La banalidad del mal

¿Es posible entender eventos como el holocausto de los judíos, el genocidio de Ruanda, la violencia que desde hace meses tiene en jaque al Medio Oriente y que Colombia lleva viviendo más de 50 años? Algunos han concluido que el mal es producto de la falta de pensamiento.

 18 de noviembre de 2014 
Por Cristina Esguerra  
Especial para Reconciliación Colombia


Las escenas de los periodistas que están siendo decapitados por ISIS, sumadas a los espeluznantes relatos de las torturas que sufrieron durante su cautiverio y al recuento del día a día del dominio de estos islamistas radicales –amenazas, asesinatos, violaciones y trata de personas-, llevan a hombres y a mujeres a reflexionar, una vez más, sobre el mal. ¿Cómo entender que las personas sean capaces de semejantes atrocidades?

El cristianismo duró siglos tratando de conciliar el concepto de un Dios bueno y todopoderoso con el sufrimiento causado por desastres como el terremoto de Lisboa, que dejó a la ciudad completamente destruida. Pero cuando la Ilustración centró su mirada en hombres y mujeres, la pregunta dejó de ser cómo explicar el sufrimiento del mundo y se convirtió en cómo entender que los seres humanos sean capaces de tanta maldad. Las personas–comenzó diciendo el filósofo Immanuel Kant- tienen una propensión natural a dejar de lado las reglas de la moral y actuar mal. Esta visión convertía a la maldad en una categoría ética más que en una religiosa.

El alemán habla de diferentes tipos de mal. Uno se refiere a la frágil voluntad de muchos que a pesar de saber qué está bien y qué está mal se dejan convencer e infringen la ley. El otro habla de los hombres y mujeres egoístas que anteponen su excesivo amor propio a las reglas de la moral. Los budistas también hablan de este tipo de maldad y para combatirla recomiendan el desarrollo de la compasión –entendida como la determinación de rescatar a todos los seres vivos del sufrimiento-.

Kant prefirió profundizar en las acciones malas mientras el Marqués de Sade lo hizo en las personas malas. Los hombres y mujeres –dice- actúan con malicia no sólo por su egoísmo. Hay un grupo muy selecto que además de buscar su propio bienestar, siente placer con el sufrimiento del otro. Para ellos el dolor es el único sentimiento puro; por eso les gusta. El placer puede fingirse, pero el cuerpo muestra el dolor con una precisión exacta. Kant nunca quiso llegar tan lejos porque sabía lo que eso significaba.

La idea del mal fue retomada por unos pocos como Nietzsche –quien afirmó que se trataba de una simple invención de la sociedad-, pero sólo cuando el mundo se enteró de la crueldad de Auschwitz, el tema volvió a ponerse de moda y lo hizo con un interés nunca antes visto.

“Auschwitz nunca debió de haber ocurrido –dijo Hannah Arendt en una entrevista en 1964-. Y, el hecho de que haya tenido lugar, rompe una fibra de la naturaleza humana que jamás sanará.” Su aseveración no tenía que ver con el hecho de ser judía o de haber vivido en carne propia la cruel discriminación del régimen totalitarista alemán. Al enterarse de la perversidad de Auschwitz y ser testigo del juicio de Adolf Eichmann -un nazi de rango medio acusado de haber enviado a millones de judíos a los campos de concentración-, Arendt concluyó que el mal es producto de la falta de pensamiento.   

Antes de viajar a Jerusalén para informar sobre el juicio de Eichmann, la alemana se había preparado para encontrarse a un monstruo en el banco de los acusados. Para su sorpresa descubrió a un hombre común y corriente que le hablaba a su familia con ternura, recitaba poesía y estaba convencido de no haber hecho más que cumplir con su deber.

Y en cierto sentido tenía razón. Él cumplió con las órdenes de sus jefes y actuó de acuerdo con las leyes de su país. El problema era que se trataba de reglas perversas que buscaban el exterminio de un pueblo. La actitud de Eichmann hizo que la filósofa se diera cuenta de que el mal no era fruto de un carácter diabólico –como decía Sade-, sino consecuencia de la poca reflexión propia. La mayoría de los funcionarios del gobierno nazi –dice Arendt- renunciaron a su conciencia en pro de un gobierno totalitarista y déspota; sólo así se explica su éxito. 

Lo más aterrador es que con esto la maldad queda reducida a una banalidad. 

Eventos como el Holocausto de los judíos y el genocidio de Ruanda no son obra de gente diabólica, sino de hombres y mujeres que actuaron sin pensar, y que lograron despojar a miles de su condición humana. Cuenta Viktor Frankl –un sobreviviente de varios campos de concentración- que la desnutrición y la precariedad de las condiciones en las que vivían, tenían el propósito de convertirlos casi en animales. Muchos cedieron ante la presión y renunciaron a su humanidad. Pero Frankl estaba convencido de que si él no renunciaba a su humanidad, nadie podría despojarlo de esta. Jamás aceptó su inferioridad y se mantuvo con la cabeza en alto.

En la guerra colombiana y en la del Medio Oriente también se ha despojado a miles de personas de su humanidad. Quien sostiene el cuchillo se siente superior a su víctima y a creer que eso le da el derecho de definir su destino. Y, al igual que los procesos de colonización, están cargadas de ironía. Las tropas napoleónicas sintieron que era su deber subyugar a los pueblos africanos para inculcarles las ideas de libertad, igualdad y fraternidad; y la guerrilla colombiana dice luchar a favor del pueblo que victimiza.