Las claves de Mandela

Tenía todas las razones para odiar y para apelar a la violencia; pero dejó de obrar movido por la razón y se acogió a la lógica superior del perdón. Esto lo condenó a ir en contravía y a demostrar que cuando se quiere la paz, la razón no es suficiente. La conmoción del mundo ante su muerte ha dejado claro que cuantos logran el milagro del perdón y de la paz hacen mejor al mundo.

Por Javier Dario Restrepo
Publicado en www.vidanueva.co
Foto: Archivo Semana

 
“Nuestra nación ha perdido al más grande”, exclamó Jacob Zuma, presidente de Suráfrica al conocer la muerte de Nelson Mandela, “fue un héroe de nuestro tiempo”, comentó el primer ministro inglés; “logró más de lo que se puede esperar de un hombre”, sostuvo el presidente de Estados Unidos; “símbolo de la libertad, la justicia y la dignidad humana”, lo llamó Fidel Castro; “fue lo más cercano a un santo laico”, “pasará a la historia como un hombre enorme por ser de los poquísimos que tienen la virtud de apelar a la acción y al mismo tiempo triunfar como político”, reflexionaron los periodistas después de de una entrevista concedida. Todos, al conocer la noticia de su muerte, coincidieron en que Mandela hizo mejor al mundo porque reveló que el perdón sí es posible entre los hombres de hoy.

La cárcel como lugar para renacer

Tuvo todos los motivos para emprender el camino de la violencia; así lo dijo en un desusado gesto de franqueza ante el juez que lo había hecho comparecer en aquella audiencia de Rivonia, en 1964. Lo había capturado con la ayuda de la CIA que, siguiendo las instrucciones de la Secretaría de Estados Unidos, había seguido todos los pasos de este hombre clasificado como peligroso terrorista, fundador del grupo guerrillero Lanzas de la Nación y asociado a la muerte de 300 policías y soldados. Richard Stengel, director de Time, como buen conocedor del alma de Mandela, apunta al consignar este momento de su vida: “hubiera podido declararse inocente, pero ese no era un comportamiento de líder”. En efecto, en vez de negar su responsabilidad, los asistentes a aquella audiencia le oyeron decir: “la violencia se ha convertido en inevitable. Hemos elegido desafiar la ley, hemos decidido responder a la violencia con violencia”.

Todos conocían los motivos de sus acciones contra el sistema, pero la mayoría volvía los ojos al otro para no correr riesgos. Nadie podía desconocer la existencia del régimen ignominioso del Apartheid que discriminaba a la población negra y les negaba sus derechos; también era un hecho conocido que mientras la población blanca disfrutaba el nivel de vida más alto del mundo, la de la población negra era una vida de miseria; menos conocida, pero real, era la perversión legal que perpetuaba la situación de sometimiento del negro y le negaba cualquier posibilidad de ascenso, como se veía en el sistema educativo con preferencias y subsidios para los blancos y sin oportunidades para el negro. Mandela haría su conciso memorial de agravios al decir: “recibí una acumulación de mil ofensas, de mil injusticias, de mil momentos que provocaban mi furia, mi rebeldía, mi deseo de luchar contra el sistema”.

A esto se refería al declarar en aquella sala ante un público estupefacto, que cerrados todos los caminos para una solución pacífica, había optado por la violencia.

Ante estas declaraciones, no fue difícil obtener una condena para el reo, la más alta que se podía dictar: prisión perpetua en la cárcel de Robben Island, un moridero en forma de isla presidio, rodeada de tiburones y de guardas, en una estrecha celda en donde el antiguo guerrillero y terrorista renació. Allí estuvo 18 años, y desde marzo de 1982 paso al reclusorio de Pollsmoor, cerca de Ciudad del Cabo y en 1986 a la cárcel de Para, en Cabo Occidental, en donde el rigor carcelario se atenuó. Su nueva prisión, desde donde adelantaría sus conversaciones secretas con el gobierno, era una casa con jardín y piscina en donde podía recibir las visitas de su familia.

Fueron años de morosas y profundas lecturas, de observación fina de sus guardianes cuyo idioma, el afrikaan aprendió para facilitar la comunicación con ellos, y de una implacable autocrítica que cambiarían su visión, que le dieron una orientación nueva a sus métodos de lucha sin alterar, en lo más mínimo, su decisión de cambiar la historia de su país con la liquidación del Apartheid. En la isla cultivaba la tierra, producía vegetales y frutas que compartía con sus guardianes y con los otros presos.

Cuando llegó al final de su encierro, en febrero de 1986, que dejó de ser perpetuo y se limitó a 27 años, el feroz guerrillero que había hecho profesión de violencia ante el juez, ahora tenía el corazón y los ojos mansos. Llevaba cuatro años de conversaciones secretas con el gobierno que lo había condenado.

El reportero inglés, John Carlin, fue el primero en entrevistarlo y con él habló de su decisión de negociar una transición democrática.

¿Cómo?, preguntó, incrédulo, el reportero.

“Reconciliando los temores de los blancos con las aspiraciones de los negros”, fue la enigmática respuesta, conclusión a la que había llegado después de su profunda inmersión en el alma de sus enemigos.

Fue la primera clave: había que conocer al enemigo y no solo imaginarlo bajo la sospechosa dirección de los resentimientos, los prejuicios y los odios. Mandela decidió meterse en la piel del enemigo. Según Steigel, “su capacidad para percibir el bien en cada hombre, era la manifestación sutil de su optimismo”. Para él el ser humano es fundamentalmente bueno; por eso se empeñaba en prender chispas de humanidad aún en los seres más oscuros, comenta Steigel, quien concluye que Mandela, fundó su relación con los otros en el presupuesto de que los demás son íntegros y dignos. Clave fundamental para el perdón y para la construcción de la paz.

Parte de su renacimiento fue la convicción de que la lógica del perdón y de la paz es contraria a las lógicas en uso de la política, de los negocios o de la guerra. Al adoptar esa lógica contraria, supo que se condenaba a remar contra corriente.

Y a pesar de esto sintonizó con el corazón de las mayorías negras y de una parte de los blancos que unieron sus votos para llevarlo a la presidencia.

Aplicó esa lógica enrevesada cuando siendo presidente invitó a un té al general Constant Viljean, un general blanco que recorría a Suráfrica formando células terroristas para derribar al presidente negro a quien no podía dejar de ver como un guerrillero terrorista. Por eso su sorpresa fue grande al encontrarse con un anfitrión que hizo el té, se lo sirvió con un gesto familiar y amable que activó las defensas del militar más que si hubiera encontrado al presidente armado y a la ofensiva.

Mandela estaba aplicando su contralógica, y al cabo de una relajada conversación supo que había escogido la táctica apropiada cuando, el que era su enemigo, admitió que estaba equivocado y le prometió una fidelidad que nunca flaquearía.

Esa fuerza interior que hizo de Mandela el líder mundial del perdón y de la paz tuvo otras reveladoras claves.

Claves para la paz

El arzobispo anglicano, Desmond Tutu trabajó con Mandela en la creación de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, a la que señalaron el objetivo de pedir a los verdugos el reconocimiento de sus excesos y a las víctimas que perdonaran.

El gobierno del Apartheid pretendió cerrar el camino con la afirmación arrogante y miope de que no hablaba con terroristas: “terminaron hablando con terroristas y los terroristas luego llegaron a tener al presidente del país”, recordó Tutu. Si se hubieran empeñado en no hablar con Mandela y con la guerrilla Espada de la Nación, Suráfrica seguiría en guerra y excluida de la comunidad de las naciones. El diálogo eleva los niveles morales de la confrontación porque introduce el elemento racional e inteligente, alejado del recurso fácil de los adjetivos ofensivos; obliga a los interlocutores a examinar los fundamentos de sus juicios y a someterlos a una comprobación de hechos y de juicios. El que dialoga, además, le reconoce una entidad y un rostro a su enemigo y deja atrás la postura radical de negarle la dignidad de ser, que es la situación previa a la decisión de eliminarlo físicamente. El diálogo, por último, es el reconocimiento de que la paz es el resultado de una acción conjunta y de que unos y otros contribuyen a su aparición.

La otra clave tiene que ver con la posición mental de quienes consideran que los “buenos” degradan su condición cuando acceden a conversar con los “malos”. Con un humilde y realista sentido de los hechos, Mandela dio por supuesto que en el drama surafricano había buenos y malos en todos los lados porque le constaba que entre los blancos y entre los negros se habían cometido excesos vergonzosos y una discusión sobre las culpas y los culpables sería interminable y estéril. En cambio había amigos y enemigos, con los amigos se colaboraría y con los enemigos se negociaría. El enemigo es enemigo no porque él sea intrínsecamente malo y yo sea su opuesto o sea el bueno, sino porque su interés no coincide con el mío, o impide el mío; por tanto, entre esos dos mundos diferentes se han de buscar los puntos de contacto, no con recursos de fuerza sino con los de la inteligencia. Eso es negociar, un recurso más digno y humano que el de doblegar al otro por la fuerza.

Sometido a críticas cuando compartió el premio Nobel con el presidente De Klerk, respondió que para tener la paz con un enemigo es preciso trabajar con él, así, el enemigo se convierte en socio.

La otra clave que se descubre en la actividad de Mandela es la del poder pacificador que él le atribuye a la esperanza, y del poder destructor y generador de violencia que descubre en la desesperanza. Recordando esto, Tutu afirmaba: “hay que darles esperanzas a las gentes, que sepan que existe alguien que les da la oportunidad de escucharles, se trata de incluirlos y decirles que son parte de la solución”.

Esperar es tener fe en lo posible y, en este caso, era admitir que en el interlocutor, fuera el negro “terrorista” o el blanco opresor, había posibilidades que debían buscarse y encontrarse. Ese ejercicio tendría que extenderse a los del propio bando porque cabía desconfiar de la capacidad de los del propio grupo para intentar la riesgosa escalada hacia las cimas del perdón desde las profundas simas del odio, los resentimientos y los prejuicios culturales. Es la tarea que Mandela y De Klerk tuvieron que acometer: inyectarle alma al alma de los suyos.

Fuera de Suráfrica

Estas claves se aplicaron en ese hervidero de odios que fue Ruanda en donde también se demostró que el milagro del perdón era posible. Lo recordó en una visita a Colombia Inmaculee Ilibagiza, una sobreviviente al genocidio que la etnia hutu, en el poder, desató contra los tutsis. Todavía con las imágenes de muchos de su etnia en la memoria, recordando los rostros deformados por el terror o por la ira fanática, esta mujer entendió que la solución no estaba en la prolongación de la ira, fue a la prisión en donde estaba recluido el hombre que había asesinado a su familia. La escena la llevará consigo el resto de su vida: ocurrió en la celda en penumbra, maloliente y calurosa. El guardia había quedado en la puerta, atento y sorprendido. Ella entró acompañada por un amigo que tampoco lograba entender.

Cuando el prisionero la identificó pasó del pasmo a las lágrimas y a las frases entrecortadas por los sollozos. Ella, aparentemente serena, controlaba sus emociones. No quería llorar. Le dijo en voz suave que había venido a ayudarle a desprenderse de ese peso que llevaba consigo y que así se libraba ella de la ira y de las voces interiores que la llamaban a la venganza.

En ese momento su acompañante no resistió más y protestó: lo que había hecho ese hombre era imperdonable. Desde la serenidad impuesta con una voluntad de hierro, ella le explicó:

Para que él pueda seguir con su vida y apartarse de su pasado, lo quiero dejar libre y liberarme yo misma. No hay otro camino.

En esa celda el asombro del guardián, el del reo y el de su acompañante fue igual al que ocurriría frente a un milagro. El perdón era lo inesperado, lo no imaginado, lo que rompía toda lógica.

Después diría ella, recordándolo, “cuando perdonas, decides ser más inteligente, evitar que las personas que te pueden herir, vuelvan a hacerlo”. Ese milagro se repitió hasta lograr lo que Ruanda es hoy: un país en paz.

Revelan una necesidad, los entusiasmos periódicos con que los medios de comunicación de Colombia registran gestos como el del guerrillero Martín Sombra de pedir perdón a sus víctimas o el de Sebastián Marroquín, el hijo de Pablo Escobar, al afirmar que “si seguimos en este mar de odios, vamos a ahogarnos todos” o la petición de perdón impuesta por un juez al ejército por los asesinatos cometidos en San José de Apartadó.

Una encuesta radial coincidió con otras investigaciones de opinión sobre la actitud de los colombianos frente al perdón. En este caso el 79% de los encuestados dijo NO a la búsqueda de acuerdos de paz con la guerrilla, en un claro regreso a los tiempos remotos en que la humanidad optaba por la guerra porque la venganza era el único modo de disuasión posible. Ni las cárceles ni las leyes penales, pasaban como respuesta por las despobladas mentes de la humanidad.

Fue un momento de gracia y de progreso de la conciencia humana cuando, ante los numerosos crímenes y criminales de la segunda guerra mundial, el fiscal Jackson, en Nuremberg, planteó la necesidad de otra clase de castigos. Sin proponérselo, planteó uno de los presupuestos del perdón, ante la pobreza humana y mental de los que ante el crimen, solo ven la alternativa del castigo. Para Hobbes “el castigo no tiende a la venganza sino al terror para asustar al criminal”. “Renunciar a ese ciclo infernal venganza-castigo, es el problema de toda sociedad civilizada”, comenta Edgar Morin.

Es, por tanto, un asunto ético, cuando esta se entiende como impulso a la excelencia humana. La comprensión, la magnanimidad, la clemencia, el perdón, hacen parte de esa excelencia a la que ni las personas ni la sociedad, pueden renunciar.