Un nuevo aire para la población carcelaria

Ismael Mastrini le encontró sentido a su vida cuando comenzó a enseñarles a respirar y a meditar a los presos en Argentina. Tras seis años de experiencia, implementará ese programa en las cárceles de Colombia. Reconciliación Colombia habló con él.

Fotos: Archivo Particular
Julio 16 de 2014



No sería extraño que, por estos días, un visitante que acuda a la cárcel de mujeres del Buen Pastor en Bogotá se encuentre con un grupo de reclusas en total silencio, meditando y respirando profundo, alejadas de la desolada cotidianidad del centro penitenciario.
 
El ejercicio de meditación es guiado por Ismael Mastrini, un abogado argentino que desde hace años hace parte de la Fundación el Arte de Vivir, una organización especializada en cursos de meditación y respiración para que a través de esta práctica las personas mejoren su calidad de vida.
 
Después de una crisis emocional en la que replanteó su vida, en 2008 Ismael decidió llevar los cursos de respiración y meditación a las cárceles de Argentina. Aunque al principio tuvo complicaciones, con el tiempo los mismos presos empezaron a pedir más clases.
 
Seis años después, y luego de trabajar con más de 10.000 presos en 25 cárceles, puede decir que gracias a su programa la realidad carcelaria en ese país cambió: bajaron los índices de riñas y en una de las cárceles logró que crearan un pabellón exclusivo para los asistentes al curso. 
 
Dado el éxito de su programa, Ismael ha viajado a México, Brasil y a otros países de América Latina para implementarlo en las cárceles de esos países. Este año llegó a Colombia y desde hace un mes trabaja en la cárcel del Buen Pastor. Su idea es que el programa crezca y se implemente en más centros carcelarios.
 
Reconciliación Colombia habló con él sobre cómo esta práctica lográ transformar la vida de las personas y llevarlas a vivir procesos de reconciliación.
 
¿Qué lo llevó a trabajar con los presos de su país en cursos de respiración y meditación?
 
Yo en realidad no quería ser instructor en este tema. Yo me limitaba a practicar la respiración y la meditación, cosa que me hacía mucho bien. Hasta que un día me llevaron a una cárcel que, por coincidencia, resultó ser la misma que aquella que había visitado 40 años antes, cuando terminé mi carrera de abogado. En Argentina acostumbran a llevar a los estudiantes de derecho a los lugares que tienen que ver con el ejercicio de su profesión.
 
¿Qué fue lo que lo sorprendió?

Cuando fui como estudiante a mí me impactó mucho ver a la gente hacinada. Además, me daba mucha vergüenza verlos a la cara porque pensaba que podría ser yo el que estuviera del otro lado. En ese momento me dije que quería hacer algo por la gente que estaba adentro; intenté hacer política y me salió mal, como también otras cosas que intenté no tenían mucho sentido. Sentía que había perdido el tiempo y no lograba hacer nada útil. Hasta que, años después, una instructora me llevó a esa cárcel para que le ayudara en sus clases de respiración y caí en cuenta de que la herramienta que llevábamos era fantástica para ayudar a la gente y para ayudarlos a cambiar. Ahí quise ser instructor dentro de las cárceles.
 
¿Y cómo es el curso?

El caballito de batalla es el curso básico que son cinco días de tres horas con ejercicios de yoga, meditación y respiración. Después de un tiempo se les da un curso avanzado que son cuatro días de silencio sin parar.
 
Después de seis años, ¿qué cambios se presentaron en los presos?

Le doy un ejemplo. En la cárcel que más trabajamos, que es de alta seguridad, tenían un promedio de tres o cuatro muertos al mes dentro de la institución, pero desde hace tres años esa tasa se bajó a cero. También tuvimos la posibilidad de armar un pabellón exclusivo con 32 presos que hacen esta práctica.
 
¿Y del curso a la realidad de las cárceles no hay un choque?

A mí muchos de ellos me decían que había unos códigos carcelarios por los cuales ellos tenían que salir a matar gente afuera. Pero al cabo del tiempo, los convencí de que tocaba cambiar las reglas de la cárcel. Incluso de puertas para afuera. Cuando conseguí que el primero de los chicos se convenciera, inventé una manilla para que cada preso que se la ponga haga el compromiso de no pelear nunca más. De hecho, cualquier otro interno que vea a alguien con la manilla, sabe que con esa persona no va a pelear.  Por eso bajó el nivel de violencia general.
 
¿Y hubo cambios en su vida personal o familiar?

En seguida cambian. Ellos tienen contacto telefónico cada dos o tres días con sus familias y me cuentan que las cosas comienzan a ser distintas. Incluso, una vez un preso me presentó a su papá y me dijo “él está acá por vos”, y me explicó que antes del curso quería salir a matarlo porque presenció momentos en los que le pegó a su mamá, pero luego pudo perdonarlo y ahora está más cerca de él.
 
¿En qué países ha trabajado fuera de Argentina?

En México trabajamos con 5.000 internos. Ahí di cursos en una cárcel de máxima seguridad donde están todos los presos por narcotráfico, y la cosa comenzó a funcionar porque una de las bandas aceptó participar. El problema fue que el Gobierno dio recursos para el programa y cuando cambió el Presidente esto se convirtió en un problema político y se cortó el trabajo. Desde ahí tome la decisión que ningún gobierno entregue plata para el programa. También di cursos en Brasil, Paraguay, Chile, Perú y Venezuela. Pronto comenzaré en Guatemala.
 
¿Y cómo va a ser el trabajo en Colombia?

Estamos comenzando. Por ahora, en la cárcel de mujeres del Buen Pastor porque era la más accesible. Pero la idea también es dar el curso en otras cárceles. No abarco cárceles sino hasta tener garantizada la continuidad en el trabajo. Para eso tengo la necesidad de contar con voluntarios instructores que, a la vez, me garanticen que seguirán dando el taller todas las semanas en el mismo lugar.
 
¿Y qué tal la receptividad de las instituciones penitenciarias en Colombia?

Al principio fue complicado, había mucha burocracia y tocaba llevar muchos papeles y llenar muchos requisitos. Por eso en la primera reunión que tuvimos, traer el curso parecía algo imposible. Pero después de un rato de charla todo se aflojó y lo logramos. Otras cosas complicadas son el espacio y el horario. Las cárceles de acá no tienen lugares adecuados ni horarios regulares. 
 
¿Cómo romper círculos de violencia, rencor y soledad desde la meditación?

La meditación ayuda porque enseña a vivir cada minuto y a vivir el presente sin preocuparse por lo que pasó ayer o por lo que va a pasar mañana. Además, la meditación te llena de amor, y cuando uno se llena de amor, no hay ningún espacio para el odio.
 
¿Ese trabajo individual podría llevar a una transformación colectiva de una sociedad con prácticas violentas como la colombiana?

Esta herramienta sirve porque da una nueva visión de vida. Por lo que he visto en el trabajo en las cárceles en Argentina sé que se puede dar un cambio general. Lo que pasa es que hay muchas instituciones que hablan de rehabilitación de presos, pero no están convencidos que en realidad sea posible hacerlo. Y otras fundaciones que trabajan en el tema no tienen herramientas efectivas de cambio. 
 
En Colombia, muchas veces las víctimas que están en el proceso de ser reconocidas se quedan estancadas en su victimización y son reacias inconscientemente a evolucionar de esa etapa, ¿cómo ayudarles?

Es el mismo proceso, pero visto desde el otro lado. El preso que hace el curso cambia porque se da cuenta que puede tener otra vida y empezar de nuevo. Y esas mismas herramientas pueden servir para curar a una víctima y enseñarle que hay que vivir el ahora. Lo único que necesitan es la voluntad de cambiar y de soltar esa historia y ese pasado.
 
Generalmente, cuando una persona se decide a trabajar por otros escoge hacerlo por quienes han sido víctimas, no victimarios como, a primera vista, pueden ser considerados los reclusos...

Mi preocupación por atender al “victimario” está en que ellos no tienen la posibilidad de acceder a la herramienta dentro de una cárcel. En cambio, las víctimas tienen las puertas abiertas para asistir a la fundación a tomar los cursos.
 
Colombia es un país de sobrepoblación carcelaria, ¿cómo hacer para cambiar la cultura de represión a la de rehabilitación?

Hay que entender algo obvio, y es que el aumento de las penas nunca ha servido para bajar la violencia. Ningún delincuente va con un código debajo del brazo a la hora de realizar un asalto. Ni siquiera tienen la conciencia de que pueden poner en riesgo su vida. Lo que pasa es que ese es un caballito de batalla de la política frente a la opinión pública. Una vez un político me dijo que en su campaña no le servía mostrar presos sonriendo.
 
¿Por qué la respiración puede ayudarnos a la reconciliación?

Porque el trabajo que hacemos conecta con la base de que todos somos iguales. Incluso, de que todos somos puro amor. Si no lo hubiera comprobado ya, no tendría mucho sentido mi trabajo en una cárcel. Sin embargo, hay que saber que no todos cambian, aunque algunos aceptan la posibilidad de una nueva vida, otros dicen que les hizo bien, pero no lo vuelven a poner en práctica.