La memoria de una ‘vorágine’ olvidada

Detrás de la historia de José Eustacio Rivera, se esconde un fenómeno real: la fiebre del caucho en Colombia, que a principios del siglo XX causó la muerte de cerca de 30.000 indígenas en la zona del Putumayo. El Centro Nacional de Memoria Histórica recopiló datos sobre el horror.

23 de septiembre de 2014
Por José Vicente Guzmán         
Periodista de Reconciliación Colombia

 
“¡Ved en lo que ha parado este soñador: en herir al árbol inerme para enriquecer a los que no sueñan; en soportar desprecios y vejaciones en cambio de un mendrugo al anochecer! Esclavo, no te quejes de las fatigas; preso, no te duelas de tu prisión; ignoráis la tortura de vagar sueltos en una cárcel como la selva”, Fragmento de La Vorágine, José Eustasio Rivera. 
 
Hace 100 años, durante las primeras décadas del siglo XX, el territorio que hoy comprende los departamentos del Putumayo y del Amazonas era el escenario de una de las más feroces matanzas indígenas de la historia colombiana reciente.

En las narices del Estado colombiano y ante la indiferencia del centro del país –algo que no ha cambiado mucho en la Colombia de hoy–, empresarios que explotaban el caucho en la selva amazónica comenzaron a ejercer la autoridad en territorios en donde no había presencia institucional.

Se hicieron a terrenos inhóspitos y utilizaron como mano de obra a miembros de las comunidades indígenas que habitaban en la zona, a quienes mantuvieron bajo su poder en condiciones muy parecidas a la esclavitud.

Para eso, instauraron un régimen de terror que ejercieron de forma sistemática con capataces sangrientos, ejércitos propios que patrullaban las zonas, deudas imposibles de pagar y castigos físicos por incumplimiento de metas y desobediencia.

Lo que sucedió fue tan atroz, que según cifras de Gonzalo Sánchez, director del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), durante las tres décadas (de 1900 a 1930) que duró la llamada ‘bonanza cauchera’, murieron cerca de 30.000 indígenas que en su mayoría fueron víctimas de vejámenes como latigazos, mutilación de partes de su cuerpo, violaciones, o incineración, entre otros.
 
Memoria: 100 años después

Pero a pesar de su magnitud, la tragedia cauchera poco se conoce en el país y no está presente en el imaginario popular. Más allá de ‘La Vorágine’, un famoso libro de José Eustasio Rivera que detalló en 1924 algunas de las condiciones inhumanas en las que vivían las comunidades por culpa de las caucherías, poco se ha escrito sobre lo que ocurrió en el Amazonas colombiano durante esos 30 años.

Por ese motivo, el CNMH acaba de lanzar el informe ‘Putumayo: La vorágine de las caucherías’, conformado por dos libros que detallan los procesos que llevaron a la explotación cauchera y al genocidio de miles de indígenas en las selvas colombianas.

“Este es un ejercicio de memoria de larga duración que va más allá del conflicto armado. Y lo hacemos, porque para las comunidades indígenas, la violencia no comenzó hace 50 años, sino que viene dándose desde el inicio de la conquista”, explica Patrick Morales, coordinador de enfoque étnico en el Centro Nacional de Memoria Histórica.

La idea de la investigación nació cuando la comunidad Huitoto que vive en La Chorrera (Putumayo) realizó en 2011 una conmemoración de los 100 años del genocidio cauchero, a donde invitaron a las comunidades indígenas de Perú, Colombia y Brasil, las que también fueron víctimas de esa práctica.

Allí, las autoridades del CNMH se dieron cuenta que hacía falta un informe que detallara  lo que había pasado con esas comunidades durante la bonanza cauchera.

Para aprender del pasado

Para realizar el informe, un equipo de investigación liderado por Augusto Gómez López, profesor de la Universidad Nacional, tuvo acceso a fuentes documentales elaboradas por indígenas que fueron testigos de los hechos y a testimonios de caucheros, misioneros, militares y agentes gubernamentales locales y regionales.

El resultado son dos libros que cuentan el proceso de consolidación de los empresarios caucheros en la zona del Amazonas, y detallan las prácticas esclavizantes de las caucherías, los testimonios de sobrevivientes y víctimas, los mapas de la zona afectada y, sobre todo, los informes y llamados de auxilio que varias personas le hicieron al Gobierno Nacional de entonces.

Para las comunidades indígenas que participaron activamente en la elaboración del informe esta es una oportunidad de aprender de lo que pasó.  

“El impacto de las caucherías no sólo fue económico, también fue cultural y espiritual”, dice Gil Farecade, autoridad de los huitoto de La Chorrera. “Pero en nuestras comunidades llevamos construyendo memoria desde hace varios años a nuestra manera y de forma positiva, sin ánimos de venganza. Y este informe nos da un aliento para continuar ese trabajo”.

Un trabajo que busca evitar que se repita lo que ocurrió a principios del siglo pasado. Algo que no es imposible,  pues luego de la bonanza cauchera siguió la explotación de la hoja de coca, que llevó a narcotraficantes y a grupos armados a la zona, donde nuevamente las comunidades indígenas fueron las principales víctimas.

Y últimamente, con el auge de productos como el coltán o el oro, la minería ilegal está acabando con los recursos naturales de la Amazonia y está arrastrando a varias personas de la comunidad.

Como dice Gil: “En todo el ciclo de las bonanzas y con tanta riqueza que ha salido de nuestros territorios, no hay un solo indígena que se haya beneficiado. Ni con nuestra planta sagrada (la coca), ni con el caucho, ni con el oro, ni con la quinua, ni con las pieles. Sólo quedo pobreza en nuestro territorio”.

Un tema al que el país le debe prestar atención, si no quiere que se repita la misma historia de siempre: masacres y genocidios que ocurren sin que nadie pueda hacer nada para evitarlos.
 
Algunos testimonios

“Por el caucho que sacábamos nos pagaban muy poco (…) Frecuentemente nos azotaban con un látigo grueso, hecho de cuero de danta, a unos, extendiéndolos en el suelo y boca abajo, sujetos a cuatro estacas y, a otros, amarrándolos de las manos a la espalda y colgándolos después de un árbol o de una viga de la casa Cuando dejaban de azotarnos, nos echaban en las heridas agua sal caliente”, testimonio de Perú, un huitoto que trabajó en la Casa Arana en el Putumayo. Fue narrado en 1911.
 
“Cuando la bola de caucho que traían del trabajo les parecía pequeña a los empleados encargados de recibirla, les daban tres azotes tan fuertes que de cada uno les hacían saltar del cuerpo los pedazos de carne. Esto lo hacían con los ancianos y los niños, que eran incapaces para el trabajo, por la edad”, testimonio de Marcelo, un huitoto que trabajó en Jaramillo, Mejía y Compañía en el Putumayo. Fue narrado en 1911.

El informe lo puede descargar en este enlace.