Cuando la ficción y la realidad pueden fácilmente confundirse….

A propósito de la parálisis que se registra en 23 cárceles del país, Reconciliación Colombia rescata la carta escrita por la reclusa Celina Franco Valdivia a las autoridades colombianas en Mientras Llueve, novela de Fernando Soto Aparicio. Juzguen Ustedes el parecido con la realidad que hoy afecta a 52 mil personas, según informa la Defensoría del Pueblo.

28 de octubre de 2014

La situación carcelaria del país está en un punto crítico, pues por estos días no solo guardianes, sino reclusos y reclusas están protestando por la situación de los centros penitenciarios. Esta situación, sin embargo, no es nueva. Mejor, puede considerarse como no resuelta. Varias de las iniciativas registradas en Reconciliación Colombia buscan afectar positivamente la situación de las personas que pagan penas de prisión, por considerar que por ahí también pasa un país más civilizado.
    
Y eso, sin considerar, que un número incierto de reclusos y reclusas están en esa situación quizá por delitos que no cometieron, como le pasó a Celina Franco Valdivia, en la novela de Fernando Soto Aparicio. Aunque ficción, la carta de esta reclusa muestra la triste realidad a la que son arrojadas cientos de personas cuando ingresas a un centro de reclusión.

Juzguen ustedes mismos en esta, la carta de Celina contenida en la novela de Soto Aparicio, y dirigida al Presidente, al Ministro de Justicia y al director de las cárceles:              

“Enero 3/61       
señor ministro o señor presidente o señor director de las cárceles:         

Voy a dirigirme a Ustedes aun cuando tengo la seguridad de que mi carta será archivada en el mejor de los casos o de que irá a parar con el sobre cerrado todavía a la canasta de los papeles.


quiero hablarles por un momento robarles unos minutos de su precioso tiempo de ese que invierten en discusiones inútiles y estériles o en adular a otros que están por encima de ustedes o en cimentar las bases de su porvenir dentro de los acontecimientos políticos, no es mucho apenas unos cinco minutos. pueden leer esta carta mientras un embolador da lustre a sus zapatos o en tanto toman un tinto en el lapso vacío del viaje diario a la oficina cuando cómodamente arrellanados en sus automóviles comprados por el pueblo para el gobierno ven pasar como en un desfile de pesadilla la miseria que llena de lacras y de llagas pútridas la fisonomía de este pobre enfermo que se llama colombia.

quiero solamente pedirles que miren un poco hacia el cumplimiento de los que lógicamente serían sus deberes, que se preocupen menos por atender los engranajes de la burocracia y que vuelvan su mirada hacia el problema que estamos sufriendo más de medio centenar de miles de colombianas o sea todas las que por una u otra causa nos hallamos confinadas dentro de los infranqueables límites de una cárcel.

imagínese por un minuto cómo es la vida de una presidiaria. nos levantamos a las cinco de la mañana porque es una norma del penal que se debe tener bastante tiempo para disfrutar del aburrimiento. nos hacen medio lavar en colas muy largas donde se oyen toda clase de expresiones contra la vida contra dios contra las madres que en desarrollo del amor o de la pasión nos trajeron al mundo. nos hacen medio lavar ya dije bruta me estoy tirando la carta nos lavamos un poco nosotras que hemos perdido por fuerza el último resto de nuestra coquetería apenas si nos echamos agua en los ojos para alejar el sueño de la madrugada y nos juagamos la boca para desterrar el mal aliento. después podemos usar los baños por turnos oyendo insultos por la demora expuestas a que al salir las demás presas nos ataquen a mordiscos o puñetazos.

ese es el prólogo luego nos meten al comedor que es una pieza estrecha toda de cemento y en donde hace un frío increíble. nos sentamos rezamos el avemaría hay algunas que lo deforman burlándose santa maría coja la mía y nos dan el caldo con pan y aguadepanela a medio dulce.

después de unos meses de esta alimentación ya no se siente hambre. Todo dirán ustedes sentados en sus cómodos sillones y ante sus platos abundantes es cuestión de costumbre.

y regresamos a las celdas. en algunas cárceles son individuales, se mete una adentro como a un ataúd y allí permanece maldiciendo de todo o agotándose en espasmos solitarios para llenar de alguna manera el tiempo. en otras cárceles como esta nos sepultan a dos o cuatro en una misma celda y entonces viene lo peor, cuatro temperamentos diferentes confinados en un espacio tan pequeño que no deja campo sino para moverse. las ofensas las burlas crueles inclusive los golpes son cosas de las que no se enteran las encargadas de vigilarnos porque entre nosotras existe la ley del silencio.

una mujer llega a la cárcel para pagar una culpa que en muchos casos no cometió o que cometió por falta de educación suficiente por una mala ilustración por una preparación inadecuada para la vida. entra a pesar de su delito todavía limpia con posibilidades de reincorporarse normalmente a la sociedad. aquí aprende toda clase de trucos los rezos los maleficios que enseñan las viejas brujas de los últimos patios se aficiona a la marihuana y es capaz de matar para obtener una pequeña ración o se acostumbra al homosexualismo y ya nunca logrará librarse de él, si hay algunas reclusas que demuestren una especie de cariño puro y verdadero de ternura fraternal no tarda en corromperse porque el ocio inmoderado hace crecer los apetitos y hay que darles salida en cualquier formal.

ustedes altos jerarcas de la justicia poderosos señores del gobierno hombres privilegiados que manejan el pueblo desde lejos desde torres de marfil a donde no llegan los ecos de los llantos ni de las maldiciones podrían volverse un poco sobre nuestra miseria. no abrirnos las puertas de las cárceles pero al menos darnos una ocupación utilizar nuestras fuerzas en lugar de que se pierdan en la fabricación de túneles para escapar o en la talla de grotescos dibujos obscenos en las paredes o en las caricias estériles.

¿por qué no se ha pensado en fundar talleres de costura o en hacer escuelas para que al mismo tiempo que se paga una pena por un delito se capacite a las presidiarias para que cuando salgan al mundo hayan aprendido a trabajar o a leer?

aquí termino señores ministro presidente y director de las cárceles y les pido un millón de disculpas por haberles quitado cinco minutos de su precioso tiempo obligándolos a que por una vez siquiera se pregunten si están cumpliendo con el deber que les corresponde y que al tiempo de tomar posesión de sus cargos juraron atender a cabalidad”.

Derechos de autor: Mientras llueve, de Fernando Soto Aparicio