"Colombia debe a superar las ‘roscas’"

John Paul Lederach, autoridad mundial en construcción de paz, dice que Colombia es el país con más propuestas de paz y reconciliación, pero no hay una estrategia unificada.

Por Bibiana Mercado, editora de Reconciliación Colombia
2 de junio de 2014


RECONCILIACIÓN COLOMBIA: Usted dice que hay que evitar usar la palabra posconflicto, ¿por qué?

JOHN PAUL LEDERACH: Porque el conflicto no desaparece, sino que toma una nueva expresión. Pasa de ser una expresión violenta armada a una de diálogo y de respeto. Es la gran transformación que se hace cuando se alcanza un acuerdo de paz.

R. C: ¿Cómo lograr que el tema de la reconciliación no sea arrastrado por la polarización que generan las campañas políticas?

J.P.L:
La reconciliación es la cadena de procesos dinámicos que se dan antes, durante y después de los espacios de negociación oficiales. Esta expresión trasciende a un ‘contexto relacional’. No se circunscribe exclusivamente a alcanzar acuerdos sobre contenidos. La reconciliación abarca las esferas de quiénes somos y con qué perspectivas decidimos convivir. La mayoría de los conflictos armados y de violencia actuales son internos, lo que significa que el enemigo convive con nosotros y no hay una forma fácil de alejarnos.

R. C: Muchos insisten en el perdón para avanzar en la reconciliación...

J.P.L.:
En la reconciliación no hay borrón y cuenta nueva. Una de las características propias de la reconciliación es recordar y cambiar. No perdonar y olvidar. Debemos recordar una historia dolorosa y difícil, reconocer lo que ha ocurrido. A menudo, los únicos que piden memoria son las víctimas y lo hacen como una forma de reconocimiento. Hay una diferencia entre conocer y reconocer. Lo que conecta la memoria con la transformación es el genuino reconocimiento de que lo que a usted le pasó, no le debe volver a pasar.

R. C: ¿Existen diferencias al trabajar la reconciliación en el ámbito nacional y en el local?

J.P.L.:
A menudo se habla de la reconciliación nacional, pero cuando prestamos atención a lo que le pasa a las personas afectadas por la violencia, podemos notar una especie de paradoja. Donde hay una experiencia de violencia cada uno tiene un camino de sanación diferente al otro. En lo micro, hay que tener espacios para que cada persona viva su propio proceso. Y por otro lado, cuando se habla del ámbito nacional se hace referencia a una nación, a un ámbito colectivo. Para este segundo ámbito, los teólogos hablan de la necesidad de escoger la “opción preferencial” comunitaria que significa buscar espacios de permanente diálogo cara a cara y en un lugar común entre los diversos, que permita entrar en procesos de reconciliación a través de diálogos significativos. El problema de la etiqueta ‘nacional’ es que es muy abstracto y muy simbólico y para los procesos de reconciliación hace falta tocar las experiencias directas de los involucrados por lo que se necesitan crear estos diálogos sostenibles.
 
R. C: Algunas personas consideran que en las regiones no se dan experiencias de reconciliación sino de resistencia...

J.P.L.:
Entre resistencia y reconciliación me quedó con resiliencia. La resistencia tiene en parte algo de resiliencia: resistir a que me aplasten. Para la reconciliación lo esencial es poder volver a tomar su verdadera forma comunitaria, y en la pura resistencia habría que ver si eso pasa. Cuando la gente habla de su propio proceso de sanación, lo que más menciona es la necesidad de sentirse persona de nuevo. Ese recuperar el sentido de comunidad, es decir ‘de que somos’ junto con otros, ese paso que incluye a los diversos es el que hace la diferencia entre la resistencia y la reconciliación. La resistencia implica un posicionamiento contra algo o alguien. Reconciliación requiere una actitud de abrir el espacio a otros y ello contemplando la probabilidad de reconstruir las relaciones. 

R. C: ¿Cómo conectar estas experiencias de reconciliación local  con la política nacional?

J.P.L.:
El vacío más importante que existe en la construcción de paz es que lo que pasa a nivel de las elites no se conecta con lo que ocurre a nivel local. Este clic no es nada fácil de lograr. En mis 35 años de experiencia he visto varias expresiones, pero hay una que me pareció muy interesante, la de Nicaragua después de la firma de los acuerdos. Allí se concertó visitar pueblo por pueblo y explicar a cada localidad lo que se acababa de firmar. Fue una experiencia única porque los que estaban al nivel más alto, bajaron juntos a este diálogo con las comunidades. Y la comunidad planteó temas concretos y duros: ¿Quién me recupera a mi hija? ¿Quién me repara la casa que bombardearon? Hubo una conversación directa. Conversación significa que uno habla y el otro escucha y luego el otro escucha y uno habla. Tenemos que entender que estamos hablando de procesos, extendidos en el tiempo, no de eventos.
 
R. C: ¿Cómo crear esta conciencia?

J.P.L.:
La parte que está en la cúspide de la sociedad tiene que entender la interdependencia que tiene con los otros niveles de la sociedad. Esto es lo único que evita que se geste una visión descarnada y poco sintonizada de lo que pasa realmente en la vida diaria de los otros sectores. Para que no suceda eso de hablar mucho de ellos, pero no hablar con ellos, lo que genera desconexión. Pero en Colombia el trabajo no solo es de los que están en la parte de arriba de la sociedad. En la base veo que la sociedad civil está muy fragmentada y desarticulada. La sociedad colombiana es un ejemplo increíble de las llamadas ‘roscas’: cada uno con su grupito, muy activos, pero no articulados. Es necesario tener conversaciones con la gente que visualizamos como enemigos. Este es el país que más propuestas de paz y de reconciliación tiene en el mundo. Y esto sucede porque cada grupo tiene su propia propuesta, pero no quieren articular una estrategia juntos. Hay que entender que esa fragmentación limita la capacidad de influenciar de forma adecuada los procesos sociales de construcción de paz y de reconciliación.