Una dulce solución

10 de septiembre de 2014
Por José Vicente Guzmán Mendoza, periodista de Reconciliación Colombia

 
Pablo Villota llegó al Valle del Guamuez, un municipio ubicado en la esquina suroccidental del departamento de Putumayo, buscando un mejor futuro para su familia. Venía de Sandoná (Nariño), siguiendo los rumores que hablaban de una bonanza para los campesinos.

Se trataba de la coca. Un cultivo ilegal que para muchos agricultores colombianos se había convertido en una salida económica debido al alto precio que pagaban grupos armados irregulares y narcotraficantes por la hoja de la mata, con la que fabrican la cocaína.

“La gente comentaba que daba mucha plata”, cuenta Pablo, quien se instaló en la vereda Loro Dos junto con otras tres familias que también venían de Nariño.

Pero lo que encontraron no fue esperanzador. “Nunca fue algo realmente productivo. El verdadero beneficiado era el gran comerciante, porque lo que ganaba el campesino se le acababa muy rápido. Estábamos viviendo mucha violencia y no parecía haber futuro”, recuerda Pablo.

La situación los cansó y en el año 2001 –cuando muchos de los programas de sustitución de cultivos aún no cogían impulso–, las cuatro familias de Nariño propusieron a sus vecinos cambiar los cultivos ilícitos por productos legales. 

Pero convencer a los demás no era una tarea simple. La cultura de la plata fácil estaba incrustada en la región y muchos se opusieron a la idea. De hecho, de las 44 familias que vivían en la vereda, sólo 22 estaban de acuerdo con sustituir la coca.   

Pero las Juntas de Acción Comunal organizaron reuniones y mingas, y la gente poco a poco fue cediendo. Al final, los que no estuvieron de acuerdo decidieron dejar que los otros hicieran el intento.

A punta de voluntad

Las 22 familias, entonces, crearon la Asociación Agropecuaria Industrial Loro Dos, más conocida como Agrild. Con el apoyo de varias entidades públicas y privadas, y por la experiencia que traían los campesinos de Nariño, en donde ya funcionaban trapiches pequeños que sostenían familias o veredas, le dieron impulso a la caña panelera.

Ecopetrol se interesó en el proyecto y aportó 39 millones de pesos que los campesinos utilizaron para sembrar 21 hectáreas de ese producto.  Muchos, sin embargo, tenían sus dudas al respecto, pues decían que en Mocoa –la capital del Putumayo– no había funcionado una experiencia similar.

Pero el clima seco y la tierra de Valle del Guamuez no fueron un impedimento y la caña finalmente creció. Más decididos, los campesinos pidieron prestamos en  bancos y entidades financieras, y con 17 millones de pesos e implementos que les donaron algunas empresas de la zona, construyeron un trapiche mediano y una red panelera.

Demoraron tres años en sanear la deuda que les quedó luego de la obra. Pero en el año 2006 pudieron entrar al programa de Familias Guardabosques  del Gobierno Nacional, que consistía en entregar recursos a las familias campesinas que mantuvieran sus tierras sin cultivos ilícitos.

Yenny Romero, contacto en la zona de la Agencia de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés), cuenta que cuando los conocío “ellos ya debían llevar bastante tiempo en esto, pues tenían caña sembrada y un trapiche”.

Las duras y las maduras

Pero no todo fue color de rosa. Las fumigaciones con glifosato que el Gobierno adelantaba en la zona para dañar las matas de coca, también afectaron varios cultivos de caña. Y en alguna oportunidad, el precio de la panela tuvo un bajón a nivel nacional que hizo desertar a más de un campesino y que casi quiebra la organización.

Sin embargo, el momento más difícil fue causado por las pirámides, una serie de entidades ilegales que crecieron en Colombia hacia el año 2005, especialmente en Nariño y Putumayo, y que engañaron a la gente del común para que entregaran su dinero, con la promesa de devolverlo con rendimientos de más del 100 por ciento.

Muchos agricultores vendieron sus cultivos de caña o los descuidaron por entregar su dinero a las pirámides. “A mí me tildaban de loco porque disque no aprovechaba la oportunidad de hacer plata sin joderme. Pero yo segui trabajando acá con unas cinco familias que no dejamos caer el proyecto”, cuenta Pablo.

En 2008, cuando las entidades financieras intervinieron y las pirámides ‘se cayerón’ dejando en quiebra a miles de familias, Agrild pudo sobrevivir gracias a los pocos campesinos que resistieron con sus cultivos. Y a partir de ese momento, la organización empezó a crecer.

Floriberto Cumbal, un campesino nariñense de 38 años que llegó a Valle del Guamuez en 2009 con la idea de participar en el proyecto de la caña, cuenta que al principio llegó sin dinero. “Yo tenía que rebuscarme en el pueblo la plata para el colegio de mis hijos, pero cuando comenzó a coger la caña, empezó a salir cada vez más trabajo”.

Entidades, como la UNODC, apoyaron a la organización con varios de sus proyectos e implementaron un programa llamado ‘post-erradicación y contención’, que consiste fortalecer la producción agrícola de comunidades y familias que ya han dejado los cultivos ilícitos.

Presente y futuro

Actualmente hay 48 hectáreas de caña que benefician a 28 familias. Pero la idea de una alianza productiva que Agrild firmó con la Gobernación del Putumayo es ampliar ese número a 69.

Por otro lado, Ecopetrol, la UNODC, la Unidad Administrativa para la Consolidación Territorial y la Alcaldía de Valle del Guamuez invirtieron 840 millones de pesos para mejorar el trapiche con el fin de cumplir con la regulación sanitaria del Invima, y obtener un certificado que les permita a los campesinos comercializar en otras partes del país la panela que hoy venden en las plazas de mercado del municipio.

Terminando agosto de 2014, los campesinos recibieron el nuevo trapiche, que está en la capacidad de producir 100 hectáreas de caña si trabaja durante 12 horas diarias. Ahora, los agricultores sólo esperan la certificación del Invima para concretar negocios con personas de Pasto (Nariño) y otros municipios del departamento de Putumayo que se han mostrado interesadas, y para buscar clientes en Bogotá.

Pablo dice que así están asegurando el futuro de sus hijos y de sus nietos. Varios de sus vecinos aún tienen cultivos ilicitos en sus tierras, y él les aconseja que guarden la plata o la usen para empezar a sembrar, así sea en pequeñas proporciones, productos que sean legales.

Les dice que la plata que llega fácil, se va fácil, y les cuenta que al recordar la época de los cultivos de coca, siente mucha tranquilidad. “Uno sabe que la caña es limpia y se la puede dar a un niño sin problemas. Es una proteína que no le hace daño a nadie”.