Cuando el secuestro se nos volvió paisaje

A propósito del lanzamiento de ‘Cronología del desencuentro’, libro de la periodista Viviana Esguerra, el escritor Arturo Guerrero se adentra en la forma como los colombianos nos acostumbramos a ver este delito.

7 de diciembre de 2014
 
Las circunstancias en las que fue secuestrado y liberado el general Alzate enredaron al país en un debate que, para nada, fue humanitario. El escritor y periodista Arturo Guerrero escribió el siguiente texto a propósito del lanzamiento del libro de la periodista Viviana Esguerra ‘Cronología del desencuentro, la historia pormenorizada de lo que fue el nunca logrado ‘acuerdo humanitario’’.

Este es un libro que arranca en agosto de 1996, cuando tuvo lugar el asalto guerrillero en Las Delicias, Putumayo, y concluye el 2 de abril del 2012, casi 16 años después, cuando fueron liberados por las Farc los últimos diez uniformados que tenía en su poder. Cada uno de los capítulos del libro incluye historias de vida, crónicas y entrevistas realizadas por esta comunicadora social especializada en el tema del secuestro y los derechos humanos, en los que trabaja desde 1995.
 
El texto de Arturo Guerrero fue realizado tras la lectura juiciosa de este texto de investigación y recopilación periodística de una de las prácticas atroces que ha dejado el conflicto en Colombia y por la que el conflicto, entró al mundo urbano, en su forma cruel y degradada. El texto se adentra en la forma como los colombianos nos acostumbramos a ver como paisaje hechos que desnaturalizan al hombre como tal.

Y porque intenta sensibilizarnos frente a lo que nos insensibilizamos, Reconciliación Colombia lo reproduce en su totalidad. Va a continuación:


Por Arturo Guerrero
Periodista y escritor


“Parodiando a Goya podría decirse que ¨la arrogancia de la razón produce monstruos¨. Un monstruo es alguien que se sale de lo humano. O que subordina la dimensión humana a consideraciones que de ninguna manera son dignas de semejante trastrueque.

         “Este libro es un recuento minucioso de tal inversión. Por más de tres lustros Colombia padeció el olvido de la perspectiva humanitaria en una guerra larguísima. Si es que una guerra tiene perspectiva humanitaria. Si es que el arrasamiento industrial de los demás guarda rendija para pensar en algo que no sea sangre.

           “El Acuerdo Humanitario fue eso. Un mecanismo para paliar el dolor mientras se acababa la guerra. Si es que esta guerra se iba a acabar algún día. Era una brizna de razón en medio de metralla, cilindros de gas y bombardeos. De un lado y del otro lado. Cualesquiera que fueran estos lados, cualquiera que fuera la ideología o propósito político de los rivales.

         “Pudo más la arrogancia, que cegó esa luz de razón. Los bandos incrementaban el botín de rehenes o los centenares de miles de efectivos militares. Subían la exigencias de despejes territoriales de una parte o de abandono de métodos espurios de la otra. A cada secuestro correspondía una intemperancia oficial. A cada fanfarronada institucional seguía otra toma de instalaciones militares.

         “Este juego perverso, que se vivió en su momento como tragedia, se revive en estas páginas como drama incomprensible. ¿Cómo se llegó a tanta insensibilidad? ¿En qué momento la vida insustituible de un ser humano se convirtió en mercancía alambrada o en muda cifra de uniformados por cuyo rescate nadie da nada?

         “A veces asalta al lector la sensación de leer un guión de cine. Tantas escenas drásticas, traiciones, amores olvidados, niño que nace cautivo, mandatario de dedo índice inflexible, fechas, cifras, fugas, repugnancias selváticas. De repente la mente se detiene. No, esto no es película, esto le podría haber pasado a cualquiera, esto sucedió apenas antier.

         “El recuento de Viviana Esguerra es un esmerado trajín sobre páginas y páginas, de papel o electrónicas, en que periodismo nacional, víctimas y comunicados de los poderes plasmaron día a día el desacuerdo en que se transformó el acuerdo humanitario.

         “La compilación se complementa con entrevistas a liberados, familiares, reporteros. Como corresponde a periodismo de calidad, varios contextos históricos ubican las coordenadas temporales. 

         “Salen a flote mojones de esta épica. La toma de Las Delicias, Putumayo, en agosto del 96, con sus cifras de escalofrío: 450 guerrilleros, 20 horas de combate, 28 militares muertos, 60 secuestrados. Aquí comenzó la contabilidad. Declaración de las Farc en febrero del 12: proscribimos la práctica de la retención de personas, la Ley 002 del 2000 queda por consiguiente derogada. Era el impuesto contra ricos -quienes de no pagar eran secuestrados-, cuya anulación marcó el final del desfile antihumanitario.

         “Los monstruos de la guerra colombiana no provienen, claro está, solamente del secuestro. Otros libros podrían mostrar las llagas de desapariciones, falsos positivos, masacres paramilitares, desplazamientos forzados, reclutamiento de niños, ataques sexuales.

“Pero sucede que el delito de secuestro recibió mayores luces desde los reflectores mediáticos. El linaje o la relevancia política de algunas de sus miles de víctimas concitaron en torno de ellas formas organizativas y solidaridades, esquivas por ejemplo a los millones de afectados por desplazamiento.   

“Mientras el deber de memoria histórica completa los tomos necesarios, estas páginas cumplen con apuntar al secuestro como a uno de los factores que hace exclamar al hermano de una víctima: ¨estamos cansados de tanta miseria humana, debemos parar esta triste realidad que de lucha política se ha transformado en un baño de sangre que ya no busca la justicia social sino el poder de los más crueles¨.

“No es casualidad que estas páginas hayan brotado de una autora en cuyos agradecimientos figura ¨la memoria de mi padre quien con su ejemplo inculcó en mí el amor por la escritura¨. Y no lo es por doble motivo. Carlos Esguerra Flórez, ese padre, conoció la guerra, fue militar, capitán del ejército, a mediados del siglo XX.

“Luego de su retiro de filas se aplicó a la literatura. Fallecido en 1980 a los 58 años, publicó varias novelas en la década de los 50: Los cuervos tienen hambre, Un hijo del hombre, Satanás se idiotiza, La brecha está abierta, De cara a la vida, Tierra verde. En su momento mereció la calificación de ¨único novelista de ideas¨ de su generación.

“La revista Credencial Historia, de noviembre de 2006, incluyó Los cuervos en la lista de cien novelas del siglo XX colombiano. El académico e investigador literario polaco Bodgan Piotrowsky la consideró entre las creaciones más sobresalientes de la narrativa contemporánea de la violencia en Colombia.

“Así pues, la presente obra es fruto de una periodista con apellido de guerra, secretamente designada por genes para contar historias de guerra. ¨El objetivo de este libro –escribe- es impedir que, con el paso del tiempo, se olvide un suceso que ensombreció la historia de Colombia¨.

“Las historias de guerra, pues, reciben redención simbólica gracias a la memoria. Y esta memoria quedará como advertencia de que la arrogancia de la razón produce monstruos”.