"O aprendemos a confiar o seguiremos de mal en peor"

La Junta de Acción Comunal de Mesetas, en Villavicencio, emplea a desmovilizados en labores comunitarias. Este es el resultado de un acto de fe.

Publicado en la tercera revista de Reconciliación Colombia
Mayo 11 de 2014

 
A Yeya no le da pena reconocer que se desmovilizó porque la obligaron. Los cabecillas del grupo al que pertenecía decidieron deponer las armas, y ella, a pesar de que no tenía la más mínima intención, siguió la orden. Su deseo de seguir en pie de lucha no tenía que ver con convicciones ideológicas –hoy dice que no tenían ninguna justificación–, sino porque sus jefes le decían que correrían con los gastos de la carrera de enfermería que quería estudiar. Además, tenía cierta comodidad: no estaba en la selva sino en la ciudad, y no cargaba armas sino que coordinaba operaciones en el Meta, el departamento en donde nació.
 
Hoy agradece que las cosas hayan sido de esa manera. Vivir en carne propia el sufrimiento de quienes llevan la peor parte de la guerra, cuando al año de haberse desmovilizado un grupo ilegal enemigo asesinó a su esposo, le hizo ver su situación con otros ojos. Pasó de victimaria a víctima repentinamente, y empezó a prestar su servicio social en la Junta de Acción Comunal del barrio Mesetas, en Villavicencio.
 
Yeya hace parte de 30 desmovilizados provenientes de distintas regiones del país que hoy hacen labores voluntarias en esta Junta. Sandra Gutiérrez, presidenta de la junta, les abrió las puertas a personas en proceso de reintegración desde el año pasado para que pudieran dar su primer paso como ciudadanos. De acuerdo con la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), estas personas deben cumplir 80 horas de servicio social antes de volver a la vida en sociedad. “En este país o empezamos a confiar o seguiremos de mal en peor”, dice Sandra para explicar el motivo que la llevó a invitar a los desmovilizados a ayudarle con las labores de construcción.
 
Haciendo sancochos para vender en el barrio, con rifas, reinados y recursos propios, Sandra ha ido recogiendo el presupuesto que necesita para comprar los materiales y las herramientas de trabajo para arreglar vías, zonas peatonales, tapar huecos, deshierbar rastrojos y arborizar. Los desmovilizados desarrollan todas estas tareas, hacen faenas de plomería en el acueducto comunitario que pertenece a la Junta de Acción Comunal hace 40 años, y trabajan en la instalación de una planta de tratamiento de agua.
 
Cuando Sandra vio la dificultad a la que se enfrentan los desmovilizados para conseguir empleo, decidió vincular en su empresa familiar a personas que ya cumplieron con labor social. La empresa, que se dedica a construir casas prefabricadas y mobiliario urbano, ha empleado a nueve personas que ya hacen formalmente parte de la sociedad civil. En vez de granadas y metralletas, ue ellos sujetan hoy las herramientas de trabajo en sus manos.
 
El riesgo que asumió Sandra se vio bien compensado. Su gran dosis de apoyo, y la iniciativa que tuvieron los desmovilizados en querer reivindicarse, dieron como resultado una relación equiparable a la que tiene una madre con sus hijos. La voluntad y el compromiso que Sandra destaca de ellos sembraron un amor maternal. Por esta razón, hoy dos de sus empleados habitan en casas que son de su propiedad. Aunque algo deben aportar, es un gesto que les reduce enormemente los gastos. Ahora ellos construyen y son miembros de un tejido social amplio y consolidado, “pero ellos ni siquiera saben cómo comportarse socialmente porque no han tenido esa oportunidad”, cuenta Sandra, así que ella invierte su tiempo en corregirlos cuando fallan y en despojarlos de la angustia que sienten por entrar a terrenos desconocidos.
 
Puede hacer parte de su misión personal, o de su forma de ser, pero Sandra cuenta que así como los desmovilizados deben asumir nuevos retos, es parte de su tarea ayudarlos, hacerles más agradable ese camino. Para evitar remover lo que ya está enterrado, le es indiferente el grupo armado del que provengan. “Lo que me interesa es que han decidido dejar las armas, eso es lo que yo valoro”, cuenta Sandra.
 
Hoy, más allá de las diferencias que pudieron existir entre ellos, todos tienen mucho en común: “No teníamos una causa, cumplíamos órdenes y odiábamos sin justificación”, cuenta Yeya. Así mismo, su propósito actual es compartido: recuperar la confianza de la sociedad para poder sentar bases sólidas que les permitan reedificar su vida, un símil perfecto para la labor en construcción que hoy desarrollan.
 
Impulsada por la necesidad de cambio, Yeya se convirtió hace cuatro meses en líder de la comunidad en donde reside y sus compañeros de la Junta han ido a ayudarla a realizar las tareas que han aprendido. Allí han construido la caseta comunitaria y arreglaron algunas calles de la zona, y eso ha sido suficiente para que los habitantes del lugar, aunque conocen su pasado, los acojan.
 
Yeya, que ha estado en los dos mundos, confiesa que solo vale la pena estar en este. Además, cuenta que gracias al voto de confianza que le ha dado Sandra a ella y a los otros desmovilizados ellos han empezado a sentirse comprendidos. El mensaje contundente que Yeya espera se replique en todo el país es: “Así como tuvimos manos para hacer daño, también las tenemos para hacer el bien”.