La unión hizo la fuerza

10 de septiembre de 2014
Por José Vicente Guzmán Mendoza, periodista de Reconciliación Colombia
 

En el norte del Chocó, colindando con el Uraba antioqueño, hay cuatro municipios que han sufrido los efectos de la violencia.  Se trata de Acandí, Ungía, Riosucio y el Carmen del Darién, escenarios de luchas armadas, rutas del narcotráfico, contrabando de armas y ataques de grupos irregulares.

Las comunidades de estos municipios, que en su mayoría son afrodescendientes o miembros de etnias indígenas, se han llevado la peor parte de este conflicto. La violencia sexual, las masacres, los desplazamientos y la persecución a quienes buscan proteger los derechos humanos, han convertido a esa zona (y a todo el Chocó) en una bomba de tiempo. Una situación que ha sido denunciada por entidades internacionales, medios de comunicación y la Defensoría del Pueblo.

Pero en medio de ese panorama sombrío, un grupo de 1.250 familias campesinas de los cuatro municipios son una luz de esperanza. Luego de vivir por años bajo la sombra de los cultivos ilícitos, siembran cacao desde el año 2006.

Y hace pocos meses, con el apoyo del Gobierno Nacional y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés), lograron una hazaña que hace ocho años parecía increíble: exportar su producto a Europa.

Historia de una sustitución

Algemiro Gallego, un campesino de la zona que hace parte del proyecto, recuerda que hace diez años la mayoría de familias sembraban coca en sus tierras. “Todos tenían que ver. El que no sembraba, la raspaba, la vendía, trabaja con los grupos ilegales o estaba pensando en utilizarla”, dice.

Esa era la forma de sobrevivir en una región controlada por grupos armados y en donde casi el 80 por ciento de los habitantes eran desplazados por la violencia. Pero todo cambió en 2006 gracias a dos hechos importantes.

La ley obligó a cientos de desmovilizados de grupos de autodefensa que habían actuado en la  zona norte del Chocó a arrancar los cultivos ilicitos de los predios en los que habían estado como parte de su compromiso para reintegrarse a la sociedad. Y al mismo tiempo, el programa Familias Guardabosques prometió entregar recursos de forma regular a quienes mantuvieran sus tierras libres de cultivos ilegales.

Cerca de 8.000 familias se acogieron al proyecto y cada dos meses recibían una mesada de 600 mil pesos. Algunos agricultores siguieron el consejo de la UNODC y ahorraron parte de esos recursos para comenzar un proyecto productivo con cacao y madera al año siguiente (2007).  

Así comenzó el camino hacia Europa. Los campesinos se organizaron por veredas o comunidades cercanas y crearon 10 organizaciones productoras en los cuatro municipios del norte del Chocó.

Felix Santos, un agricultor riosuceño de 49 años, cuenta que encontraron muchos beneficios en el cultivo de cacao: “no necesitaba tantos productos químicos como el platano que yo tenía en mi finca y cuando llegaba el viento no se dañaba la mata”.

Pero con los primeros frutos, comenzaron a llegar intermediarios que compraban cada tonelada de cacao a 4.400 pesos. Algunos los vendían, pero otros comenzarón a sospechar que les podía ir mejor si buscaban directamente a los clientes.

Nace Montebravo

Con el apoyo de la UNODC, tres organizaciones llegaron ante la Nacional de Chocolates en 2010 para ofrecer el cacao. La empresa aceptó el negocio y comenzó a pagarles cada tonelada a 5.000 o 6.000 pesos, dependiento del mercado. Además, les entregaba una prima de 150 pesos por cada kilo.

El nuevo problema era que para cada organización era muy difícil recoger el producto, transportarlo y llevarlo hasta la sede de la empresa. Fue cuando decidieron unirse.

Así nació Montebravo, una gran organización que agrupa las 10 que se habían conformado en los cuatro municipios y que tenía una junta conformada por representantes de cada una de esas pequeñas organizaciones campesinas.

Con una agrupación más sólida, la negociación con la nacional de Chocolates y el proceso de entrega del cacao mejoraron.

“Unidos obtenemos un precio más fuerte. Si llevabamos 20 kilos de cacao cada uno por su lado, era seguro que el precio iba a ser menor. Ahora tenemos mejor precio, mejor trato y más garantías”, cuenta Felix

Algemiro, por su parte, fue nombrado representante legal de la nueva organización. “En dos años cogimos mucha fuerza. Gracias a esa unión el Estado nos escucha más, y los clientes también”, dice. Desde entonces, le han vendido 1.080 toneladas de cacao a la Nacional de Chocolates.

La travesía hasta el viejo continente

El año pasado, aconsejados por el Gobierno Nacional y la UNODC, los campesinos de montebravo decidieron probar suerte en el exterior, pues el tipo de cacao que siembran es apetecido en Europa por ser orgánico y no llevar químicos ni fertilizantes.

Así que luego de una capacitación con el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA),  comenzarón a buscar a los clientes. Lograron enviar las primeras 10 toneladas a Austria, pero no la recibieron porque en el puerto fumigaron la mercancía y el cacao perdió su condición orgánica.

Este año, con mayor experiencia, y luego de reunirse con representantes de la multinacional francesa Valrhona, enviaron 12 toneladas a Francia y otras 10 a Austria  que llegaron sin ningún problema.

Montebravo, ahora, espera ampliar sus negocios en el exterior. “El futuro de nosotros es exportar y ya estamos buscando otras empresas de talla internacional. En la feria de Alimentec que se realizó en Bogotá quedamos con muchos contactos interesados de Estados Unidos y Europa”, dice Algemiro.

Pero para eso necesitan mejorar sus procesos. Para exportar cacao orgánico, deben pagar cada año una certificación que cuesta 16 millones de pesos y cumplir los requisitos de sus clientes. Por ejemplo, para el envío de este año, los franceses sólo aceptaron el cacao de tres de las diez organizaciones que conforman Montebravo. La idea es que más adelante todos puedan exportar, para aumentar la cantidad del producto.

Pero por lo pronto, los campesinos aprovechan los buenos momentos. “Hoy tenemos 1.200 hectáreas sembradas y hemos vendido cerca de cuatro mil millones de pesos sólo en Colombia”, cuenta Algemiro. “Eso demuestra que los campesinos necesitamos que nos apoyen y estamos agradecidos con las insituticones. Es bueno ver la presencia del Estado Nacional” .

Una opinión que contrastra, en gran medida, con la que muchos tienen sobre el abandono general en el que se encuentra el Chocó, pero que confirma que existe una luz de esperanza para que la situación mejore definitivamente.