Cuatro ejemplos de resistencia indígena

El caso de la guardia indígena del Cauca que apresó a siete guerrilleros en Toribío no es el único ejemplo de la resistencia de estos pueblos ante el conflicto en Colombia. Recuento de algunos casos.

12 de noviembre de 2014

En el país todavía se habla de los indígenas Nasa que en menos de una semana capturaron a siete guerrilleros del Bloque Occidental de las Farc por el asesinato de dos miembros de su etnia y los juzgaron conforme a su propia legislación, protegida por la Constitución Nacional de 1991. Al final, los guerrilleros terminaron condenados a una pena de entre 40 y 60 años de prisión en una cárcel de Popayán. 

La mayor parte de los comentarios son de apoyo y asombro. Porque aunque las Naciones Unidas expresaron reparos por el derecho a la defensa y a la doble instancia de los acusados, el caso se resolvió con celeridad, a diferencia de muchos de los que lleva la justicia ordinaria.

Pero este no es el único ejemplo de resistencia frente al conflicto armado que las comunidades indígenas le han dado al país. De hecho, como expresó Rosalba Jimenez, indígena Sikuani que vive en el departamento de Vichada, en uno de los encuentros regionales que organizó Reconciliación Colombia en marzo: “los pueblos indígenas hemos resistido más de 500 años de masacres, y esa resistencia pacífica debe ser un ejemplo para todos” (ver conclusiones de los encuentros).

Lo cierto es que desde el Cauca hasta el Tolima, pasando por la Sierra Nevada de Santa Marta, los pueblos indígenas le dan varias lecciones al país. Estos son cuatro ejemplos de resistencia:
 
Un proceso de paz local

En Gaitania, un corregimiento del municipio de Planadas, ubicado en el sur del Tolima, los indígenas del resguardo Nasa Wesh lograron firmar en 1996 un acuerdo de paz con las Farc que hasta la fecha se mantiene vigente.

Las confrontaciones habían nacido en los años 50, entre los indígenas y las guerrillas liberales que poblaban la zona, pero se intensificaron cuando nacieron las Farc al mando de Pedro Antonio Marín, alias ‘Tirofijo’. Los indígenas alcanzaron a armarse y formaron una autodefensa que combatió de frente a la guerrilla durante casi treinta años, en una guerra que se llevó a 45 miembros del resguardo.

Pero todo cambio cuando Virgilio López Velasco, gobernador del resguardo indígena y representante del cabildo –máxima autoridad indígena en la zona–, decidió reunirse con ‘Jerónimo Galeano’, el comandante de las Farc en el departamento en 1994.

La idea era buscar fórmulas para cesar la confrontación entre los guerrilleros y los indígenas. Y para eso, se reunieron de forma clandestina durante ocho oportunidades, pues el Gobierno Nacional en esa época no permitía ningún contacto con los guerrilleros. El acuerdo final llegó el 26 de junio de 1996, y los guerrilleros se comprometieron a dejar de visitar el territorio de los indígenas y a no llevarse a ninguno de sus muchachos.

Desde entonces, la paz regreso a esas tierras y esa fecha se conmemora cada año con un festival en el que participan los 2.300 habitantes del resguardo.
 
Las mingas por la vida

El Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) nació en 1971 cuando siete resguardos indígenas del departamento decidieron unirse para fortalecer la lucha por sus derechos. En la actualidad, en el consejo están el 90 por ciento de las comunidades indígenas del Cauca, conformados por 84 resguardos de 8 pueblos indígenas: Nasa–Paéz, Guambiano, Yanaconas, Coconucos, Emberas, Totoroes, Inganos y Guanacos.

A lo largo de su historia, el CRIC ha logrado denunciar la situación de los indígenas en el departamento, y ha conseguido –por medio de movilizaciones pacíficas– acuerdos con el Gobierno Nacional para entrega de tierras, saneamiento básico y fortalecimiento de los resguardos.

Además, han publicado manifiestos en los que se declaran neutrales en el conflicto, y denuncian tanto al Ejército Nacional como a la guerrilla de intentar utilizarlos para la guerra. De la misma forma, han creado espacios de diálogo y convivencia pacífica como el ‘Territorio de Convivencia, Diálogo y Negociación de la Sociedad Civil’ en 1999, y la ‘Gran Minga por la Vida y contra la violencia’ en varias ocasiones de las últimas décadas.

 
La recolonización de la Sierra Nevada


Los bosques de la Sierra Nevada de Santa Marta estaban habitados, desde antes de la llegada de los españoles, por poblaciones indígenas asentadas en el continente. Pero cuando llegaron los colonizadores, cientos de ellos comenzaron a refugiarse en lo alto de la Sierra por miedo de encontrarse con el visitante blanco.

Entonces las tierras sagradas, en las que varias comunidades habían vivido por siglos, comenzaron a ser ocupadas por los forasteros que, con el tiempo, se convirtieron en lugareños. La situación empeoró alrededor de los años 50 con la violencia que originó conflicto armado, pues la sierra se convirtió en un territorio estratégico para el tráfico de drogas, lo que ocasionó que la guerrilla y los paramilitares pelearon a sangre y fuego por ocuparla.

Durante todo ese tiempo, los Koguis –uno de los pueblos indígenas de la zona– se refugiaron en la parte alta de la sierra, huyendo de la invasión. Pero cuando terminaba la década de los 80, en una reunión de toda la comunidad, decidieron retornar a sus territorios y hacerlo de forma pacífica.

“Le pidieron ayuda al Gobierno Nacional y a organismos internacionales para que les entregaran plata, y de esa forma empezaron a comprar los terrenos que ahora estaban en manos privadas”, cuenta Jorge Mario Ramírez, quien trabaja con ellos desde hace ocho años. Así, y aprovechando programas de sustitución de cultivos ilícitos, se asociaron con el Gobierno Nacional y las Naciones Unidas, y poco a poco han venido retomando a las buenas lo que antes les pertenecía.
 
Sacándole hijos a la guerra

En el norte del Cauca, por la misma zona en la que los indígenas apresaron a los siete guerrilleros la semana pasada,  los Nasa tienen un programa adecuado a sus tradiciones para que los jóvenes de la comunidad que hicieron parte de los grupos armados vuelvan con sus familias y ayuden a las autoridades de los cabildos.

El programa se llama ‘regreso a casa’ y el primer paso consiste en que un tewala (chamán) aplique un ritual con hojas de coca para determinar si el deseo de dejar las armas del joven indígena es real o hace parte de una estrategia para espiar y pasar información. Después, si la persona es aceptada, debe asistir a un lugar que los indígenas llaman ‘Escuela de Pensamiento’, en donde incentivan a los participantes a retomar las buenas costumbres de sus ancestros.

Actualmente, en este lugar hay 40 niños y jóvenes Nasa que han logrado salir de los grupos armados ilegales. El proceso siempre está acompañado de un trabajo espiritual que según los indígenas de la zona, sirve para alejar las malas energías, proteger el cuerpo y la mente,  y “lograr nuevamente la armonía con la tierra”.