo en momentos en los que el Gobierno Nacional adelanta un proceso de paz con las Farc y diálogos exploratorios con el Eln.

Esto lo sabe él de sobra y, esta semana, en sus primeras declaraciones a la prensa luego de conocerse la noticia, dijo que “una vez firmada la paz y cesado el conflicto armado, se crearán necesidades nuevas de reparación y reconciliación. Ahí estaremos nosotros siempre listos a ayudar”.

Para varios sectores, el nombramiento es un mensaje inequívoco de la Iglesia Católica en este tema, pues Luis Augusto Castro ha dedicado sus esfuerzos en 33 años de vida sacerdotal a trabajar por las comunidades, las regiones y la reconciliación entre los colombianos.

De hecho, su trabajo como misionero comenzó en el Caguán, en lo profundo del territorio del Caquetá. Allí, evangelizando en veredas y corregimientos, tuvo contactos con grupos alzados en armas que ejercían el control en la zona y poco a poco se convirtió en un mediador entre ellos y la comunidad, a partir del entendimiento de las dinámicas de la realidad. Según la Revista Semana, allí Castro “vio crecer a muchos de quienes hoy son comandantes de frentes” en las Farc y eso lo ha hecho una persona especialmente sensible a las salidas que este país necesita para alcanzar su reconciliación.

Esa sensibilidad y entendimiento de lo que a diario viven los pobladores de las regiones colombianas, le sirvieron en 1997, cuando ya era Obispo de San Vicente del Caguán, para mediar entre el gobierno del entonces presidente Ernesto Samper y la guerrilla. Allí consiguió un acuerdo entre las partes inédito para esa época con el que se logró la libertad de 70 soldados y nueve infantes de marina que habían sido secuestrados en el ataque a la base militar de Las Delicias, la primera de una serie de operaciones militares de gran envergadura de la guerrilla de las Farc.

Para lograrlo  tuvo que pasar varios meses llevando mensajes entre Bogotá y las selvas del Caquetá con absoluta discresión. La prudencia ha sido una de sus grandes virtudes. Un día estaba en el Palacio de Nariño y al siguiente viajaba por el río y caminaba en medio de la espesura de la selva. Hasta que llegó lo que parecía imposible: el gobierno de ese entonces desmilitarizó 13.161 kilómetros cuadrados en la zona del Caguán por 30 días y las Farc liberaron a los cautivos.

Algunos años antes ya había utilizado sus dotes de mediador, cuando logró que alias ‘Fabián Ramírez’, uno de los jefes del Bloque Sur, entregara sin condiciones a cinco de los policías que habían sido secuestrados luego de un ataque de las Farc en Cartagena del Chairá (Caquetá).

Su vocación y profesionalismo, le permitieron ser una de las pocas personas que visitó a los militares y civiles en época de cautiverio para llevarles elementos de aseo y alimentos. 

Su labor en el Caquetá terminó en 1998 –coincidiendo con el inicio de los diálogos de paz de la administración de Andrés Pastrana y la zona de despeje en San Vicente del Caguán–, cuando lo nombraron Arzobispo de Tunja, cargo que aún mantiene.

La experiencia que ganó en esos años le sirvió para formar parte de la Conferencia Episcopal como vicepresidente en 2002 y para ser nombrado presidente de la misma en 2005. En ese mismo año, trabajó desde la Comisión Nacional de Conciliación, instancia creada por la iglesia Católica para buscar soluciones políticas al conflicto colombiano y acompañar los esfuerzos de paz.

Desde allí fue una voz crítica en tiempos de la seguridad democrática, exigiendo un acuerdo humanitario entre el Gobierno y la guerrilla para liberar a los secuestrados. Aprovechando su buen nombre, el presidente Álvaro Uribe lo autorizó a buscar contactos con los grupos alzados en armas para iniciar un diálogo, pero la iniciativa nunca prosperó. Estuvo en la Conferencia Episcopal hasta el año 2008.

Monseñor vuelve a ser presidente de la Conferencia Episcopal en una época relativamente distinta. El conflicto continúa, pero se abre la esperanza de tiempos distintos. La administración de Juan Manuel Santos está llevando a cabo dos procesos de paz paralelos que podrían poner fin a más de 50 años de guerra, cuyas consecuencias el prelado ha visto de cerca.

Y a pesar del optimismo, él sabe que lo más complejo vendría después de un eventual acuerdo. “Lo difícil es lo que viene y tiene que ver con la justicia transicional, es decir, definir cuáles son las responsabilidades de cada uno”, había dicho en una entrevista con El Tiempo la semana anterior a su nombramiento.

Por eso su designación es un alivio para muchos. Monseñor tendrá que usar la experiencia de más de 30 años liderando mediaciones de paz en las llamadas “zonas rojas” y sus  16 años al frente de la iglesia en Boyacá –donde conoció de primera mano los problemas de los agricultores que participaron en el paro agrario de 2013– para acompañar el proceso de reconciliación más importante en la historia contemporánea de Colombia.