El regalo del padre espiritual para los Koguis

15 de septiembre de 2014
Por José Vicente Guzmán, periodista de Reconciliación Colombia

 
En medio de los bosques de la Sierra Nevada de Santa Marta, un puñado de café nace a la sombra de los árboles. Bajo el cuidado de los Koguis, una antigua etnia indígena que habita en la zona desde antes de la colonia, los cafetos –plantas que producen el café– crecen de forma diferente a como lo hacen en el resto del país.

No sólo porque aquí están cultivados justo en medio del bosque y de otras especies vegetales características del lugar, pues los Koguis no acostumbran a talar ningún árbol para llevar a cabo su actividad agrícola, sino porque en el proceso no se utilizan químicos ni fertilizantes.

Es café silvestre y orgánico. Un producto que desde hace diez años comenzó a cambiar la vida de cerca de 300 familias indígenas de Santa Marta, Ciénaga (Magdalena), Valledupar (Cesar), y Dibulla (Guajira). Y que hoy es vendido al exterior, para ser consumido por familias de Alemania y Estados Unidos.

Pero estas tierras que hoy producen café estuvieron por muchos años bajo el control de colonos y campesinos que, impulsados por las bonanzas marimbera y cocalera que imperaron en el país, las llenaron de cultivos ilícitos.

Historia de un despojo

Jorge Mario Ramírez, quien trabaja con las comunidades indígenas desde hace ocho años, cuenta que el crecimiento de los cultivos ilícitos en la Sierra Nevada de Santa Marta se remonta a finales de los años 70. Sin embargo, los problemas de los Koguis ya habían comenzado mucho antes.

Desde la época de la colonia, cuando los españoles llegaron a tierras americanas, cientos de indígenas comenzaron a refugiarse en lo alto de la Sierra por miedo de encontrarse con el visitante blanco. Las tierras sagradas, en las que varias comunidades habían vivido por siglos, comenzaron a ser ocupadas por los forasteros que, con el tiempo, se convirtieron en lugareños.

Todo empeoró en los años 40, durante la época de la Violencia y de las guerras civiles en el país, cuando campesinos de los pueblos bajos de la Sierra comenzaron a subir y a colonizar las tierras que aún tenían en sus manos los indígenas.  Los Kogui, temerosos, se replegaron aún más arriba.

Y cuando llegó la bonanza marimbera, a comienzos de los años 80, esos campesinos, que ahora vivían en la Sierra Nevada de Santa Marta, comenzaron a sembrar, de manera desbordada, cultivos ilícitos.

La ubicación estratégica de la Sierra y su acceso fácil al mar, la convirtieron con el tiempo en un lugar obligado para quienes quisieran traficar drogas, contrabando o armas. Así crecieron también los laboratorios para producir coca, lo que atrajo a los actores armados y a la violencia ‘moderna’ que aún afecta al país.

Historia de un retorno

Pero cuando terminaba la década de los 80, los Kogui decidieron recuperar sus antiguos territorios. Y lo hicieron de una forma particular: le pidieron recursos  al Gobierno y a varios organismos internacionales para comprar los predios que antes les pertenecían y ahora estaban en manos de campesinos y privados.

"Así, poco a poco, fueron bajando la sierra y encontraron sus terrenos dañados por los cultivos de coca y los laboratorios: con bosques talados y los ecosistemas alterados. Incluso los que solían ser sus lugares sagrados”, cuenta Jorge Mario.

En el año 2006, el Gobierno Nacional lanzó el programa Familias Guardabosques, que entregaba recursos económicos a las familias que decidieran no tener cultivos ilícitos en sus tierras.

Cuando el Presidente de entonces, Álvaro Uribe Velez, llegó a la Sierra Nevada a invitarlos a participar del programa, los Kogui le propusieron un trato diferente: Poner esos recursos en una bolsa colectiva, que les permitiera a las comunidades seguir comprando los territorios que antes les pertenecían, especialmente los que tuvieran cultivos ilícitos.

Así nació el programa ‘Familias Guardabosques, Corazón del Mundo’. De esa manera, y en conjunto con la estrategia de pueblos talanquera, que buscaba crear nuevos asentamientos indígenas para ir aumentando los terrenos controlados por las comunidades, los Kogui siguieron recuperando sus tierras.

El café

Mientras recuperaban sus predios, los indígenas encontraron matas de café que crecían a la sombra de los grandes árboles del bosque, lo que estaba en concordancia con sus creencias y tradiciones. “Para ellos eso fue una señal y un regalo de su padre espiritual”, cuenta Jorge.

Entonces, mientras erradicaban los cultivos ilícitos, los Kogui comenzaron a sembrar café con el apoyo de la Oficina de las Naciones Unidas para la Droga y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés).

Pero lo hacían a su manera: “Los indígenas tienen un gran sentido de preservación del medio ambiente y por eso no usan químicos, no tumban árboles, no reemplazan las matas ni mudan los cultivos y generalmente no buscan expandirlos. Por eso, el café crece dentro del bosque”, cuenta Darío Avendaño, enlace de la UNODC en la zona.

Pronto, ese café comenzó a dar frutos. 300 familias con 1.600 hectáreas comenzaron a producir un grano que los intermediarios apreciaban por su sabor. Con el tiempo, la comunidad se dio cuenta de que podían sacar mayor provecho si vendían el café directamente al consumidor.

Con el apoyo de la UNODC y otras organizaciones, diseñaron un programa de producción, acopio y comercialización de los cafés con su propia marca. “Se dieron cuenta de que podían hacer todo el proceso ellos mismos”, cuenta Jorge.

El programa implicó construir en 2013 un gran centro de acopio, un patio de secado, varias bodegas de almacenamiento y un laboratorio para el análisis de la calidad del café en el corregimiento de Mingueo, ubicado en Dibulla (Guajira). Además de varios centros de acopio en las partes alta y baja de la sierra.

Hoy, el café producido tiene su propio empaque y lo venden en los Carulla de todo el país con el nombre de ‘Café Kogui’. También lograron firmar acuerdos para exportarlo a Alemania y Estados Unidos con el nombre de ‘Café Teyuna’.

Actualmente están buscando un contrato para exportarlo a Canadá y quieren conseguir recursos para aumentar el volumen producido. También trabajan por mejorar las estrategias de mercadeo del producto.

Sin embargo, lo que aún los desvela es seguir recuperando su territorio ancestral. Como dice Darío Avendaño, “ellos están tan convencidos, que la mayor parte de los recursos que les llegan por el café, los quieren usar para comprar los predios que alguna vez perdieron”.