Lecciones que deja el debate de las heridas abiertas

Aunque el debate sobre paramilitarismo que enfrentó a Iván Cepeda y Álvaro Uribe estuvo lleno de insultos, amenazas de denuncias penales y heridas abiertas, es un primer paso para hablar en un escenario democrático de los temas que el país necesita saber la verdad.  Análisis de Reconciliación Colombia.

19 de septiembre de 2014

En el recinto donde normalmente se realizan las sesiones plenarias del Congreso de la República, varios pesos pesados del país político se reunieron para presenciar uno de los episodios más sonados durante los últimos años.

El esperado debate sobre paramilitarismo en el que el congresista del Polo Democrático Iván Cepeda acusó al expresidente y hoy senador Álvaro Uribe Vélez de nexos con estos grupos y con el Cartel de Medellín. Y en el que Uribe, durante su defensa, atacó a Cepeda, Jimmy Chamorro, Germán Vargas Lleras y Juan Fernando Cristo, y los acusó de relacionarse con grupos ilegales.

Más allá de las críticas a la actitud y al lenguaje de algunos parlamentarios, a la falta de pruebas concretas de algunas de las acusaciones que se hicieron de lado y lado, o a la exagerada atención que los medios de comunicación le dieron al debate, hay asuntos por rescatar del ejercicio que copó la agenda del Congreso de la República durante este 17 de septiembre.

Para empezar, varios de los que participaron activamente, incluyendo a los dos protagonistas, son víctimas directas de la violencia que ha azotado por tantos años al país. Es más, como una coincidencia extraña, a los senadores Iván Cepeda, Álvaro Uribe, Carlos Fernando Galán, Rodrigo Lara Restrepo, y a los ministros Yesid Reyes y Juan Fernando Cristo, diferentes grupos armados les asesinaron a sus papás.

Ese detalle no es menor. Demuestra que hay una generación de colombianos marcados por la violencia,  y la gran mayoría de ellos piden, sobre todo, saber la verdad de lo qué paso en cada uno de sus casos, el por qué ocurrieron los hechos y quién es el verdadero culpable. Ese es el centro del debate.

Muchos de los problemas que ha tenido Colombia, se dan porque el país evita entrar a fondo en los temas trascendentales y trata de no llegar a verdades que pueden resultar incómodas y dolorosas. Por eso es que nunca se ha discutido a fondo la responsabilidad que recae sobre la clase política colombiana al involucrarse con los diferentes grupos ilegales, como las Farc, los carteles del narcotráfico, el Eln o los paramilitares.  O de usar las fuerzas legales para fines ilegales.

Casos como el proceso 8.000 –que juzgó a varios congresistas por sus relaciones con el Cartel de Cali– o la parapolítica han quedado a medias; con un grupo de condenados, pero sin que se establezcan las raíces y las verdades completas de las relaciones entre la clase política y esos lazos ilegales. De hecho, la relación con otros grupos armados ni siquiera se ha evaluado.

Por ese motivo, que en un recinto democrático como el Congreso de la República, que tiene representantes de diversos sectores de la sociedad que se han ganado un escaño a través del voto, se discuta de manera abierta y frente al público cuál es la relación de un sector de la política con un grupo armado como los paramilitares,  es un avance significativo.

Como también lo es que hoy, en el transcurso del día, se haya anunciado que en los próximos meses, el Centro Democrático, partido de Álvaro Uribe, citará a otro debate para discutir las relaciones de congresistas y políticos con las Farc.

Ambos debates son necesarios siempre y cuando se realicen en un ambiente democrático y con la disposición de todos los actores a decir la verdad. Bien lo dijo el senador Roy Barreras el miércoles pasado, refiriéndose a Cepeda y a Uribe: “Ojalá este debate tuviera un llamado a la verdad para sanar las heridas por las muertes de sus padres y no para profundizar esas heridas”.

¿Y la reconciliación qué?

En efecto, no basta con dar los debates que el país no se ha atrevido a dar a lo largo de su historia. Es necesario que estos busquen sanar las heridas y no abrirlas, que se den con altura y asumiendo responsabilidades, y que el resultado sea construir la verdad, por más dolorosa que sea.

Los resultados del debate del miércoles, en ese sentido, dejaron mucho que desear: no quedaron verdades, sino acusaciones vagas que incluso terminaron en anuncios de denuncias ante la Corte Suprema de Justicia. Aunque es cierto que la justicia tendrá la última palabra, en el ambiente quedó la sensación de que se lanzaron acusaciones sin pruebas contundentes.

Además, los insultos de lado y lado agudizan la polarización que hay en el país, algo que puede terminar generando más violencia.

Jorge Enrique Robledo, senador del Polo Democrático, lo expresó de manera contundente: "Si no somos capaces de resolver esto y la polarización sigue creciendo, podemos terminar repitiendo esa historia de la violencia, cuando, agitando trapos azules y rojos, el pueblo se mataba”.

En el futuro, este tipo de debates debe tener una dosis adecuada de responsabilidad, reconocimiento de la culpa y verdad. Como lo dijo Antonio Navarro Wolff, desmovilizado del M-19 y senador por la Alianza Verde,  el país necesita “menos arrogancia de parte todos y menos derecho a sentirnos los únicos con la capacidad de tener la verdad. Me gustaría que en algún momento de la historia pudiéramos pedir perdón porque aquí, como en la Biblia, se debe pensar que quién esté libre de pecado que tire la primera piedra (…) Tengamos la grandeza y la generosidad con la historia de este país de pedir perdón para empezar a construir una Patria para todos”.

Ese debería ser el resultado final: construir un país mejor, con verdad, justicia y reparación. Un país reconciliado que tenga como premisas esos derechos negados durante décadas.